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Por Javier F. Ferrero
Hay una imagen que resume demasiado bien este país: Zapatero citado como investigado por el caso Plus Ultra y Mariano Rajoy entrando una y otra vez en la Audiencia Nacional como testigo, casi como si el poder pudiera mirar los sumarios desde la barrera.
No estoy diciendo que Zapatero sea inocente porque Rajoy nunca haya sido imputado. Eso sería una trampa. Tampoco estoy diciendo que Rajoy sea culpable porque su nombre haya sobrevolado la caja B del PP durante más de una década. Eso sería otra trampa. Lo que digo es más sencillo y más grave: en España la justicia no siempre parece tener la misma intensidad cuando mira hacia determinados despachos.
Zapatero ha sido imputado por la Audiencia Nacional en el caso Plus Ultra por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental, dentro de una investigación sobre el rescate de 53 millones de euros concedido a la aerolínea durante la pandemia. Está citado a declarar el 2 de junio y él niega haber realizado gestiones ante ninguna administración pública para favorecer ese rescate. Esa precisión importa, porque una imputación no es una condena.
Y aquí empieza el problema. A Zapatero ya lo han condenado en tertulias antes de declarar. La derecha, que lleva años confundiendo Estado de derecho con cacería selectiva, ha encontrado una pieza perfecta para fabricar ruido. Pero el ruido no puede tapar la pregunta de fondo: si se investiga a Zapatero por presuntas influencias alrededor de dinero público, por qué Rajoy nunca fue investigado penalmente por una trama que rodeó durante años al partido que presidía y al Gobierno que dirigía.
La respuesta parece política y bastante poco limpia.
LA IMPUNIDAD CON TRAJE DE TESTIGO
La Audiencia Nacional condenó al PP en 2018 como partícipe a título lucrativo de la trama Gürtel y dio por acreditada la existencia de una caja B desde al menos 1989. La misma sentencia dudó de la credibilidad de Rajoy cuando negó esa contabilidad paralela. No lo dijo un panfleto. Lo dijo una sentencia.
Y, aun así, Rajoy siguió siendo testigo. Testigo en Gürtel. Testigo en Kitchen. Testigo del incendio, nunca dueño de la cerilla. En abril, volvió a declarar en la Audiencia Nacional por la operación Kitchen, el presunto operativo parapolicial para espiar a Luis Bárcenas durante su mandato. Rajoy negó la caja B, negó la destrucción de pruebas y negó una operación política contra el extesorero. Otra vez, desde la posición cómoda del testigo.
Ese es el escándalo democrático. No que Zapatero sea investigado. Si hay indicios, que se investigue. Con garantías, sin espectáculo y sin convertir el auto judicial en sentencia mediática. El escándalo es que el sistema haya sido tan prudente, tan exquisito y tan tembloroso cuando el nombre que aparecía en la conversación pública era Rajoy.
Porque con Rajoy siempre hubo una niebla muy conveniente. Estaba el partido condenado. Estaba Bárcenas. Estaban los sobresueldos señalados. Estaba la sede de Génova reformada con dinero negro. Estaban los dirigentes que no sabían nada, los tesoreros que actuaban solos, los ministros que miraban a otro lado y el presidente que parecía gobernar un partido donde todo ocurría sin que él se enterase.
El PP fue condenado, pero Rajoy sobrevivió como si el PP fuese una entidad meteorológica. Llovía corrupción, pero nadie miraba hacia arriba.
Por eso esta comparación es necesaria, aunque incomode. No para pedir impunidad para Zapatero. No para decir “y tú más” como hacen los partidos cuando no quieren hablar de lo suyo. Al contrario. Para exigir una vara de medir que no dependa del apellido, del partido, del momento político ni del poder acumulado.
A Zapatero se le debe investigar si hay indicios. Y se le debe proteger de la condena anticipada si no hay pruebas. Las dos cosas a la vez. La democracia adulta consiste precisamente en eso: no convertir la presunción de inocencia en blindaje, pero tampoco permitir que una imputación se transforme en fusilamiento mediático.
Con Rajoy, en cambio, queda una sensación difícil de borrar. No una sentencia penal contra él, porque no la hay. Una sensación política. Una anomalía. Una pregunta que sigue oliendo a cajón cerrado. ¿Cómo puede un partido acumular tanta corrupción acreditada y que su máximo responsable político quede siempre en la escena como testigo de paso?
La derecha va a gritar Zapatero hasta quedarse sin voz. Muy bien. Que grite. Pero cada vez que lo haga conviene recordarles que M. Rajoy no es solo una inicial en unos papeles: es el símbolo de un país donde la responsabilidad política se evapora cuando llega demasiado arriba.
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