El acuerdo comercial con Israel se tambalea en Bruselas mientras Gaza suma ya más de 66.000 muertos y el silencio de Berlín decide el rumbo.
ALEMANIA, ENTRE EL SILENCIO Y LA COMPLICIDAD
La Comisión Europea, bajo el mando de Ursula von der Leyen, ha puesto sobre la mesa una propuesta histórica: suspender parte del acuerdo comercial con Israel por la devastación en Gaza. Se trata de un viraje llamativo en la presidenta, hasta ahora alineada con los intereses de Netanyahu. Pero el paso es insuficiente y depende de que al menos 15 de los 27 Estados miembros —que representen el 65% de la población de la UE— voten a favor. Sin Alemania o Italia, la medida nacerá muerta.
El Gobierno de Friedrich Merz mantiene una postura ambigua. Alemania, que aprobó un embargo de armas contra Israel hace apenas unas semanas, guarda silencio sobre la suspensión del acuerdo comercial, que afectaría a exportaciones israelíes valoradas en 5.800 millones de euros. El coste para Tel Aviv sería de 227 millones de euros al año. En paralelo, 21 de los 31 eurodiputados de la CDU —el partido de Merz y de Von der Leyen— votaron contra la propuesta en Estrasburgo. La contradicción es evidente: Alemania frena la venta de armas mientras protege el flujo comercial.
Italia, por su parte, juega al doble discurso. El ministro Antonio Tajani admite que “podrían apoyar algunas sanciones” pero se opone a tocar el acuerdo. El Ejecutivo de Giorgia Meloni se muestra más dispuesto a vetar a extremistas como Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, pero esa medida exige unanimidad. Y Hungría, el socio incondicional de Israel en Europa, ya ha anunciado su veto.
El voto de Berlín es decisivo. Su silencio, en realidad, ya es un posicionamiento: sostener a Israel mientras Gaza arde.
EUROPA Y SU COBARDÍA ESTRUCTURAL
La propuesta de Von der Leyen no es un castigo ejemplar ni una ruptura diplomática. Apenas reinstaurar aranceles a una parte de las exportaciones israelíes. Bruselas calcula que eso apenas arañaría la superficie del comercio bilateral, pero enviaría una señal política. Lo saben en las cancillerías europeas: es más un gesto que una sanción real.
Sin embargo, incluso ese gesto mínimo divide a Europa. República Checa y Hungría lo rechazan sin matices. Italia se resiste. Y Alemania, bajo presión interna tras las críticas recibidas por el embargo de armas, evita definirse. La alta representante de Política Exterior, Kaja Kallas, lo admitió sin rodeos: aunque la opinión pública se ha volcado por Palestina, las líneas políticas apenas se han movido.
Mientras tanto, Gaza se desangra. Más de 66.000 palestinos y palestinas asesinadas bajo el asedio israelí. Hospitales bombardeados, escuelas arrasadas, campos de refugiados reducidos a polvo. La propuesta europea no detendría la maquinaria genocida, pero serviría para decir, por una vez, que Europa no está dispuesta a ser cómplice.
La próxima semana los representantes diplomáticos volverán a debatir en Bruselas. No hay fecha de votación, pero la presión aumenta. Cada cadáver en Gaza es también un recordatorio de la parálisis europea.
Europa se enfrenta a su espejo: o rompe con la complicidad económica o confirma que sus principios se reducen a retórica vacía mientras financia la masacre.
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