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Las grandes petroleras baten récords de beneficios mientras la pobreza energética se extiende y la transición sigue esperando
29 de abril. Mientras millones de hogares ajustan el termostato o directamente lo apagan, seis gigantes del petróleo avanzan en dirección contraria. Muy lejos. Según el informe de Oxfam Intermón, las principales compañías del sector podrían ingresar casi 3.000 dólares por segundo en 2026. No es una metáfora. Es una cifra literal. Una velocidad de acumulación de riqueza que no encuentra freno.
Chevron, Shell, BP, ConocoPhillips, Exxon y TotalEnergies sumarán, si se cumplen las previsiones, unos 94.000 millones de dólares en beneficios este año. Traducido: alrededor de 2.967 dólares por segundo. Más aún. Supone un aumento de casi 37 millones de dólares diarios respecto a 2025. El dato aparece en el informe difundido por la organización, disponible en la previsión de beneficios de las grandes petroleras publicada por Oxfam, coincidiendo con la Conferencia sobre la Eliminación de los Combustibles Fósiles celebrada en Santa Marta, Colombia.
Hay una imagen incómoda detrás de estos números. Ese volumen de beneficios sería suficiente para llevar energía solar a casi 50 millones de personas en África. Pero no ocurre. No ocurre porque el sistema no está diseñado para eso. Está diseñado para otra cosa. Para concentrar.
Beneficios récord, desigualdad estructural
Oxfam lo resume sin rodeos. Una parte significativa de esos beneficios termina en manos del 1 % más rico, concentrado en el norte global. Es ahí donde se acumula la riqueza. Y desde ahí se decide, en gran medida, el rumbo energético del planeta. No es solo una cuestión de mercado. Es poder.
Mientras tanto, la pobreza energética se extiende. No es un concepto abstracto. Son familias que no pueden pagar la factura. Hogares que reducen consumo. Personas que eligen entre calefacción o alimentación. Todo esto ocurre en paralelo a un contexto de inestabilidad geopolítica, conflictos abiertos y tensiones en mercados energéticos que siguen empujando los precios al alza.
La paradoja es evidente. Cuanto más se agrava la crisis, más rentable resulta para quienes controlan los combustibles fósiles. Y cuanto más rentable es, más difícil parece abandonarlos.
Más apoyo social, menos compromiso empresarial
No todo apunta en la misma dirección. Una encuesta realizada en siete países muestra que el respaldo social a la transición energética crece. Mucho. El número de personas que apoya una mayor inversión pública en energías renovables triplica al de quienes defienden aumentar la extracción de combustibles fósiles. No es una diferencia pequeña.
Además, el 68 % de las personas encuestadas respalda subir los impuestos a las grandes petroleras para financiar ese cambio. Es una mayoría clara. Una demanda bastante directa. Sin matices complicados.
Sin embargo, las decisiones empresariales van por otro lado. Exxon Mobil ha reducido recientemente su inversión prevista en proyectos de bajas emisiones en aproximadamente un tercio. TotalEnergies, por su parte, ha rechazado adoptar un plan alineado con el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 ºC. Dos ejemplos concretos. Dos señales bastante claras.
La distancia entre lo que pide la sociedad y lo que ejecutan las grandes corporaciones no es nueva. Pero se agranda. Y lo hace justo cuando más urgente resulta cerrarla.
El debate político que no termina de llegar
Desde Oxfam insisten en una idea que vuelve una y otra vez: gravar a quienes más contaminan. La responsable de políticas climáticas, Mariana Paoli, lo formula sin rodeos. Gravar a los grandes contaminadores que no tienen intención de invertir en un futuro limpio es clave para una transición justa. No es una propuesta técnica. Es política.
Las recomendaciones incluyen aumentar la financiación pública para el clima, aplicar impuestos sobre beneficios extraordinarios y abordar la deuda de los países más vulnerables. También plantean introducir criterios de desinversión responsable y construir una hoja de ruta basada en la equidad. Es decir, tener en cuenta quién ha contaminado más, quién tiene más recursos y quién depende más de estos combustibles.
Sobre el papel, el marco está bastante claro. Otra cosa es que se aplique. Porque ahí entran intereses. Muchos intereses.
Mientras tanto, el contador sigue corriendo. Segundo a segundo. 3.000 dólares cada segundo. Una cifra que no se detiene. Una cifra que resume mejor que cualquier discurso el ritmo al que funciona el sistema energético actual.
Y la pregunta queda en el aire, incómoda y persistente: cuánto tiempo más se puede sostener un modelo que gana así mientras el resto paga las consecuencias.
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