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- Un comité nombrado a dedo decide frenar la cuádruple vírica y pone en riesgo a millones de niños y niñas
- La salud pública de todo un país queda secuestrada por los delirios de un antivacunas convertido en secretario de Salud.
UN COMITÉ A DEDO, UNA INFANCIA EN RIESGO
Lo que ocurrió en Atlanta el 18 de septiembre de 2025 no fue una simple reunión técnica. El comité asesor de vacunación de EE.UU. (ACIP), que históricamente había funcionado como órgano científico, se transformó en un escenario de manipulación política. Durante siete horas, entre broncas y caos, se tomó una decisión que puede marcar el futuro sanitario del país: recomendar separar en dos pinchazos lo que hasta ahora era una sola dosis de la cuádruple vírica, la vacuna que protege del sarampión, la rubeola, las paperas y la varicela.
La votación fue de 8-3. La mayoría obedecía a la nueva composición del comité, elegida a dedo por Robert F. Kennedy Jr., nombrado por Trump como secretario de Salud. La mitad de sus integrantes fueron colocados esta misma semana. Varias de esas personas no son especialistas en inmunología ni pediatría, sino militantes antivacunas. No fue un debate científico, fue una operación política.
El pretexto utilizado fue un ligero aumento del riesgo de convulsiones febriles cuando se aplica la vacuna combinada. Convulsiones transitorias que, según todos los estudios, no dejan secuelas permanentes. Lo que sí dejan secuelas son los brotes de sarampión, que matan a 134.200 personas al año en el mundo según la OMS. Y lo que sí deja huella son los niños y niñas hospitalizados por paperas o hepatitis B.
La Asociación Estadounidense de Pediatría, en protesta, se negó a participar en esta pantomima. Y no es un gesto menor: se trata de la organización que agrupa a 67.000 pediatras en el país. Su ausencia en la mesa fue la prueba de que lo que se estaba discutiendo no era ciencia, sino ideología.
ATAQUE SISTEMÁTICO A LA SALUD PÚBLICA
Lo que estamos presenciando no es un error aislado. Es parte de una ofensiva más amplia contra el sistema de vacunación, construida con paciencia durante décadas por el movimiento antivacunas y hoy puesta en práctica gracias a Trump y Kennedy Jr.
En junio ya se dejó entrever el plan: Kennedy anunció que la vacuna contra la covid dejaría de recomendarse para niños y mujeres embarazadas. En agosto, la FDA restringió el uso del antídoto en menores sanos. Ahora, la cuádruple vírica se trocea en dos. Y en paralelo, el comité discute si retrasar la vacuna contra la hepatitis B, vigente desde 1981, que evita en un 85%-90% de los casos la enfermedad crónica que puede llevar a la muerte.
La jugada es clara. Se trata de erosionar la confianza en el sistema de inmunización más básico del planeta. Y se hace desde el poder, con recursos públicos, y con la firma de la Casa Blanca.
Mientras tanto, estados como Florida anuncian que dejarán de exigir la vacunación obligatoria contra enfermedades como el sarampión o la hepatitis B. Aunque recularon días después, el mensaje ya había calado: que la vacunación es opcional, que la inmunidad colectiva es una carga y no un derecho.
El precio lo pagarán las familias trabajadoras. Porque las aseguradoras, siguiendo estas “recomendaciones”, dejarán de cubrir vacunas combinadas, encareciendo el calendario infantil. Y porque los hospitales públicos, cada vez más debilitados, tendrán que absorber el coste de los brotes.
LA SOMBRA DE TRUMP Y EL NEGOCIO DEL MIEDO
Robert F. Kennedy Jr. llegó al cargo prometiendo mantener los estándares de vacunación. Mintió. En pocos meses destituyó a los expertos, despidió a la directora del CDC, Susan Monarez, y canceló 500 millones de dólares destinados al desarrollo de nuevas vacunas de ARN mensajero, claves para prepararse frente a futuras pandemias.
Monarez declaró en el Senado que Kennedy la amenazó: o aprobaba todas las recomendaciones del comité sin importar la evidencia científica, o sería despedida. Y cumplió su amenaza. Hoy el CDC está descabezado y en manos de una política de fe y capricho.
El discurso antivacunas se presenta como defensa de la libertad individual. En realidad, es un gigantesco negocio de desinformación. Empresas privadas y lobbies legales alimentan el miedo con libros, conferencias y pseudoterapias. Y Trump lo sabe: en un país donde la sanidad ya es un privilegio y no un derecho, abrir un nuevo mercado del miedo puede resultar rentable electoralmente.
La paradoja es brutal: Estados Unidos, que presume de liderazgo científico, pone en riesgo a su infancia por intereses políticos y económicos. El país que desarrolló en 1963 la primera vacuna contra el sarampión ahora decide cuestionarla en nombre de una cruzada ideológica.
Lo que se está desmantelando no es un calendario de vacunación, es la idea misma de salud pública como bien común. Y cuando el miedo se convierte en política de Estado, las consecuencias se cuentan en vidas.
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