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El último intento de la derecha mediática por desacreditar a la televisión pública roza el delirio: acusan al Ejecutivo de “comprar” Kantar Media para manipular los datos de audiencia.
EL DELIRIO COMO ESTRATEGIA
En el plató de El programa de Ana Rosa, la televisión se convirtió de nuevo en instrumento político al servicio de la derecha mediática. Esta vez, la consigna fue simple y grotesca: Pedro Sánchez “controla la parrilla de TVE, cuando no las audiencias, para propagar bulos”. Una acusación sin pruebas, lanzada en horario de máxima visibilidad, amplificada por colaboradores que actúan más como activistas que como periodistas.
La escena fue casi de manual. El presidente del Gobierno, durante su intervención en el Senado, denunció la manipulación informativa de Telemadrid bajo el mando de Ayuso. La derecha mediática no tardó en contraatacar. Desde El programa de Ana Rosa, en Telecinco, se pasó del contraargumento al esperpento: el Gobierno habría “comprado” Kantar Media, la empresa que mide las audiencias televisivas, para inflar los datos de TVE.
No hay ni un solo indicio de ello. Kantar Media desmintió de inmediato cualquier modificación en su metodología. “El sistema de audimetría es el mismo de siempre, con la muestra habitual”, declararon fuentes de la compañía a VerTele. Pero la realidad es irrelevante cuando el objetivo es erosionar la credibilidad de los medios públicos.
La teoría es vieja, reciclada y funcional. Cuando TVE remonta audiencia gracias a programas como La hora de La 1 de Silvia Intxaurrondo, Mañaneros 360 con Adela González y Javier Ruiz o Malas Lenguas con Jesús Cintora, la derecha prefiere insinuar manipulación antes que reconocer un cambio de tendencia fruto del trabajo periodístico y la pluralidad informativa.
EL PERIODISMO COMO CAMPO DE GUERRA
El espectáculo continuó con el habitual coro de colaboradores de Quintana. Antonio Montero alertó de un supuesto “fuego peligrosísimo” contra la prensa, en una inversión de roles tan cínica como habitual: los que acusan sin pruebas se presentan como víctimas del señalamiento.
La periodista Ketty Garat, habitual de The Objective —un medio que comparte línea con la ultraderecha mediática—, llevó el delirio al siguiente nivel. Afirmó que TVE “propagó el bulo” del capitán Bonilla y la falsa bomba lapa, acusando al Gobierno de “controlar la parrilla y las audiencias” de la cadena pública “para propagar bulos”. Una ironía tan involuntaria como reveladora.
Ana Rosa, lejos de corregir la falsedad o al menos pedir prudencia, optó por el silencio cómplice. Un silencio que, en televisión, pesa más que las palabras. Porque si no desmientes una mentira, la estás legitimando.
El discurso encaja en una estrategia clara: desacreditar todo lo público para reforzar la idea de que solo el sector privado —léase Mediaset, Atresmedia o los medios financiados por fondos y bancos— es “neutral” y “libre”. Lo que realmente molesta a la derecha mediática no son los supuestos bulos de TVE, sino que en sus programas se escuchen voces que no encajan con su relato único.
La pluralidad es intolerable para quien lleva décadas confundiendo micrófono con trinchera.
El programa de Ana Rosa ha dejado de ser un espacio informativo para convertirse en un altavoz político del miedo, del descrédito y de la conspiración.
Mientras tanto, en la televisión pública, periodistas como Intxaurrondo o Cintora siguen haciendo algo revolucionario: preguntar, contrastar y no obedecer. Y eso, para ciertos poderes, es el mayor de los pecados.
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