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Washington usa el clima como coartada, pero Brasil acaba de poner los datos encima de la mesa: menos tala, menos relato y más hipocresía imperial
LA AMAZONIA NO ES UNA EXCUSA PARA EL CHANTAJE COMERCIAL
La Administración Trump quiso ponerse el traje verde. Le quedaba fatal. Usó la deforestación amazónica como uno de los argumentos para plantear aranceles del 25% contra importaciones brasileñas. Una maniobra de presión comercial presentada como preocupación ambiental. El viejo truco. Cuando el Norte Global quiere disciplinar al Sur Global, de repente descubre los bosques, los ríos, los pueblos indígenas y la biodiversidad. Pero no para protegerlos. Para convertirlos en expediente sancionador.
Brasil acaba de contestar con datos. Y los datos son bastante incómodos para Washington. En mayo, la deforestación en la Amazonia brasileña cayó un 61,4% respecto a mayo del año anterior, según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE. La superficie talada fue de 370 kilómetros cuadrados, frente a los 960 kilómetros cuadrados registrados en mayo de 2025. No es propaganda. No es un eslogan. Es medición satelital.
El golpe al relato no termina ahí. Entre agosto y mayo, la deforestación cayó un 37,5% interanual. En el Cerrado, otro bioma bajo presión brutal del agronegocio, la reducción fue del 12%. El ministro brasileño de Medio Ambiente, João Paulo Capobianco, afirmó el 11 de junio que el dato de mayo es el más bajo registrado para ese mes y que Brasil está en camino de alcanzar mínimos históricos anuales cuando se consoliden las cifras. Traducido: Trump señaló el incendio justo cuando el fuego bajaba.
Y ahí está la obscenidad. Estados Unidos no actúa como una potencia preocupada por el clima, sino como una potencia acostumbrada a mandar. Si la Amazonia le sirve para castigar a Brasil, habla de deforestación. Si la crisis climática exige tocar los intereses de sus petroleras, sus fondos, sus gigantes agroindustriales o su maquinaria militar, entonces mira hacia otro lado. La preocupación climática de Washington suele empezar donde empieza el negocio y terminar donde empieza la responsabilidad propia.
Lula no ha salvado la Amazonia. Nadie serio debería vender esa postal. Siguen existiendo tala ilegal, presión ganadera, minería, violencia contra comunidades indígenas y una estructura económica que devora territorio para alimentar mercados globales. Pero una cosa es reconocer los límites y otra aceptar que Trump use el clima como garrote. Brasil tiene mucho que hacer. Muchísimo. Pero Estados Unidos no está dando una lección ambiental. Está haciendo política comercial con barniz verde.
EL IMPERIALISMO VERDE TAMBIÉN LLEVA CORBATA
La propuesta de aranceles del 25% se presentó bajo la Sección 301 de la ley comercial estadounidense. Según Reuters, el proceso quedó abierto a consulta pública hasta el 1 de julio, con una audiencia prevista para el 6 de julio. Es decir, no hablamos de un comentario improvisado. Hablamos de una maquinaria administrativa puesta al servicio de una ofensiva económica. Con papeles. Con calendario. Con amenaza.
Lo más grotesco es que Estados Unidos mantiene superávit comercial con Brasil. AP recogió que en 2024 Washington tuvo un superávit de más de 14.000 millones de dólares en bienes y de 29.600 millones de dólares en servicios. Aun así, Trump presenta a Brasil como si fuera un tramposo al que hay que castigar. La lógica imperial funciona así: incluso cuando gana, se declara víctima. Incluso cuando domina, denuncia abuso. Incluso cuando contamina, reparte certificados de pureza.
Hay que decirlo claro. Esto no va solo de árboles. Va de poder. Va de quién decide qué países pueden industrializarse, comerciar, proteger sus recursos o negociar con China sin recibir una amenaza desde Washington. Va de un Norte Global que durante siglos saqueó territorios, financió dictaduras, empujó monocultivos, compró materias primas baratas y ahora pretende dar lecciones al Sur Global desde una superioridad moral fabricada en despacho.
El clima importa. Precisamente por eso da asco verlo utilizado como excusa arancelaria. La Amazonia importa. Precisamente por eso no puede convertirse en moneda de cambio entre burócratas comerciales, lobistas y halcones de Washington. Las comunidades indígenas, las trabajadoras y trabajadores rurales, las y los defensores ambientales asesinados, las científicas y científicos que llevan décadas alertando del colapso ecológico no necesitan a Trump haciendo teatro climático. Necesitan tierra protegida, derechos garantizados, financiación real y freno a las corporaciones que convierten selva en margen de beneficio.
Porque el problema no es que Estados Unidos hable de deforestación. El problema es quién habla, para qué habla y qué calla mientras habla. Calla su expansión fósil. Calla su aparato militar, uno de los grandes consumidores de combustibles del planeta. Calla su responsabilidad histórica en la crisis climática. Calla que buena parte de la presión sobre la Amazonia está conectada con cadenas globales de consumo, inversión y comercio en las que el Norte no es espectador inocente. No lo ha sido nunca.
Lula, con todas sus contradicciones, le ha reventado esta vez la coartada a Trump con una cifra sencilla: 61,4% menos deforestación en mayo. Esa cifra no absuelve a Brasil de sus deudas ecológicas. Pero sí deja desnudo el chantaje estadounidense. Y cuando una potencia que ha hecho del petróleo, la guerra y el saqueo una forma de gobierno intenta posar como guardiana de la Amazonia, lo mínimo es responderle con datos. Y con memoria.
La Amazonia no necesita tutelas imperiales. Necesita que dejen de convertirla en negocio, amenaza y excusa.
Fuentes verificadas: AP confirmó la caída del 61,4% en mayo, los 370 km² talados frente a 960 km² en mayo de 2025, el descenso interanual del 37,5% entre agosto y mayo y la reducción del 12% en el Cerrado. (AP News) Reuters informó de la propuesta de aranceles del 25%, la consulta hasta el 1 de julio y la audiencia del 6 de julio. (reuters.com)
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