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El genocidio en Gaza sirve de coartada para un plan colonial que convierte en humo la solución de los dos Estados
LA ANEXIÓN COMO RESPUESTA A LA DIPLOMACIA
Mientras varios gobiernos occidentales anuncian que este septiembre reconocerán oficialmente a Palestina, el Ejecutivo de Benjamín Netanyahu ha contestado con la crudeza de los hechos consumados: más excavadoras, más demoliciones y un mapa diseñado para borrar cualquier viabilidad del Estado palestino. La supuesta amenaza diplomática de Europa y Australia se ha convertido en excusa para la mayor ofensiva colonial en Cisjordania desde 1967.
El ministro de Finanzas Bezalel Smotrich, colono y ultranacionalista, presentó esta semana un plan que abarca más del 80% de la Cisjordania ocupada. Ramalá, Nablus, Yenín, Tulkarem, Hebrón y Jericó serían enclaves palestinos cercados por territorio israelí. Según sus propias palabras, “ha llegado el momento de aplicar la soberanía sobre Judea y Samaria”. La frase esconde una operación que apunta al desplazamiento forzoso y la limpieza étnica. La ONU ya ha advertido que desde enero de 2024 se han demolido más de 2.800 estructuras y que 32.000 personas han sido expulsadas de sus hogares. Médicos Sin Fronteras habla de un “proceso descarado para impedir cualquier posibilidad de retorno”.
El plan Smotrich es coherente con su lógica declarada: máximo territorio, mínima población palestina. La receta del colonialismo. Lo dice alguien sancionado por varios países por incitar a la violencia y que, sin embargo, maneja dos resortes decisivos: las finanzas de Israel y la administración civil de Cisjordania.
OCCIDENTE RECONOCE TARDE Y MAL
Francia, Reino Unido, Canadá, Bélgica o Australia han prometido reconocer el Estado palestino en la Asamblea General de la ONU. Pero lo hacen cuando más de 64.000 palestinas y palestinos han sido asesinados en Gaza desde octubre de 2023 y cuando el mapa de Cisjordania ha quedado desangrado por carreteras militares y colonias. El reconocimiento, que podría haber sido un freno hace una década, llega convertido en gesto simbólico en medio de un genocidio televisado.
España, Irlanda y Noruega ya lo hicieron en 2024. Ahora, la Autoridad Palestina de Mahmud Abás, acorralada en Ramalá, es reconocida formalmente por esos países, pero Israel la trata como enemigo interno y Estados Unidos directamente bloquea sus movimientos. La administración Trump ha anunciado que denegará visados a los representantes palestinos para impedirles participar en la Asamblea de la ONU. Ni siquiera podrán estar presentes cuando se les reconozca.
En paralelo, Emiratos Árabes Unidos, firmante de los Acuerdos de Abraham en 2020, advierte de que la anexión de Cisjordania es una “línea roja” que dinamita la integración regional. El Consejo de Cooperación del Golfo ha condenado los planes de Netanyahu y Smotrich. Arabia Saudí repite que solo reconocerá a Israel cuando exista un Estado palestino en las fronteras de 1967. Pero sobre el terreno, Israel se dedica a dinamitar esa opción con la aprobación de proyectos como E1, que dividiría Cisjordania en dos y cortaría cualquier continuidad territorial con Jerusalén Este.
Mientras tanto, los colonos multiplican sus ataques contra aldeas palestinas. Desde 2024, más de 670 personas han sido asesinadas en Cisjordania a manos de soldados o colonos. Y el Gobierno israelí ha legalizado puestos de avanzada ilegales, convertido tierras ocupadas en “propiedades estatales” y acelerado la construcción de miles de viviendas en asentamientos. El Estado palestino que la diplomacia anuncia no existe más que en los discursos: en la práctica, Israel lo está enterrando cada día.
Los mismos que ahora prometen reconocer a Palestina callaron cuando podían haber frenado el asedio. Callaron mientras las bombas caían sobre Gaza, mientras los hospitales eran reducidos a polvo, mientras la población civil era sometida a hambre y sed como armas de guerra. Reconocer un Estado en ruinas no es solidaridad, es cinismo.
Porque no hay nada más obsceno que reconocer un país al que al mismo tiempo se le está negando el derecho a existir.
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