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La democracia más grande del mundo se está transformando en un régimen que silencia, persigue y premia la sumisión mediática.
EL CONTROL POLÍTICO DE LOS MEDIOS
La democracia liberal siempre se ha sostenido sobre un principio básico: que el poder debe ser fiscalizado por una prensa libre. En Estados Unidos, ese principio se está derrumbando. Donald Trump ha colonizado la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), el organismo encargado de regular el espacio audiovisual, para convertirla en un brazo de su maquinaria de represión política.
El ejemplo es claro. La cancelación de Stephen Colbert en la CBS y la suspensión indefinida de Jimmy Kimmel en la ABC no son hechos aislados ni meros conflictos empresariales. Responden a presiones directas del presidente y a amenazas explícitas de la FCC contra las compañías matrices —Paramount y Disney— condicionando fusiones y negocios multimillonarios a cambio de cabezas incómodas.
El mensaje es nítido: si un medio quiere sobrevivir, debe someterse. La censura ya no llega en forma de prohibición legal, sino de extorsión regulatoria. Una democracia que convierte a sus organismos de control en verdugos de la disidencia ya ha cruzado la frontera hacia el autoritarismo.
EL USO DE LA JUSTICIA COMO ARMA
El segundo paso del manual dictatorial es manipular el sistema judicial para amedrentar. Trump ha convertido las demandas multimillonarias en un arma de guerra contra el periodismo crítico.
En los últimos meses ha presentado una demanda de 15.000 millones de dólares contra The New York Times y otra de 10.000 millones contra el Wall Street Journal. No importa que estas querellas carezcan de recorrido jurídico sólido. Lo que importa es el efecto devastador del acoso: arruinar a quien publique lo que el presidente no quiere leer.
Esta práctica, conocida como lawfare contra la prensa, coloca a Estados Unidos junto a regímenes como Turquía, Hungría o India, donde el poder mantiene una fachada electoral mientras asfixia cualquier voz independiente.
EL ACOSO PERSONAL A PERIODISTAS
Una dictadura no se construye solo desde los despachos, también desde los gestos públicos. Trump ha hecho del acoso a periodistas en directo una marca de la casa. Esta misma semana mandó callar a un corresponsal australiano en la Casa Blanca y amenazó con “perseguir” a reporteros de ABC. También se encaró con una periodista de NPR en el avión presidencial, reduciendo la pregunta a una declaración de enemistad política.
Cada humillación, cada amenaza, cumple la misma función: convertir al periodismo crítico en un enemigo interno. Trump no responde a las preguntas, criminaliza a quien las formula. Y en ese proceso, transforma a la prensa en un adversario político legítimo de ser perseguido.
LA CULTURA DEL PREMIO Y EL CASTIGO
Los regímenes autoritarios siempre han manejado una doble estrategia: reprimir a quien molesta y recompensar a quien obedece. Trump no se limita a perseguir a los medios críticos, también alaba y promociona a periodistas afines, como los vinculados a Turning Point USA.
El sello de aprobación presidencial se convierte en capital político y mediático. A la vez que exige la caída de Colbert, Kimmel o Fallon, Trump eleva a los propagandistas de su causa como interlocutores válidos. El resultado es un ecosistema mediático cada vez más polarizado, donde el periodismo libre se arrincona y la propaganda oficial se normaliza.
LA EXTORSIÓN ECONÓMICA COMO NORMA
Otro elemento clave del modelo dictatorial de Trump es el uso de los grandes conglomerados empresariales como rehenes. La aprobación de fusiones, la concesión de licencias o la autorización de compras dependen ahora de la lealtad política.
El caso de la fusión entre Paramount y Skydance, bloqueada hasta que CBS eliminó a Colbert, o la operación de 6.200 millones de Nexstar para comprar Tegna, condicionada por la caída de Kimmel, muestran que la prensa estadounidense ya no negocia en un mercado libre, sino en un mercado intervenido por el miedo a la Casa Blanca.
Cuando los gigantes mediáticos pliegan velas para proteger sus beneficios, el resultado es devastador: la autocensura se impone y el periodismo queda reducido a entretenimiento inofensivo o propaganda gubernamental.
Trump no inventa nada. Su estrategia sigue un manual ya aplicado en países como Turquía de Erdogan, Hungría de Orbán o India de Modi. Elecciones regulares, parlamentos abiertos, prensa todavía existente. Pero bajo esa apariencia de normalidad, un sistema controlado, intimidado y vigilado que reduce la democracia a una formalidad vacía.
Una dictadura no se mide solo por la falta de urnas, sino por la imposibilidad de hablar sin miedo. Y en Estados Unidos, bajo Trump, el miedo ya manda más que la palabra.
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