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Miles de campesinas, campesinos y pescadores podrán librarse de préstamos imposibles mientras el Estado mexicano admite el fracaso de un sistema diseñado para exprimir al campo
La presidenta de Claudia Sheinbaum ha decidido hacer algo que incomoda profundamente a los defensores del dogma neoliberal: reconocer que hay deudas que nunca debieron existir. Que no eran créditos pensados para impulsar el campo, sino cadenas financieras disfrazadas de ayuda pública. Y que detrás de miles de expedientes había sufrimiento, miedo y también negocio. El negocio de abogados, intermediarios y redes de corrupción que vivían de perseguir a pequeños productores arruinados.
El 13 de mayo, durante su conferencia matinal, Sheinbaum anunció un programa para cancelar o reducir de forma drástica las deudas contraídas por campesinas, campesinos, pequeñas productoras, pequeños productores y pescadores con el antiguo Fondo Nacional de Desarrollo Agropecuario, Rural, Forestal y Pesquero (FND). Una medida que afectará a decenas de miles de personas y que busca resolver una situación que llevaba años pudriéndose.
“Hoy tenemos una gran noticia”, dijo la presidenta. Y no era una frase vacía. Porque hablamos de gente atrapada en préstamos literalmente impagables. Créditos que crecían con intereses y recargos hasta convertirse en una condena permanente. El tipo de deuda que en el discurso oficial aparece como “financiamiento productivo”, pero que en la práctica acaba funcionando como una máquina de extracción contra quienes producen alimentos y sostienen el campo.
La decisión permitirá resolver o reestructurar las deudas del 99,5% de las personas deudoras del FND. Una cifra demoledora. Porque cuando casi la totalidad de quienes pidieron créditos no pueden pagarlos, el problema no es individual. El problema es el sistema.
EL CAMPO COMO TERRITORIO DE SAQUEO FINANCIERO
Durante años, miles de pequeñas y pequeños productores quedaron atrapados en créditos concedidos bajo condiciones que terminaron siendo inviables. Sequías, inflación, caída de ingresos, abandono institucional. La tormenta perfecta. Y mientras el campo mexicano se precarizaba, aparecieron despachos jurídicos y gestores especializados en sacar dinero de la desesperación ajena.
Varios medios mexicanos llevaban tiempo alertando de la situación. Agricultoras y agricultores denunciaban presiones constantes, amenazas judiciales y pagos exigidos por abogados que prometían “resolver” expedientes prácticamente irresolubles. La deuda se convirtió en un mecanismo de extorsión permanente.
No es casualidad. El capitalismo financiero siempre encuentra negocio en la ruina. Primero ofrecen el crédito. Luego llegan los intereses. Después, la culpa individual. Y finalmente aterrizan los intermediarios que convierten la miseria en una oportunidad económica.
Sheinbaum puso el foco en uno de los casos más sangrantes: el de miles de mujeres utilizadas por terceros para solicitar préstamos a su nombre. Mujeres rurales manipuladas, engañadas o presionadas para firmar créditos que terminaron acumulando intereses imposibles de asumir. Ellas cargaban con la deuda. Otros hacían negocio.
El Gobierno mexicano anunció que 11.761 mujeres productoras con deudas de hasta 397.551 pesos mexicanos (unos 23.000 dólares) podrán acceder a una cancelación total de sus préstamos, siempre que presenten la solicitud correspondiente. Cero pagos. Deuda eliminada.
Y no es una cuestión menor. Porque detrás de cada cifra hay una familia. Una explotación agrícola pequeña. Una pescadora. Una mujer rural condenada durante años por una firma estampada bajo presión o bajo engaño.
Para quienes mantienen deudas superiores (entre 397.551 y 10 millones de pesos) el Ejecutivo aplicará una rebaja del 30% y permitirá reestructurar el resto mediante nuevos mecanismos de pago. Según el Gobierno, alrededor de 1.639 mujeres podrán acogerse también a esta fórmula.
El dato es brutal: el 99,9% de las mujeres productoras endeudadas quedarán liberadas o verán solucionada su situación financiera.
CUANDO EL ESTADO ADMITE QUE EL MERCADO FRACASÓ
La medida también alcanzará a casi 30.000 pequeños productores varones. Aquellos con deudas inferiores a 247.966 pesos (aproximadamente 14.000 dólares) podrán acceder igualmente a la condonación completa.
El mensaje político es evidente aunque incomode a muchos economistas de plató: no todas las deudas son legítimas. Y no todo impago es irresponsabilidad. A veces el problema es un modelo económico que empuja a la gente a endeudarse para sobrevivir mientras las élites financieras convierten esa necesidad en un negocio perpetuo.
Porque esto no ocurre en el vacío. El campo latinoamericano lleva décadas atravesado por políticas de abandono, apertura salvaje de mercados, dependencia agroexportadora y concentración de riqueza. A las y los pequeños productores se les exige competir contra gigantes agroindustriales mientras sobreviven con márgenes mínimos y acceso desigual al crédito.
Luego llegan las crisis. Las climáticas. Las económicas. Las comerciales. Y el relato oficial siempre es el mismo: “no supieron administrar”. Como si un campesino pudiera controlar el precio internacional del maíz o las consecuencias de una sequía extrema.
Lo que está haciendo el Gobierno mexicano es romper parcialmente esa narrativa. Admitir que había créditos imposibles de cobrar y vidas imposibles de sostener bajo ese peso financiero. También admite algo más incómodo: que el Estado permitió durante años que miles de personas quedaran atrapadas en redes de corrupción y abuso legal.
Queda el 0,5% de casos pendientes. Personas con condiciones de préstamo distintas y situaciones todavía sin resolver. El Ejecutivo asegura que también serán atendidas, aunque aún no ha explicado cómo. Ahí seguirá la presión. Porque cuando una administración abre la puerta a cuestionar las deudas impagables, la discusión deja de ser técnica y se vuelve política.
Y eso es precisamente lo que asusta a los guardianes del austericidio: que millones de personas empiecen a preguntarse por qué siempre se rescatan bancos, constructoras y fondos de inversión mientras a las campesinas y campesinos se les exigía pagar hasta el último céntimo aunque eso significara perder la vida entera intentando saldar una deuda diseñada para no terminar nunca.
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