Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Más de mes y medio de movilizaciones, bloqueos y detenciones retratan el giro represivo de un Ejecutivo que prometió orden y ahora vende miedo.
EL DESGASTE COMO MÉTODO DE GOBIERNO
Bolivia lleva 46 días en una crisis social abierta contra el Gobierno de Rodrigo Paz. No son dos marchas aisladas, ni una rabieta sectorial, ni una protesta de trámite para llenar titulares. Son más de seis semanas de movilizaciones, bloqueos, detenciones, acusaciones cruzadas y una tensión política que el Ejecutivo ha decidido administrar como se administran las crisis desde la derecha: dejando que el conflicto se pudra mientras se criminaliza a quienes protestan.
Paz evita, de momento, sacar al Ejército. Ese dato importa. No porque convierta su respuesta en democrática, sino porque revela otra estrategia. Más lenta. Más calculada. Menos espectacular que los tanques en la calle, pero no necesariamente menos violenta. El Gobierno apuesta por desgastar las protestas con detenciones, presión política, división interna y un relato que intenta convertir el malestar social en amenaza criminal. Viejo manual. Cambian los nombres, cambian los despachos, pero la receta es la misma: cuando el pueblo corta carreteras porque no puede más, el poder habla de terrorismo.
El Ejecutivo boliviano acusa a los manifestantes de estar vinculados con el “terrorismo” y el “narcotráfico”. No es una palabra inocente. Nunca lo es. Llamar terrorista a quien protesta no busca describir la realidad, busca preparar el terreno. Sirve para que la represión parezca defensa del Estado. Sirve para que las y los trabajadores, campesinos, sectores populares y organizaciones sociales dejen de ser sujetos políticos y pasen a ser sospechosos. La protesta deja de ser una demanda y se convierte en expediente policial.
Ahí está el truco. Si las movilizaciones son legítimas, el Gobierno tiene que responder políticamente. Si son “narcoterrorismo”, ya no hay que escuchar nada. Solo detener, aislar, señalar, perseguir. Y mientras tanto se habla de orden. Siempre el orden. Esa palabra tan querida por quienes solo la pronuncian cuando el desorden lo provocan las de abajo y los de abajo. Porque el hambre no les parece desorden. La precariedad no les parece desorden. La exclusión de las mayorías no les parece desorden. Desorden, para ellos, es que el pueblo levante la cabeza.
Rodrigo Paz llegó al poder prometiendo estabilidad. Lo que aparece ahora es otra cosa: estabilidad para quienes mandan, incertidumbre para quienes resisten. Un Gobierno de derechas que se presenta como gestor sensato mientras activa una maquinaria de desgaste contra la protesta social. No necesita declarar una guerra abierta si puede imponer una guerra de nervios. No necesita sacar al Ejército si consigue que el miedo, las detenciones y la cooptación hagan el trabajo sucio.
CRIMINALIZAR AL PUEBLO PARA SALVAR AL PODER
La cooptación de dirigentes forma parte de ese mismo engranaje. No hay nada más útil para un Gobierno acorralado que romper desde dentro aquello que no puede derrotar de frente. Negociar con unos, aislar a otros, premiar la obediencia, castigar la persistencia. La vieja política de siempre. Muy institucional. Muy presentable. Muy sucia.
Y aquí conviene no caer en la trampa del relato oficial. Bolivia no vive una simple disputa de orden público. Vive una crisis política y social donde sectores populares denuncian abandono, deterioro económico y exclusión. Cuando un Ejecutivo responde a eso con etiquetas de “terrorismo” y “narcotráfico”, el mensaje es brutal: no quiere resolver la crisis, quiere deslegitimarla. No quiere escuchar el conflicto, quiere convertirlo en delito.
Las detenciones cumplen una función ejemplarizante. No solo afectan a quienes acaban esposados. Hablan a todo el mundo. Dicen: esto te puede pasar a ti. Dicen: cuidado con marchar, cuidado con bloquear, cuidado con organizarte. Y ese cuidado es una forma de censura social. Una censura sin necesidad de cerrar periódicos ni prohibir pancartas. Basta con convertir la calle en amenaza judicial.
El Gobierno evita el Ejército, sí. Pero ya tiene un vocabulario militarizado. “Terrorismo”. “Narcotráfico”. “Amenaza”. “Orden”. Las palabras abren camino. Primero se deshumaniza a quienes protestan. Luego se justifica el golpe. No siempre hace falta un uniforme para que avance la lógica autoritaria. A veces basta con un ministro hablando serio, una rueda de prensa y un titular obediente.
La derecha latinoamericana conoce bien ese idioma. Lo ha usado contra sindicatos, pueblos indígenas, campesinas y campesinos, estudiantes, vecinas y vecinos organizados. Todo lo que huela a poder popular acaba presentado como caos. Todo lo que cuestione el reparto de riqueza acaba envuelto en sospecha. El neoliberalismo siempre pide libertad para los mercados y obediencia para las mayorías. Cuando las mayorías no obedecen, llega la palabra mágica: seguridad.
Y claro que los bloqueos generan problemas. Claro que una protesta prolongada tensiona la vida cotidiana. Nadie serio lo niega. Pero la pregunta política es otra: qué tipo de país obliga a su gente a bloquear carreteras durante 46 días para ser escuchada. Qué tipo de Gobierno mira esa persistencia y decide responder con desgaste. Qué tipo de poder necesita llamar criminal a quien exige una salida.
