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No es un festival de música cuando se normaliza la guerra: es un escaparate blanqueado
España no estará en Eurovisión este año. Y no debería estar. No es una ausencia menor. No es una anécdota televisiva. Es una decisión política en el sentido más básico del término: elegir no participar en un espectáculo que ha decidido mirar hacia otro lado mientras se desarrollan conflictos armados con consecuencias devastadoras.
La 70ª edición del certamen, prevista para el 12 de mayo en Viena, se celebrará sin uno de sus pilares históricos. Más de 60 años de participación interrumpidos tras la decisión tomada el 4 de diciembre por RTVE. No es improvisado. No es caprichoso. Es una respuesta a la confirmación de que Israel seguiría compitiendo pese a la guerra en Gaza y la escalada con Irán.
Quien quiera reducir esto a “música” está simplificando una realidad que hace tiempo dejó de ser inocente. Eurovisión no es neutral. Nunca lo ha sido. Es poder. Es imagen. Es legitimación internacional envuelta en luces y coreografías.
LA FICCIÓN DE LA CULTURA NEUTRAL
Las palabras de Alaska han sido el mejor ejemplo de esa ficción. “Es un festival de música”, repite. Como si la cultura existiera en una cápsula aislada del mundo. Como si no hubiera precedentes. Como si en 2022 no se hubiera expulsado a Rusia tras la invasión de Ucrania. Como si entonces sí se entendiera que la cultura no puede ser cómplice.
No es ingenuidad. Es una forma de evasión. Una comodidad. Porque sostener que todo debe seguir igual permite no tomar posición. Permite consumir sin conflicto. Disfrutar sin incomodidad. Pero esa neutralidad no es real. Es una elección. Y suele favorecer siempre al mismo lado.
Cuando Alaska afirma que está en contra de todos los boicots porque son “exclusión”, está ignorando algo básico: la exclusión ya existe. Existe en los territorios bombardeados. Existe en quienes no pueden participar en nada porque están sobreviviendo. El boicot no crea esa exclusión. La señala.
Eurovisión no es un escenario vacío. Es un altavoz global. Participar implica legitimar. Salir implica marcar un límite. No hay más.
CUANDO LA CULTURA DEJA DE SER INOCENTE
La reacción política ha sido inmediata. Y en algunos casos, necesaria. El diputado del PSOE Víctor Camino lo expresó sin rodeos en este tuit, señalando lo que muchos piensan y pocos dicen: que la supuesta neutralidad cultural puede convertirse en una forma de banalizar el sufrimiento.
Estoy seguro de que Alaska se hubiera puesto de perfil frente a quienes impulsaron el Holocausto el siglo pasado. La banalidad del mal.
— Víctor Camino (@VictorCaminoVlc) April 25, 2026
Cultura al servicio del privilegiado.
Normal que los contrate y quiera tanto Ayuso. pic.twitter.com/kyYivkn1ZR
El mensaje es incómodo. Pero el momento lo exige. Porque no estamos hablando de una polémica menor. Estamos hablando de si es aceptable seguir participando en un evento que, en la práctica, normaliza la presencia de un país en guerra mientras se excluyó a otro hace apenas unos años.
Esa doble vara de medir es el problema. No la música. No el espectáculo. El problema es que el criterio cambia según convenga. Y cuando el criterio cambia, deja de ser cultura para convertirse en propaganda.
España ha decidido no jugar a eso. Y no está sola. Otros países han seguido el mismo camino. El resultado es evidente: la edición de 2026 será la de menor participación en más de dos décadas. No es casualidad. Es una grieta.
Quedarse habría sido más fácil. Seguir como si nada. Mandar una canción. Repartir puntos. Aplaudir. Pero también habría sido más cómodo para quienes prefieren que nada cambie. Para quienes necesitan que el espectáculo continúe intacto.
Salir tiene un coste. Siempre lo tiene. Económico. Mediático. Simbólico. España deja de formar parte del núcleo duro del festival. El Big Five pasa a ser Big Four. Menos influencia. Menos visibilidad. Menos poder dentro del formato.
Pero quedarse también tenía un coste. Uno más difícil de medir. El de normalizar lo inaceptable.
Este no es un debate sobre canciones. Es un debate sobre límites. Sobre qué estamos dispuestos a tolerar en nombre del entretenimiento. Sobre si la cultura puede seguir funcionando como si nada ocurriera.
No puede. No debería.
Porque cuando la música tapa el ruido de las bombas, ya no es cultura: es complicidad.
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