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El caso de Dawid Szóstak evidencia las contradicciones internas de una extrema derecha que predica odio y termina atrapada en su propio laberinto moral.
EL ROSTRO DE LAS CONTRADICCIONES
En Polonia, la noticia corrió como un seísmo político. Dawid Szóstak, dirigente local del partido ultraderechista Konfederacja en Katowice, anunció que abandona la formación tras hacer pública su relación con Michalina Manios, una mujer intersexual que se hizo conocida en 2011 al participar en el programa televisivo Top Model. La pareja ha decidido “centrarse en lo importante”, aunque el terremoto político está servido: un líder de un partido construido sobre la negación de derechos humanos básicos se encuentra ahora cuestionando, de facto, el mismo ideario que defendió durante años.
Manios explicó en televisión cómo vivió su infancia “como en prisión”. Nació intersex, fue asignada como varón y no pudo reconocerse a sí misma hasta cumplir los 18 años, cuando logró el reconocimiento legal como mujer y marchó a Suecia para estudiar. Durante años cargó con la vergüenza impuesta por un sistema que le negó su identidad. Hoy, mientras divide su vida entre Polonia y Suecia, se convierte en símbolo de dignidad frente a una extrema derecha que niega su mera existencia.
Konfederacja, la formación que Szóstak abandona, es una de las fuerzas más reaccionarias de Europa. Su líder, Sławomir Mentzen, resumió en 2019 su ideario con un programa de odio: “Estamos en contra de los judíos, de los homosexuales, del aborto, de los impuestos y de la Unión Europea”. No son frases sacadas de contexto, sino el ADN de un partido que en las presidenciales de 2025 logró un 14,8% de los votos, alimentado por un discurso simplista que conecta con parte de la juventud harta del sistema, pero incapaz de reconocer que el futuro no se construye sobre el miedo.
El caso Szóstak expone la hipocresía de esa ultraderecha que presume de defender la “tradición católica” mientras levanta trincheras contra la realidad. Cuando la vida se impone, los muros ideológicos se desmoronan. El dirigente ha descubierto que las consignas de exclusión se hacen insoportables cuando afectan directamente a su propia existencia.
EL SUBMUNDO DE LA ULTRADERECHA
La contradicción no es anecdótica. Konfederacja forma parte del grupo “Europa de las Naciones Soberanas” en el Parlamento Europeo, compartiendo espacio con otros partidos ultras que erosionan los principios democráticos. Su auge electoral se sostiene en un cóctel de antieuropeísmo, xenofobia y antifeminismo. En la última década, Polonia se ha convertido en laboratorio de un populismo reaccionario que se extiende por todo el continente, con Vox en el Estado español o AfD en Alemania como equivalentes.
El propio politólogo Olgierd Annusewicz lo explicó en Euronews: el magnetismo de figuras como Mentzen entre la juventud no radica tanto en su programa, sino en su pose antisistema. Ese disfraz de “rebeldía cool” esconde lo de siempre: odio contra minorías, sumisión a la Iglesia y una cruzada contra la igualdad. Los mismos que gritan contra el sistema son quienes quieren perpetuar un orden social jerárquico y excluyente.
En este escenario, la relación de Szóstak con Manios no es solo un episodio personal. Es un espejo que desnuda a toda una corriente política. El dirigente que ayer militaba contra las personas LGTBI, hoy reconoce como pareja a una mujer que encarna aquello que sus discursos atacaban. El choque es brutal y revela algo incómodo: la ultraderecha no vive en la realidad, sino en un submundo ideológico construido a base de odio, prejuicios y dogmas.
El despertar llega tarde para Szóstak, que durante años contribuyó a reforzar ese espacio. Pero su salida evidencia que los muros del odio tienen grietas. La vida, la diversidad y la dignidad humana siempre terminan desbordando los discursos de quienes intentan encorsetarlas.
Y eso, más que cualquier encuesta, es lo que aterra a la extrema derecha: que la realidad acabe arrasando su mentira.
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