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El Gobierno israelí intenta desacreditar investigaciones sobre abusos sexuales en cárceles y centros de detención mientras organismos internacionales acumulan denuncias de torturas, violaciones y violencia sistemática contra la población palestina.
Hay algo especialmente obsceno en la reacción del Gobierno israelí contra el artículo publicado por el periodista Nicholas Kristof en The New York Times. No solo porque niega testimonios de presuntas víctimas palestinas de violaciones y abusos sexuales cometidos por soldados y colonos israelíes. También porque utiliza el término “libelo de sangre”, una acusación históricamente vinculada a la persecución antisemita, como arma propagandística para blindar a un Estado frente a cualquier denuncia de crímenes.
Convertir el sufrimiento histórico del pueblo judío en un escudo político para tapar posibles crímenes de guerra no combate el antisemitismo. Lo degrada.
El artículo de Kristof, publicado el 13 de mayo, recoge entrevistas con 14 antiguos detenidos palestinos, además de informes de expertos de la ONU y organizaciones de derechos humanos que documentan agresiones sexuales, torturas y humillaciones sistemáticas contra personas palestinas detenidas por las fuerzas israelíes. Entre los testimonios aparece uno especialmente brutal: un ex preso asegura haber sido violado con ayuda de un perro soltado por soldados israelíes.
La respuesta del Ministerio de Exteriores israelí fue inmediata. Acusó al periódico de publicar “uno de los peores libelos de sangre de la prensa moderna” y aseguró que Kristof estaba difundiendo “mentiras sin fundamento” para invertir los papeles de víctima y agresor.
El problema es que la narrativa oficial israelí ya no choca solo contra activistas propalestinos o medios alternativos. También empieza a resquebrajarse frente a voces judías y organizaciones dedicadas precisamente a combatir el antisemitismo.
El grupo Nexus Project respondió con contundencia. Denunció que utilizar el concepto de “libelo de sangre” para desacreditar una investigación periodística rigurosa “es peligroso” y “un insulto a la historia violenta del término”. Y añadieron algo fundamental: banalizar el antisemitismo para proteger a un gobierno debilita la capacidad de identificar el antisemitismo real cuando aparece.
LA IMPUNIDAD COMO POLÍTICA DE ESTADO
La maquinaria propagandística israelí lleva meses intentando instalar una idea simple: cualquier denuncia sobre Gaza o sobre abusos contra palestinos es propaganda de Hamás. Da igual que las pruebas procedan de Naciones Unidas, de organizaciones israelíes de derechos humanos o de periodistas internacionales. Todo se reduce a un mecanismo automático de descrédito.
Y funciona. A veces funciona demasiado bien.
El Ministerio de Exteriores israelí acusó al Times de intentar crear una “falsa equivalencia” con las violencias sexuales cometidas por Hamás durante los ataques del 7 de octubre de 2023. Pero nadie necesita minimizar los crímenes de Hamás para investigar los crímenes cometidos por el Estado israelí. Esa es precisamente la trampa discursiva: presentar cualquier investigación sobre Palestina como una negación del sufrimiento israelí.
No es casualidad que numerosos grupos proisraelíes, como American Jewish Committee o American Israel Public Affairs Committee, hayan amplificado las acusaciones contra Kristof y contra el Times. Tampoco sorprende que muchas de esas cuentas hayan intentado desacreditar directamente a las víctimas palestinas y a las organizaciones que recogieron sus testimonios vinculándolas con Hamás.
Mientras tanto, los informes siguen acumulándose.
Expertos de Naciones Unidas y organizaciones internacionales han documentado durante años violaciones, abusos sexuales y torturas cometidas contra hombres, mujeres y menores palestinos tanto en Gaza como en Cisjordania ocupada. No se trata de denuncias aisladas. Se habla de patrones sistemáticos. De prácticas repetidas. De una violencia estructural sostenida durante décadas.
El caso de la prisión de Sde Teiman resulta especialmente escalofriante. Allí, soldados israelíes fueron acusados de violar en grupo a un preso palestino en un ataque grabado por cámaras. El Ejército israelí investiga también la muerte de decenas de detenidos en ese centro, incluido un hombre que habría sido sodomizado con una porra eléctrica.
Y aun así hubo dirigentes israelíes defendiendo públicamente a los responsables.
El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y el ministro de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, respaldaron a soldados acusados de estos abusos. Políticos y tertulianos de extrema derecha llegaron incluso a justificar violaciones, torturas y asesinatos contra palestinos como forma de venganza por los ataques de Hamás.
Sí. Así de explícito.
CUANDO LA PROPAGANDA YA NO PUEDE TAPAR LOS CRÍMENES
Hay otra cuestión incómoda que el Gobierno israelí intenta ridiculizar: los testimonios sobre perros entrenados para agredir sexualmente a detenidos. Varias voces reaccionaron con burla, asegurando que algo así era “imposible”.
Pero la historia no ayuda demasiado a quienes intentan desacreditar automáticamente estos relatos.
Supervivientes del Holocausto denunciaron haber sufrido agresiones con perros entrenados por oficiales nazis. Décadas después, durante la dictadura de Augusto Pinochet, la torturadora Ingrid Olderock utilizó métodos similares contra presas políticas en Chile. Su historia fue retratada en el cortometraje nominado al Óscar Bestia.
Lo inquietante no es solo la posibilidad de que estas prácticas existan. Lo verdaderamente perturbador es la rapidez con la que una parte del aparato político y mediático occidental decide negar cualquier testimonio palestino antes incluso de investigarlo.
Porque ahí está el doble rasero. Cuando Israel acusa, buena parte de los medios reproduce. Cuando Palestina denuncia, se exige una perfección probatoria imposible en medio de bombardeos, ocupación militar y destrucción sistemática.
El propio Times ya había corregido anteriormente algunos aspectos de sus investigaciones sobre las agresiones sexuales cometidas por Hamás tras cuestionamientos de investigadores israelíes. Eso no impidió que el Gobierno israelí acusara ahora al periódico de servir a una “narrativa de Hamás”. La lógica es sencilla: cualquier dato incómodo pasa automáticamente a ser propaganda enemiga.
Y mientras se libra esta guerra narrativa, Gaza sigue enterrando cadáveres.
La ofensiva israelí ha dejado escenas de hambre masiva, ataques contra personal humanitario, bombardeos sobre zonas supuestamente seguras y asesinatos de menores documentados por organismos internacionales. Las denuncias sobre torturas a prisioneros palestinos se multiplican. Las imágenes existen. Los informes existen. Los testimonios existen.
Llamarlo “libelo de sangre” no borra los hechos. Solo demuestra hasta qué punto algunos gobiernos están dispuestos a prostituir la memoria histórica para garantizar impunidad presente.
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