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Un partido que se dice limpio no puede permitirse más sombras
EL FANTASMA DE LA CORRUPCIÓN QUE SALE DE FERraz Y ACABA EN EL MINISTERIO
Pedro Sánchez ha pasado meses intentando evitar una palabra maldita: corrupción. La palabra que devora gobiernos, que erosiona proyectos políticos y que convierte cada gesto en sospecha. La aparición del último informe de la UCO sobre Santos Cerdán ha devuelto ese fantasma al centro del escenario, con un detalle aún más inquietante: no lo hace desde la oposición, sino desde dentro de la propia maquinaria institucional.
El informe es explícito. La UCO sitúa al exsecretario de Organización del PSOE como “enlace” del Ministerio de Transportes y Acciona para el presunto amaño de contratos públicos, vinculando su empresa Servinabar al cobro del 2 % neto de las adjudicaciones. No es una anécdota. Es un número que transforma la sospecha en estructura y la estructura en método.
La primera reacción de Sánchez ha sido la de siempre: contundencia, distanciamiento, responsabilidad institucional. Frente a Volodímir Zelenski, en una escena casi teatral, reivindicó haber actuado “desde el primer minuto” y defendió que ahora es “el tiempo de la justicia”. Pero la justicia no solo evalúa delitos. También examina silencios, omisiones, cegueras políticas. Cuando un dirigente viaja a Marruecos para reunirse con mandatarios extranjeros sin formar parte del Gobierno, algo en el relato oficial se agrieta. Y las grietas, cuando aparecen en el poder, nunca son inocentes.
En Moncloa insisten en que los culpables ya no están. Se aferran a la expulsión, al acta arrebatada, a la vergüenza reconocida. Pero un partido no se regenera solo con expulsiones, sino revisando el modelo que permitió a sus cuadros operar como intermediarios privados dentro del Estado. Cuando el Gobierno repite que “más no pudieron hacer” solo confirma que su margen de control sobre su propia casa era menor del que creían.
La frase que circula en los pasillos —“nos han puesto en jaque por cuatro duros”— revela la frustración interna, pero también una ingenuidad peligrosa. La corrupción no rompe por las cifras; rompe por la impunidad simbólica que concede a quienes creen que el Estado es un cajero automático para amistades, putiferios y tarjetas regalo. Y ahí es donde el PSOE se enfrenta a su peor espejo: si las acusaciones se extienden, el daño no será solo judicial, será moral.
Al mismo tiempo, el PP juega a dos barajas. Pide dimisiones desde Génova mientras evita rozar el caso del presidente de la Diputación de Almería, detenido por una trama de mascarillas. Una corrupción por pandemia frente a una corrupción por contrataciones públicas. Dos piezas del mismo tablero. La derecha exige dimisiones como quien exige sacrificios, pero calla cuando sus responsables aparecen esposados. En este país la corrupción tiene siglas, pero también tiene tradición: blindar la propia mientras se magnifica la ajena.
FERRAZ, LOS SOCIOS Y EL MIEDO A QUE EL ESCÁNDALO SE HAGA SISTÉMICO
El verdadero temor del Gobierno no es Cerdán. Tampoco Ábalos o Koldo García. El miedo es que alguno de estos casos termine dibujando un patrón, un hilo que conecte Ferraz, Transportes, contratistas privados y operadores políticos de medio pelo. Porque cuando una trama empieza con comisiones y termina con intermediarios no oficiales visitando fiscales para hablar de “irregularidades”, el problema no es la anécdota: es el ecosistema.
La aparición del nombre de Leire Díez es una señal. Una exmilitante presentándose como “mano derecha de Cerdán”, buscando resquicios en la Fiscalía Anticorrupción y asistiendo a reuniones con empresarios en Ferraz, donde estaba presente incluso Antonio Hernando. Moncloa intenta reducirlo todo a un “encuentro interno”, un gesto partido-administración, un malentendido. Pero cuando el partido se cruza con el poder judicial sin transparencia, el olor a desvío se vuelve insoportable.
Los socios parlamentarios han dejado claro que su respaldo tiene condiciones: que no aparezca financiación ilegal, que no se pruebe una estructura sistémica, que el PSOE no cruce líneas que ya han destrozado a otros gobiernos europeos. En otras palabras, que lo que aflora sea la corrupción de unos pocos y no la cultura de muchos.
Sánchez repite que es un Gobierno limpio. Y puede ser verdad. Pero también es verdad que los gobiernos limpios no siempre sobrevivieron al barro que generaron quienes tenían su confianza. La historia política no absuelve por declaraciones institucionales; absuelve por cambios reales, por reformas internas, por ruptura con prácticas de partido que aún sobreviven como fósiles de una vieja política.
El daño potencial de este informe no está solo en lo que revela sino en lo que insinúa: una trama que se movía en sedes del PSOE y del Ministerio de Transportes, una empresa que recibía porcentajes, reuniones donde no debía haberlas, viajes impropios de un dirigente que no formaba parte del Ejecutivo, conexiones con adjudicaciones millonarias. Son demasiadas piezas para que la ciudadanía no vea un patrón incluso antes de que la justicia lo confirme.
Si el PSOE no rompe este círculo, otros lo harán por él. Porque la derecha no busca justicia, busca oportunidad. Y la ultraderecha solo necesita un resquicio para convertir cualquier irregularidad en su cruzada contra la democracia. El problema no es el informe de la UCO. El problema es todo lo que ese informe permite explotar.
Ferraz quiere encapsular. Moncloa quiere cerrar. El Gobierno quiere pasar página. Pero la corrupción no entiende de relatos. La corrupción siempre regresa, siempre se filtra, siempre encuentra el modo de recordarle al poder quién estaba realmente dentro del despacho y quién solo parecía estarlo.
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