La derecha mediática y política alimentó durante años a la ultraderecha para erosionar al Gobierno. Ahora que Vox roza el 20% en algunas encuestas, empiezan a descubrir que el monstruo también quiere devorarlos.
La política española tiene algo de laboratorio de Frankenstein. Durante años, buena parte de la derecha mediática, económica y política se dedicó a inflar a Vox con entusiasmo. Era útil. Servía para empujar el debate público hacia posiciones cada vez más reaccionarias, para arrastrar al Partido Popular a discursos más duros y para agitar el miedo permanente a la supuesta decadencia nacional. Ahora, cuando algunas encuestas sitúan a la ultraderecha por encima del 20% de intención de voto en las elecciones de Castilla y León del próximo domingo, empiezan a aparecer los nervios.
José María Aznar lo verbalizó el 11 de marzo en València durante una conferencia titulada Geoestrategia en el nuevo desorden mundial. El expresidente del Gobierno, convertido en patriarca ideológico del conservadurismo español desde la Fundación FAES, decidió entrar al cuerpo a cuerpo contra Santiago Abascal. Lo hizo con una fórmula curiosa: colocó en el mismo saco a Abascal, Pedro Sánchez y Donald Trump. Tres “populistas”, según su definición, frente a su autoproclamada identidad de liberal conservador.
La frase, en apariencia equidistante, escondía un mensaje interno mucho más claro. Aznar no estaba hablando realmente de Sánchez ni de Trump. Estaba avisando de que Vox está creciendo demasiado.
CUANDO LA DERECHA ALIMENTA A SU PROPIA SOMBRA
Durante más de una década, el ecosistema político conservador español jugó con fuego. Se normalizó el discurso ultraderechista en tertulias, editoriales y campañas electorales. Se repitieron sin descanso los marcos de la extrema derecha: la inmigración como amenaza, el feminismo como enemigo cultural, el independentismo como conspiración permanente. Vox no surgió de la nada. Fue incubado dentro del propio espacio político del Partido Popular.
Aznar lo sabe bien. Muchos de los cuadros que hoy militan en Vox proceden directamente del universo político que él ayudó a construir durante los años 1996-2004. Su gobierno consolidó una cultura política basada en el nacionalismo español agresivo, el alineamiento automático con Estados Unidos y la criminalización sistemática de cualquier disidencia territorial o social.
En ese sentido, el actual conflicto entre Aznar y Abascal tiene algo de disputa familiar. Durante años se alimentó a la criatura porque resultaba útil para desplazar el eje político. La ultraderecha servía como ariete. Servía para presionar al PP desde la derecha y para radicalizar el debate público. Pero las criaturas políticas no siempre obedecen a quienes las crearon.
Ahora las encuestas muestran un escenario incómodo. Si Vox consolida un suelo cercano al 20%, el liderazgo de la derecha española puede dejar de estar en manos del PP. Y eso es lo que realmente preocupa a Aznar y a su entorno. No el populismo. No la retórica incendiaria. Lo que temen es perder el control del espacio político que durante décadas consideraron suyo.
EL CAOS IDEOLÓGICO DE UNA DERECHA SIN RUMBO
La tensión entre Aznar, Feijóo y Abascal refleja algo más profundo que una simple pelea de egos. Revela una crisis estratégica dentro de la derecha española.
Alberto Núñez Feijóo intenta mantener una posición ambigua. Por un lado necesita diferenciarse de Vox para conservar una imagen de partido de gobierno. Por otro lado sabe que sin los votos de la ultraderecha resulta casi imposible construir mayorías parlamentarias. Esa contradicción se traduce en un discurso errático.
En política internacional el ejemplo es evidente. Tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán a finales de febrero, Feijóo llegó a defender dos posiciones distintas en el mismo discurso: primero reclamó que España estuviera “con sus socios”, y segundos después pidió “contención” y “negociación”. Una coreografía discursiva diseñada para no molestar a nadie y que acaba transmitiendo exactamente lo contrario: falta de criterio.
Aznar, en cambio, opta por la claridad brutal que siempre caracterizó su estilo político. Para él no hay matices. Hay que alinearse sin reservas con Washington y con la política exterior estadounidense. La Fundación FAES lo ha repetido durante años: España debe situarse inequívocamente en el bloque occidental liderado por Estados Unidos.
Ese enfoque conecta con la vieja tradición del aznarismo. No es casualidad que el expresidente fuera uno de los arquitectos políticos de la invasión de Irak en 2003, una guerra basada en mentiras sobre armas de destrucción masiva y que terminó provocando centenares de miles de muertes y un caos regional que aún hoy persiste.
Cuando Aznar reclama ahora más firmeza internacional no está proponiendo algo nuevo. Está recuperando exactamente la misma lógica geopolítica que defendía hace dos décadas: obediencia estratégica a Washington y confrontación permanente con los adversarios designados por la Casa Blanca.
Mientras tanto, Vox observa la pelea desde una posición cómoda. Cuanto más se radicaliza el debate interno en la derecha, más espacio político gana. Abascal puede permitirse atacar a Aznar, acusarlo de difamar a su partido y presentarse como el verdadero defensor de una derecha sin complejos.
La paradoja es evidente. Durante años inflaron a la ultraderecha para ganar batallas culturales y electorales. Ahora empiezan a descubrir que la ultraderecha también quiere ganar la guerra.
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