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Por Juan Ignacio Codina Segovia – Periodista, doctor en Historia Contemporánea y autor de ‘Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español’
Señor Savater, hace unos días, en un panfletillo de extrema derecha (para lo que hemos quedado), ha escrito usted un artículo titulado ‘¡Larga vida a la tauromaquia!’, así, con signos de exclamación y todo. En él hace referencia a los premios taurinos que la Junta de Andalucía, gobernada por el Partido Popular, acaba de entregar, y uno de los cuales (¡qué sorpresa!) ha recaído en usted.
En este artículo, y también en la entrega de los citados premios, arremete usted contra el actual ministro de Cultura del Gobierno de España, Ernest Urtasun; llama palurdos a todos y todas aquellas españolas que condenamos la tauromaquia y, además, asegura que, dentro de cincuenta años, nadie recordará ni a Urtasun ni a los que “crucifican a los toros”. Esto último tiene su gracia, ya que aquí los únicos que propiamente crucifican a los toros son los toreros, pero bueno, me imagino que se referirá usted a los “palurdos” antitaurinos.
Antes de nada debo decirle que le presupongo un hombre de conocimiento, juicioso y sabio. Digo que lo presupongo porque, en el fondo, no lo sé y porque, a raíz del artículo al que me refiero, da usted grandes muestras de ignorancia, al menos en lo que se refiere al pensamiento antitaurino español, pretendiendo etiquetarlo como algo huero, insustancial y carente de historia. En fin, como algo propio de palurdos.
Lo cierto es que personalmente no sé cómo será recordado el ministro Urtasun dentro de cincuenta o cien años. Ojalá tenga un monumento por haber pasado a la historia por ser el ministro que comenzó la batalla por la cual finalmente la tauromaquia resultó abolida. No tengo ninguna duda de que, si por él fuera, esto sería así. Porque, en este sentido, a Urtasun se le podrían adjudicar literalmente las palabras que la reina Isabel I de Castilla escribió a su confesor, Fray Hernando de Talavera, tras asistir la monarca a una corrida de toros: “De los toros sentí lo que vos decís —que son un espectáculo cruel—, [tanto que me] propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser [ni asistir] en que se corran: y no digo ya defenderlos [prohibirlos], porque esto no era para mí a solas [no depende solo de mí]”. Creo que el actual ministro de Cultura, sin compartir la institución de la monarquía (como la mayoría de españoles con dos dedos de frente), sí podría firmar debajo de estas palabras, escritas hace más de quinientos años. Bueno, él y cualquier persona que tenga un mínimo de sentido común.
Lo que sí sé, porque he dedicado muchos años de mi vida a investigarlo y a estudiarlo, es que tanto hoy como dentro de cincuenta o cien años, España seguirá recordando a nombres como los de Gabriel Alonso de Herrera, Juan de Mariana, Quevedo, Larra, Jovellanos, Benito Feijoo, Martín Sarmiento, Carolina Coronado, Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Unamuno, Joaquín Costa, Pío Baroja, Azorín, el Conde de Aranda, Santo Tomás de Villanueva, Pío V, Modesto Lafuente, Godoy, Santiago Ramón y Cajal, Wenceslao Fernández Flórez, Antonio Machado, José Blanco White, José Cadalso, Francisco Giner de los Ríos, Blas Infante, Mesonero Romanos, Blasco Ibáñez, Miguel Hernández, Ramiro de Maeztu, Francisco Umbral, Juan Ramón Jiménez, Santiago Rusiñol, Pau Casals, Francesc Pi i Margall, el Conde de Campomanes, el marqués de San Carlos, Arsenio Martínez Campos, Fernando de los Ríos, José Ferrater Mora o Francisco Silvela. A buen seguro que usted sabe muy bien quiénes fueron estos relevantes personajes y el papel que jugaron en nuestra historia y en nuestra cultura. Y también sabe que son y serán recordados por los siglos de los siglos, ya que conforman la espina dorsal de nuestro acervo cultural. Pero lo que seguramente desconozca, y si es así en esto es usted un gran ignorante, es que todas y todos fueron grandes antitaurinos.
Debe saber también que esta no es una mera lista de nombres. Detrás de cada uno de ellos se encuentran pensamientos, argumentos y reflexiones en contra de la tauromaquia, siendo la principal de ellas que bajo ningún concepto se puede convertir el sufrimiento de un ser vivo en una fiesta, en un pasatiempo o en una diversión. Ni tampoco puede ser tenido como entretenimiento el que nuestro prójimo —sí, los toreros son su prójimo, el prójimo de los aficionados taurinos— ponga su vida o integridad en peligro por mero deleite del público.
Le sugiero que indague un poco. A lo mejor se le quitan las ganas, y la soberbia, de calificar como palurdos a los y las antitaurinas.
Para finalizar, y con el objeto de no hacer esta misiva excesivamente larga ni exhaustiva, quiero hacer referencia a otra cuestión de la que habla usted: la “pasión por la fiesta”. Permítame que esboce una sonrisa cuando escucho o leo a alguien hablar de la pasión taurina.
¿Pasión? O más bien, como escribió la condesa de Pardo Bazán, demencia. Pero, ya que hablamos de pasión, déjeme citarle a dos universales de nuestras letras porque, como dijo Miguel de Unamuno, en la tauromaquia la única pasión que se vive —en el sentido de martirio, como la pasión que sufrió Cristo— es la del toro: “El pobre toro es también una especie de cristo irracional, una víctima propiciatoria cuya sangre nos lava de no pocos pecados de barbarie. Y nos induce, sin embargo, a otros nuevos”. Toma pasión taurina.
Y Antonio Machado escribe en unos términos muy similares a los del catedrático vasco: “La afición taurina es, en el fondo, pasión taurina; mejor diré fervor taurino, porque la pasión propiamente dicha es la del toro”. Pues vaya con la pasión taurina, que solo la padece el pobre toro.
Señor Savater, la opinión es libre —la suya también, solo faltaba—, pero antes de opinar hay que saber. Esta es una regla básica y elemental en el periodismo (se estudia en primero de carrera): antes de opinar hay que informarse. Por eso, antes de llamar palurdos a los antitaurinos y antitaurinas, o de decir que dentro de cincuenta años nadie se acordará de ellos, lea y aprenda un poco porque, de lo contrario, con total legitimidad le podrán llamar a usted no solo palurdo, sino también ignorante.
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