La respuesta es incómoda, pero bastante clara. Un poder que no tiene proyecto para las mayorías necesita fabricar enemigos. Un Gobierno que no puede ofrecer justicia social ofrece orden. Un Ejecutivo que no quiere discutir las causas de la rabia discute la supuesta peligrosidad de quienes la expresan.
Bolivia vuelve a mostrar una escena conocida en demasiados lugares: las élites se blindan, los gobiernos hablan de estabilidad y el pueblo paga la factura. Si la protesta gana fuerza, se la infiltra. Si resiste, se la judicializa. Si se extiende, se la vincula con el crimen. Y si aun así continúa, entonces ya se abre la puerta a medidas más duras. Paso a paso. Sin prisa. Con la frialdad de quien sabe que la represión también puede administrarse por goteo.
Lo que está en juego no es solo la continuidad de Rodrigo Paz. Es el derecho de un pueblo a protestar sin ser tratado como enemigo interno. Porque cuando un Gobierno convierte 46 días de movilización social en una amenaza terrorista, no está defendiendo la democracia. Está defendiendo su silla.
Y cuando el poder necesita llamar terrorista al pueblo para seguir gobernando, lo que está confesando es que ya no tiene argumentos.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Taty Almeida no muere: deja una acusación eterna contra los verdugos y sus herederos
Taty Almeida murió el 14 de junio, a los 95 años, pero la noticia no puede escribirse como una necrológica amable. Sería casi una falta de respeto. Taty no fue una señora buena que “buscó a su hijo”. Fue una acusación viviente. Una mujer que convirtió el dolor en expediente político, la ausencia en pancarta y la maternidad en una forma de resistencia contra el Estado asesino, sus cómplices civiles y sus herederos ideológicos.
Su hijo, Alejandro Almeida, fue secuestrado y desaparecido el 17 de junio de 1975 por la Triple A, antes incluso del golpe militar del 24 de marzo de 1976. Tenía 20 años. Era estudiante de Medicina, militante, poeta. Un joven al que le arrebataron la vida, el cuerpo, la historia y hasta el derecho elemental de tener una tumba. Ese fue el método. No bastaba con matar. Había que borrar. Borrar nombres, borrar pruebas, borrar vínculos, borrar madres. Y ahí fallaron.
Porque aparecieron ellas.
Begoña Gómez y el jurado popular: cuando la justicia se entrega a nueve ciudadanos sin herramientas suficientes
La causa contra Begoña Gómez ha dejado de ser solo una causa judicial. Hace tiempo que es otra cosa. Una pieza más en esa trituradora política, mediática y judicial donde la presunción de inocencia se convierte en estorbo, el procedimiento en espectáculo y la toga en decorado. El 15 de junio, la esposa del presidente del Gobierno compareció ante el juez Juan Carlos Peinado en una audiencia previa de carácter protocolario. Sobre la mesa, el posible juicio contra ella, contra su asesora Cristina Álvarez y contra el empresario Juan Carlos Barrabés por presuntos delitos de corrupción en los negocios, malversación, tráfico de influencias y apropiación indebida.
La fase de instrucción queda ya encaminada hacia la Audiencia Provincial de Madrid. Y ahí aparece la bomba procesal: un juicio con jurado popular. Es decir, nueve personas elegidas entre la ciudadanía podrían acabar decidiendo sobre un asunto contaminado desde hace meses por tertulias, titulares, filtraciones, bronca parlamentaria y esa mezcla tan española de ruido judicial y cálculo partidista. Qué podía salir mal.
Netanyahu sabotea el acuerdo mientras Israel sigue bombardeando Líbano
El acuerdo anunciado entre Estados Unidos e Irán tenía que abrir una rendija. No una paz justa, no una solución profunda, no el fin de la maquinaria de guerra que lleva décadas triturando Oriente Medio, pero al menos una pausa. Un freno. Algo parecido a respirar. Sin embargo, Benjamin Netanyahu ha decidido recordar al mundo quién manda cuando el militarismo se siente impune: Israel ha seguido atacando Líbano incluso después del anuncio del pacto.
Vídeo | Estrenamos reportaje contra la guerra cultural de la ultraderecha
Spanish Revolution estrena la primera parte del reportaje “¿Puede la ULTRADERECHA ganar la BATALLA CULTURAL?”, presentado por Patricia Salvador. Y la pregunta no es menor. Tampoco es una provocación para redes. Es una advertencia política en mitad de una época en la que la extrema derecha ya no necesita presentarse siempre con el uniforme completo. A veces le basta con hablar de “libertad”, “familia”, “patria”, “seguridad” o “sentido común” mientras va vaciando esas palabras de contenido democrático.
Vídeo | Más de 30.000 personas ya han visto el #ReportajeSR sobre cómo Israel está cambiando las reglas del mundo
El nuevo trabajo de Reportajes SR, con Olga Rodríguez, analiza por qué lo que ocurre en Gaza no es solo una tragedia palestina, sino una advertencia global sobre la impunidad, el derecho internacional y la ley del más fuerte. Más de 30.000 personas han visto…
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir