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La muerte de la Madre de Plaza de Mayo a los 95 años golpea a una Argentina donde el Gobierno de Milei intenta convertir la memoria en una molestia y el terrorismo de Estado en una discusión de tertulia.
UNA MADRE CONTRA EL PAÍS DE LOS VERDUGOS
Taty Almeida murió el 14 de junio, a los 95 años, pero la noticia no puede escribirse como una necrológica amable. Sería casi una falta de respeto. Taty no fue una señora buena que “buscó a su hijo”. Fue una acusación viviente. Una mujer que convirtió el dolor en expediente político, la ausencia en pancarta y la maternidad en una forma de resistencia contra el Estado asesino, sus cómplices civiles y sus herederos ideológicos.
Su hijo, Alejandro Almeida, fue secuestrado y desaparecido el 17 de junio de 1975 por la Triple A, antes incluso del golpe militar del 24 de marzo de 1976. Tenía 20 años. Era estudiante de Medicina, militante, poeta. Un joven al que le arrebataron la vida, el cuerpo, la historia y hasta el derecho elemental de tener una tumba. Ese fue el método. No bastaba con matar. Había que borrar. Borrar nombres, borrar pruebas, borrar vínculos, borrar madres. Y ahí fallaron.
Porque aparecieron ellas.
Las Madres de Plaza de Mayo empezaron a caminar en 1977, cuando preguntar ya era un riesgo y callar era la norma impuesta por el terror. Caminaron alrededor de la plaza porque la dictadura no les permitía quedarse quietas. Qué metáfora brutal. El poder armado les prohibía permanecer, y ellas inventaron una forma de no irse nunca. La ronda fue una desobediencia sencilla y demoledora: poner el cuerpo donde el Estado quería imponer silencio.
Taty Almeida perteneció a esa genealogía política. No a la de los despachos. No a la de las fundaciones que convierten los derechos humanos en logotipo. A la otra. A la de las mujeres que buscaron en comisarías, juzgados, cuarteles, morgues y pasillos oficiales mientras los y las burócratas fingían no saber. A la de quienes tuvieron que escuchar excusas, amenazas y mentiras cuando ya lo habían perdido casi todo.
La historia argentina no se sostuvo sola. No la sostuvo la prudencia de las élites. No la sostuvo el mercado. No la sostuvieron los grandes medios que miraron hacia otro lado o directamente acompañaron el horror. La sostuvieron, entre otras, estas madres. Cuando el Estado enterraba cuerpos, nombres y pruebas, ellas sostuvieron la democracia con un pañuelo blanco y una pregunta imposible de domesticar: dónde están.
Y esa pregunta sigue ahí. Aunque incomode.
MILEI Y LA MISERIA DEL NEGACIONISMO
La muerte de Taty Almeida llega en una Argentina gobernada por Javier Milei, un presidente que no solo aplica motosierra contra derechos sociales, salarios, pensiones, cultura y servicios públicos. También empuña otra motosierra. Más sucia. La que intenta cortar la memoria democrática y presentar el terrorismo de Estado como un asunto opinable, como si 30.000 personas desaparecidas fueran una cifra de sobremesa y no una herida histórica sostenida por organismos de derechos humanos, familiares, sobrevivientes, archivos, juicios y sentencias.
El 24 de marzo de 2024, el Gobierno de Milei negó oficialmente la cifra de 30.000 desaparecidos. No fue una torpeza. No fue una salida de tono. Fue política de Estado. La extrema derecha no niega por ignorancia. Niega porque necesita absolver a los verdugos para disciplinar a las víctimas del presente. Niega ayer para poder ajustar hoy. Niega los centros clandestinos para naturalizar los comedores vacíos. Niega la represión para criminalizar la protesta. Niega a las y los desaparecidos para decirle a las y los pobres, a las y los trabajadores, a las y los estudiantes, a las y los jubilados: cuidado.
Ese es el hilo.
Por eso Taty molesta incluso muerta. Porque su vida desmonta la gran coartada reaccionaria. La dictadura argentina, entre 1976 y 1983, no fue una guerra simétrica ni un exceso administrativo. Fue terrorismo de Estado. Fue secuestro, tortura, robo de bebés, centros clandestinos, vuelos de la muerte, complicidad empresarial, judicial, mediática y eclesiástica. Fue una maquinaria de clase. Una operación política y económica para destruir militancias, sindicatos, organizaciones populares y cualquier proyecto que discutiera el reparto obsceno de la riqueza.
Aquí está el punto que nunca quieren tocar. El terror no fue un accidente: fue una tecnología de reorganización social al servicio de los de arriba. Después vinieron los tecnócratas a llamar “modernización” a lo que antes había sido picana, desaparición y miedo. Cambiaron el uniforme por el Excel. Cambiaron el cuartel por el ministerio. Pero el desprecio por la vida popular siguió respirando en los mismos salones.
Taty Almeida representa lo contrario. No la nostalgia. No el ritual vacío. Representa una ética política que no cabe en el cinismo neoliberal. Una mujer que no aceptó que el duelo fuera privado cuando el crimen había sido público. Una madre que entendió algo elemental: si el poder desaparece a tu hijo y tú guardas silencio, desaparece también la verdad. Por eso habló. Una y otra vez. Durante más de 50 años.
Y habló sin pedir permiso a quienes hoy quieren “dar vuelta la página”. Qué frase miserable. Dar vuelta la página cuando todavía hay cuerpos sin encontrar, nietas y nietos sin identidad restituida, archivos incompletos, responsables protegidos y discursos oficiales empeñados en ensuciar a las víctimas. Dar vuelta la página, dicen. Como si la historia fuera un folleto de campaña.
La Argentina de Milei quiere convertir la memoria en gasto, los derechos humanos en curro y la justicia en venganza. Taty Almeida respondió con una vida entera. Con presencia. Con terquedad. Con una dignidad que no necesitó gritar para hacer temblar a los cobardes.
No murió una “referente histórica”. Murió una mujer que obligó a un país a mirarse en el espejo de sus crímenes. Y deja una orden política más vigente que nunca: frente a los negacionistas, memoria; frente a los verdugos reciclados, justicia; frente al mercado que todo lo compra, una madre que nunca vendió el nombre de su hijo.
Taty Almeida no se va: se queda señalando a quienes todavía necesitan mentir sobre los muertos para gobernar sobre los vivos.
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