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Casi un 54 % de la población considera que la introducción de robots y sistemas automáticos de procesamiento de la información en las empresas provocará un aumento del desempleo, mientras que solo el 14 % opina que creará nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, apenas el 14 % de quienes trabajan de forma remunerada en Europa señala que, debido a la digitalización, ya no realiza algunas tareas que sí hacía antes. En cambio, un 31 %, además de dejar de hacer algunas tareas, ha incorporado algunas diferentes o nuevas.
Una sociedad digital
Vivimos en una sociedad que se ha transformado en muy poco tiempo. La digitalización ha modificado nuestra forma de trabajar, de comprar, de relacionarnos con nuestro entorno. Llevamos un miniordenador en el bolsillo constantemente conectado a internet, que utilizamos para pedir un taxi, consultar el estado del tráfico, encargar comida, contestar mensajes, hacer videollamadas, hacer gestiones bancarias o enviar un informe a la oficina.
Este entorno de digitalización creciente se basa en avances tecnológicos fundamentales: la velocidad y capacidad de almacenamiento y procesamiento de la información de microchips cada vez más pequeños, que se conectan a una red más rápida y con menor latencia, y la expansión de las infraestructuras de redes hasta cubrir prácticamente todo el globo terráqueo. Conectividad, velocidad y capacidad para procesar la información permiten avanzar en el aprendizaje automático, que requiere de ingentes volúmenes de datos (big data) para expandir lo que hemos llamado inteligencia artificial. La conjunción de todas estas cuestiones ha permitido ese desarrollo acelerado, incrementado durante la pandemia.
No solo consumimos y demandamos nuevos productos, sino que la forma de producirlos y realizar los servicios también se está transformando. En 2021 había más de 3,5 millones de robots industriales en el mundo, especialmente en el sector automotriz y el de la electrónica, para la fabricación de vehículos, electrodomésticos, maquinaria eléctrica, semiconductores, ordenadores o múltiples artículos de entretenimiento.
En Europa, esto se traduce en que el 8 % de los trabajadores utiliza robots en su proceso productivo, aunque el 87 % de las personas ocupadas trabaja con dispositivos informáticos (ya sean ordenadores, smartphones o tabletas) o maquinaria informatizada: aparatos para escanear y controlar existencias o procesar pedidos, impresoras 3D u otro tipo de controladores lógicos programables. Es decir, el uso de herramientas digitales en el trabajo diario es cada vez mayor.
¿Más o menos empleos?
La digitalización puede llevar a que en más trabajos se hagan menos tareas (porque la inteligencia artificial se ocupará de ellas), de manera que, con menos personas, se podría hacer la misma cantidad de trabajo o más que antes. Esto significa que puede aumentar la productividad, pero también es probable que se destruya parte del empleo.
Al mismo tiempo, surgen nuevas tareas que, en algunos casos, requerirán de nuevos empleos, hasta ahora inexistentes. Como interpretar los resultados del análisis de inmensas cantidades de datos y hacerlos útiles para la medicina avanzada, la radiología o la estrategia de ventas de una empresa de fabricación de telas.
¿Quién iba a decir hace solo unos años que habría un puesto de trabajo como community manager para llevar la comunidad online de una empresa? ¿Quién iba a decir que habría una legión de posibles compradores online? ¿Quién iba a pensar que pilotar drones iba a ser un trabajo? ¿Quién iba a pensar que la industria de los videojuegos iba a ser uno de los principales productos de ocio? ¿Quién iba a pensar en las crecientes necesidades de ciberseguridad en las empresas?
