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Cuando faltan ideas, la derecha agita sospechas. Cuando faltan proyectos, se recurre al bulo como arma electoral.
A 48 horas del cierre de campaña en Aragón, Jorge Azcón decidió embarrar el terreno con una acusación sin pruebas contra Pilar Alegría. No una crítica política, no un contraste de programas, no una rendición de cuentas sobre su gestión. Un bulo. Uno más. Esta vez, utilizando como munición el nombre de Francisco Salazar y una supuesta relación inexistente con la empresa demoscópica contratada por el PSOE para la campaña aragonesa.
El relato es sencillo y por eso funciona en el ecosistema del ruido. Se sugiere una conexión oscura entre la candidata socialista y un exasesor de Moncloa señalado por denuncias de acoso, aunque no exista vínculo alguno entre Salazar y la empresa que realiza los estudios electorales. La consultora es Global Europa Demoscopia S.L., especializada en investigación de mercado y opinión pública, con trayectoria acreditada y un administrador único, Juan Miguel Becerra, cuya relación profesional con el PSOE es conocida y documentada desde 2018, sin conexión personal ni profesional vigente con Salazar.
Nada de eso ha importado. El objetivo no era informar, sino contaminar. Sembrar sospecha donde no hay hechos. Insinuar sin demostrar. Convertir una mentira repetida en verdad electoral. Es una táctica clásica, pero no por ello menos grave. Porque no se trata solo de atacar a una candidata, sino de normalizar el uso del bulo como herramienta legítima de campaña.
El Partido Popular ha decidido cruzar una línea peligrosa. Utilizar denuncias de violencia machista no para proteger a las víctimas, sino como ariete electoral. Instrumentalizar el feminismo cuando conviene y silenciarlo cuando incomoda. Una obscenidad política que revela hasta qué punto la derecha entiende la ética como un recurso prescindible.
No es un error de comunicación ni un exceso puntual. Es una estrategia. Se activa cuando el balance de gestión no resiste un debate honesto y cuando las encuestas no garantizan una victoria cómoda. El bulo no es el plan B. Es el plan.
LA MAQUINARIA DEL BULO Y EL PODER INSTITUCIONAL
Lo más preocupante no es solo la acusación falsa, sino cómo se difunde y desde dónde. El PP aragonés no se ha limitado a declaraciones de partido. Ha utilizado el Gobierno autonómico como plataforma de campaña, convocando Consejos de Gobierno en Teruel en plena recta final electoral para reforzar su relato y amplificar ataques sin pruebas. Confundir institución y partido no es casualidad, es abuso de poder.
Mientras tanto, la dirección nacional del PP ha respaldado la maniobra. Desde Madrid, se ha amplificado la sospecha. Se ha sugerido ocultación. Se ha insinuado complicidad. Incluso se ha anunciado la utilización del Senado para interrogar a Salazar en la comisión del caso Koldo, mezclando deliberadamente planos distintos para prolongar la sombra de la duda. Todo vale si sirve para embarrar.
El propio Azcón ha insistido en el mantra del Parador de Teruel, resucitando una supuesta macrofiesta atribuida a José Luis Ábalos que ya fue desmentida en sede parlamentaria por la dirección del establecimiento. Sin daños, sin pruebas, sin hechos. Solo ruido. La repetición del bulo como método de desgaste, aunque se caiga a pedazos ante cualquier verificación mínima.
Aquí no hay investigación periodística ni fiscalización del poder. Hay propaganda. Y de la más burda. La derecha no está denunciando una irregularidad: está fabricando un escándalo. Porque necesita desplazar el foco. Porque no quiere hablar de sanidad, de servicios públicos, de despoblación o de precariedad. Porque prefiere una campaña basada en el lodazal antes que en los datos.
Este episodio retrata una forma de hacer política profundamente tóxica. Cuando el adversario no es un rival democrático, sino un enemigo al que hay que destruir, la mentira deja de ser un límite. Y cuando se cruza ese umbral, el daño no es solo para quien recibe el ataque. Es para el conjunto del sistema democrático.
Aragón asiste a un final de campaña marcado por la degradación del debate público, el uso partidista de las instituciones y la banalización de denuncias graves para obtener rédito electoral. No es una anécdota ni un exceso de última hora: es un síntoma.
Un síntoma de que, cuando el poder se siente amenazado, la derecha no duda en convertir el bulo en programa político y la sospecha en estrategia de gobierno.
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