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La transición verde no puede ser una excusa elegante para repetir el saqueo colonial con otro color de marketing.
EL NUEVO ORO BLANCO Y LA VIEJA HISTORIA DEL SAQUEO
Bolivia vuelve a aparecer en el mapa mundial no por lo que decide su pueblo, sino por lo que desean las potencias. Litio. Baterías. Coches eléctricos. Materias primas estratégicas. La palabra “futuro” pronunciada por ejecutivos que nunca han tenido que mirar cómo se seca una fuente, cómo se degrada un territorio o cómo se convierte una comunidad indígena en una nota al pie de un contrato minero.
Mongabay documentó el 17 de abril de 2025 resistencias comunitarias contra proyectos de litio respaldados por capital extranjero. No hablamos de una incomodidad menor. Hablamos del Salar de Uyuni, el mayor salar del mundo, con unos 10.500 kilómetros cuadrados, y de comunidades como Colcha K, en la provincia de Nor Lípez, con alrededor de 1.000 habitantes, que no viven en una postal turística ni en una maqueta corporativa. Viven allí. Cultivan patatas y quinoa, crían llamas y ganado, sostienen economías locales y formas de vida que no caben en el Excel de ninguna multinacional.
La promesa es la de siempre: riqueza, empleo, desarrollo, modernización. La letra pequeña también es la de siempre: agua, territorio, dependencia, opacidad y subordinación. Los proyectos vinculados a Uranium One y CBC, según Mongabay, afectarían de entrada a solo el 1,64% de las reservas conocidas de litio de la región. Esa cifra, lejos de tranquilizar, debería encender todas las alarmas. Porque significa que esto no es el final de nada. Es el principio. Una puerta abierta para más proyectos, más presión, más negociaciones desde arriba y más comunidades obligadas a defender lo elemental.
No hay transición ecológica justa si las comunidades indígenas solo cuentan cuando estorban. Y no hay soberanía si las decisiones se toman en despachos donde el territorio aparece como “recurso”, la población como “riesgo social” y el agua como “insumo productivo”. Ese lenguaje limpio es parte del problema. Desinfecta el saqueo. Lo vuelve técnico. Lo vuelve inevitable.
El Norte Global quiere coches eléctricos sin cambiar su modelo de consumo. Quiere baterías sin tocar sus privilegios. Quiere limpiar su conciencia climática exportando la herida. Y ahí aparece América Latina otra vez, convertida en almacén del futuro ajeno. Antes fue la plata. Luego el estaño, el gas, el petróleo, el cobre, la soja. Ahora toca litio. La mercancía cambia. La relación de poder, bastante menos.
UNA TRANSICIÓN VERDE NO PUEDE SER COLONIAL
Le Monde Diplomatique analizó en mayo la crisis boliviana como parte de una disputa global por materias primas estratégicas entre potencias. Dicho con menos diplomacia: Bolivia no está solo ante un debate ambiental o económico. Está en medio de una pelea geopolítica donde Washington, Pekín, Moscú, empresas privadas, gobiernos y élites locales miran el subsuelo como quien mira un botín.
Y aquí conviene decirlo claro. El problema no es que Bolivia tenga litio. El problema es quién decide, quién cobra, quién asume el daño y quién se queda mirando desde fuera. Porque el extractivismo verde puede sonar más amable que el viejo extractivismo fósil, pero cuando se impone sobre comunidades indígenas, cuando tensiona el acceso al agua, cuando reproduce dependencia tecnológica y financiera, cuando deja al territorio como zona sacrificada, no es emancipación. Es colonialismo con placas solares en el folleto.
La trampa política está en presentar cualquier crítica al litio como una oposición al clima. Como si las campesinas y campesinos, las vecinas y vecinos de Nor Lípez, las comunidades indígenas que piden consulta, información y garantías fueran enemigos de la transición ecológica. No. Quienes amenazan una transición justa son quienes pretenden hacerla sin democracia, sin redistribución y sin límites al consumo obsceno de las clases ricas del planeta.
Porque esta es la parte que casi nunca se dice. El litio boliviano no se codicia para que las mayorías vivan mejor. Se codicia para sostener una economía global que quiere cambiar de combustible sin cambiar de lógica. Más coches privados. Más megaproyectos. Más cadenas globales controladas por fondos, tecnológicas y Estados poderosos. Más “crecimiento verde” para que el capitalismo pueda seguir llamando progreso a su propia huida hacia delante.
El argumento desarrollista también merece cuidado. Bolivia tiene derecho a industrializar sus recursos, a romper la dependencia, a capturar valor, a no resignarse a vender materia prima barata mientras otros países fabrican la tecnología cara. Eso es evidente. Pero ese derecho no puede usarse como coartada para aplastar a quienes viven en los territorios. La soberanía nacional sin soberanía comunitaria se queda coja. Y a veces se convierte en otro mando vertical sobre los de abajo.
Las y los defensores del modelo extractivo suelen hablar de “interés nacional” cuando quieren decir interés empresarial, equilibrio fiscal o pacto entre élites. Pero un país no se defiende entregando sus salares a una carrera desesperada por entrar en la cadena global de baterías a cualquier precio. Se defiende preguntando quién manda sobre el agua, quién controla la tecnología, quién audita los impactos, quién participa en los beneficios y quién tiene derecho a decir no.
La crisis climática exige una transición profunda. Eso nadie serio lo discute. Pero una transición que necesita sacrificar comunidades para tranquilizar consumidores ricos no es transición: es maquillaje. Una transición que mantiene intacta la desigualdad mundial no es justicia climática: es administración verde del privilegio. Una transición que convierte a Bolivia en proveedor estratégico mientras otros acumulan patentes, industria y poder no es futuro compartido: es dependencia modernizada.
La pregunta no es si el litio puede formar parte de una economía menos fósil. La pregunta es si esa economía será democrática, social, territorial y justa, o si volverá a construirse sobre los cuerpos y los territorios de quienes siempre pagan primero.
Si la transición verde necesita comportarse como una mina colonial, entonces no estamos salvando el planeta: estamos cambiando el color de la explotación.
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