Los nuevos trabajos, más las nuevas formas de empleo y el uso de herramientas o procesos digitales en los ya existentes, hace que sea cada vez más necesario adquirir habilidades digitales para mantenerse en el mercado laboral. Y es que hay una asociación entre cualificación y digitalización del puesto de trabajo: los trabajos que requieren de educación superior tienen una intensidad digital más alta o al menos moderada (en el 75 % de los trabajos), mientras que solo el 35 % de los puestos que no necesitan más que educación secundaria inferior son trabajos de intensidad digital media a alta. Asimismo, quienes se emplean en trabajos que requieren habilidades digitales más avanzadas tienen una mayor remuneración, mayor autonomía para organizar su trabajo y mayor satisfacción laboral.
Nueva organización del trabajo: las plataformas digitales
Junto con el surgimiento de estos nuevos empleos aparece también una nueva forma de prestar servicios gracias al desarrollo de la tecnología digital. La división del trabajo en tareas, o incluso microtareas, permite aplicar a los servicios la misma lógica de las cadenas globales de valor. Así, nacen las plataformas de trabajo online, que funcionan conectando a demandantes y oferentes del servicio, partiendo de un algoritmo de distribución de tareas en función de las valoraciones que cada trabajador/a recibe.
El perfil de las personas que trabajan en estas plataformas online es el de un varón joven, con estudios superiores, que utiliza este trabajo como forma complementaria de obtener ingresos. Es decir, trabajan horas adicionales a su empleo principal todos los días de la semana (el 36 %) y durante la noche (el 43 %), con los problemas de conciliación y riesgos psicosociales que conllevan las largas jornadas laborales.
Estas plataformas van ampliando cada vez más su repertorio de tareas, entre las que destacan las relacionadas con contenidos creativos y multimedia, de administración e introducción de datos, de escritura y traducción, de ventas, marketing, servicios profesionales de contabilidad, y la programación y desarrollo de software.
Aquí es donde aparece la inteligencia artificial, pues buena parte de esas tareas se pueden hacer ahora con automatización robótica de procesos a partir del aprendizaje automático o machine learning.
La digitalización puede asociarse con empleos de más calidad
En estas plataformas, o a través de la externalización de servicios, se produce, más que la individualización de las relaciones laborales, su práctica desaparición: el interlocutor es un algoritmo y los oferentes y los demandantes de servicios pueden estar en cualquier parte del mundo, lo que dificulta determinar la legislación laboral a aplicar. De ahí la necesidad de avanzar en regulaciones, como la ley rider en España o el Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea, que marquen las directrices de estas nuevas relaciones.
Calidad del empleo en dos direcciones
Se puede asociar la digitalización con puestos de trabajo de calidad, en sectores en expansión, con empleos estables y bien remunerados que aportan una mayor satisfacción al trabajador, con tareas más creativas y mayor autonomía en la organización del trabajo. En definitiva, con empleos que requieren de mayor cualificación y formación en habilidades digitales.
Además de este tipo de empleos, también se observa la aparición de plataformas de trabajo online, que también requieren de una alta cualificación y que aparentemente aportan una mayor autonomía al trabajador. Sin embargo, en estas plataformas predominan trabajos que solo aportan un ingreso adicional, suponen un exceso de horas sobre las ya trabajadas en el empleo principal y que no permiten conciliar. Para colmo, este tipo de tareas están amenazadas por el desarrollo del machine learning y la mejora de los sistemas de reconocimiento de imágenes, traducción, procesamiento de lenguaje natural.
La desigualdad entre quienes tienen formación y capacidad de adaptación en un entorno enormemente digitalizado y quienes no tienen acceso a herramientas, habilidades y conocimientos digitales, ya sean empresas o trabajadores, marcará la evolución del mercado laboral y de la sociedad.
Las nuevas formas de trabajo a través de plataformas pueden aumentar la desprotección de los trabajadores ante la pérdida de ingresos y de derechos laborales. De ahí la necesidad de seguir avanzando hacia empleos de calidad, trabajando al mismo tiempo con nuevas políticas de relaciones laborales y de protección social.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Telos de Fundación Telefónica.
Laura Pérez Ortiz es colaboradora de la revista Telos, de la Fundación Telefónica.
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