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El hasta ahora gran aliado de Trump abre una grieta profunda en el Partido Republicano que amenaza su estabilidad interna
Mientras Donald Trump canta victoria por haber reavivado la mayor guerra comercial en décadas, la realidad empieza a mostrarle los dientes. Elon Musk, el magnate convertido en oráculo de las tecnológicas y referente ideológico para la derecha libertaria, ha decidido soltar la mano al expresidente. Y lo ha hecho con la brutalidad de quien se juega miles de millones. Solo en dos días, las acciones de Tesla se desplomaron 18.000 millones de dólares. Ese golpe al bolsillo ha sido suficiente para activar una reacción en cadena que pone en evidencia la fragilidad del trumpismo económico.
“Europa y Estados Unidos deberían avanzar hacia una zona de aranceles cero”, declaró Musk este sábado en un acto de la Liga de Matteo Salvini en Florencia, en una intervención por videoconferencia desde Washington. El escenario no fue casual: la ultraderecha europea servía de plataforma para el millonario, pero su mensaje no fue precisamente complaciente. Musk, que dirige Tesla, SpaceX y la red social X (antes Twitter), atacó directamente a Peter Navarro, el principal ideólogo comercial de Trump: “Un doctorado en Economía por Harvard es algo malo, no bueno”, escribió en su propia plataforma. Y añadió, con el desprecio que se reserva a los burócratas: “No ha construido una mierda”.
Navarro, por supuesto, respondió. En Fox News —el púlpito preferido del trumpismo—, restó importancia a las palabras del empresario afirmando que simplemente defiende sus intereses. Pero el daño ya estaba hecho: Musk no es un disidente cualquiera. Es el hombre más rico del mundo, el ídolo de millones de inversores, y su ruptura con la narrativa arancelaria de Trump envía una señal inequívoca: la guerra comercial no solo es un desastre económico, sino también una bomba política.
LA DIVISIÓN REPUBLICANA YA NO SE ESCONDE
El posicionamiento de Musk ha desatado una ola de contestación dentro del propio Partido Republicano. Más de una docena de senadores se han distanciado públicamente del plan arancelario de Trump, temiendo lo que se les viene encima: inflación, recesión y un precio político altísimo. Ted Cruz, Mitch McConnell, Susan Collins, Lisa Murkowski, Rand Paul… No hablamos de novatos. Son figuras clave del Senado, y su ruptura no es simbólica: es estratégica.
“Los aranceles son un impuesto a las y los consumidores”, dijo Cruz en Fox Business. “Espero que sean temporales y que sirvan para reducir aranceles en todo el mundo”. McConnell fue aún más claro: “Haríamos bien en evitar políticas que aumenten el dolor. Deberíamos reforzar nuestras amistades en el extranjero y fortalecer nuestros pilares de prosperidad”. Traducido: Trump está empujando a EE.UU. a un aislamiento suicida, y muchos en su partido ya no están dispuestos a cubrirle las espaldas.
Esta grieta quedó aún más patente con la aprobación en el Senado de una resolución para limitar los poderes arancelarios del presidente. Cuatro senadores republicanos se sumaron a la iniciativa demócrata. Trump reaccionó con furia en su red Truth Social, señalando con nombres y apellidos a los “traidores” de Kentucky, Alaska y Maine. El clima dentro del partido es de guerra fría interna.
A esta revuelta se suma ahora también la Cámara de Representantes, aunque tímidamente. Don Bacon, representante de Nebraska, ha anunciado que presentará una ley para devolver al Congreso el control sobre los aranceles. Una medida que probablemente naufrague, pero que confirma que el descontento se ha extendido más allá del Senado.
“A UNA COSECHA DE LA BANCARROTA”
El senador Thom Tillis, de Carolina del Norte, lo dijo sin rodeos: “Mis agricultores están a una cosecha de la bancarrota”. La ofensiva arancelaria ha encendido todas las alarmas en los sectores productivos. La agricultura, la manufactura, la exportación… todos tiemblan ante un muro comercial que solo sirve a los delirios de grandeza de un expresidente obsesionado con las guerras económicas.
Chuck Grassley, senador de Iowa, ha copatrocinado junto a la demócrata Maria Cantwell una ley que obligaría al presidente a explicar cualquier arancel en un plazo de 48 horas. El objetivo es frenar el caos, dar voz al Congreso y proteger a las empresas locales. Mientras Trump habla de castigar a China, Canadá o Europa, las y los trabajadores que viven del campo y la industria ven cómo su futuro se desmorona.
Para colmo, el think tank conservador American Enterprise Institute ha revelado que la fórmula que usa la Administración republicana para calcular los aranceles está basada en un error matemático que cuadruplica los datos. La chapuza no es solo política. Es técnica. Es ideológica. Es estructural.
Elon Musk ha abierto un boquete en el relato económico de Trump, pero no por altruismo ni visión progresista. Lo ha hecho porque le duele el bolsillo. Lo ha hecho porque los aranceles amenazan sus negocios. Lo ha hecho, en definitiva, porque incluso los más ricos saben cuándo saltar del barco antes de que se hunda.
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