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El referéndum del 25 de marzo tumba el proyecto judicial de Meloni y desata una purga exprés en su Gobierno
La imagen de fortaleza que durante años ha cultivado Giorgia Meloni empieza a agrietarse. No por una crisis económica, ni por una movilización masiva sostenida en las calles, sino por algo mucho más incómodo para el poder: las urnas. El 25 de marzo, el electorado italiano rechazó con un 54% de los votos la reforma judicial impulsada por el Ejecutivo ultraderechista, en un referéndum que registró una participación cercana al 59% de los 51,4 millones de personas llamadas a votar. No era una consulta cualquiera. Era una prueba de fuerza. Y el resultado ha sido una derrota política de primer nivel.
La reacción no se hizo esperar. En apenas 48 horas, el Gobierno ha visto caer a tres figuras clave. La última ha sido Daniela Santanchè, ministra de Turismo y rostro incómodo dentro del Ejecutivo por sus causas judiciales abiertas. Su dimisión no fue voluntaria. Fue exigida públicamente por Meloni. Antes que ella ya habían abandonado sus cargos el subsecretario de Justicia Andrea Delmastro y la jefa de gabinete Giusi Bartolozzi, ambos señalados por el desgaste que provocaron durante la campaña del referéndum.
No es solo una crisis de nombres. Es una crisis de legitimidad. Cuando un Gobierno somete su proyecto estrella al voto popular y pierde, lo que se resquebraja no es una ley, es el relato entero de autoridad. Durante meses, el Ejecutivo defendió la reforma como una mejora técnica del sistema judicial. Sin embargo, buena parte de la ciudadanía percibió otra cosa: un intento de reconfigurar el equilibrio de poderes.
LA DERROTA QUE ROMPE EL RELATO
El núcleo de la reforma era la separación de las carreras de jueces y fiscales, una modificación que el Gobierno vendía como garantía de imparcialidad. Pero juristas, asociaciones y parte de la oposición alertaron de lo contrario: un rediseño que podía facilitar un mayor control político sobre la justicia. El debate, complejo y técnico, acabó traducido en una decisión más simple en las urnas: confianza o rechazo al Gobierno.
Y ganó el rechazo.
Ese 54% de “no” no solo bloquea una ley. Funciona como una fotografía política del momento. Italia no ha votado únicamente sobre un modelo judicial, ha votado sobre el poder de Meloni. Y ha dicho que no. Por primera vez desde su llegada al poder, la ultraderecha italiana pierde un pulso directo con la ciudadanía.
El dato de participación es clave. Un 59% en un referéndum sin umbral mínimo no es apatía. Es movilización. Es intervención consciente en un debate político. Es, en términos prácticos, una deslegitimación clara del proyecto gubernamental. La comparación con el referéndum constitucional de 2016, que provocó la dimisión de Matteo Renzi tras alcanzar un 65% de participación, empieza a resonar en el debate público italiano.
Pero Meloni no ha dimitido. Ha optado por otra estrategia: cortar cabezas.
PURGA, CONTROL Y MIEDO A LA FRACTURA
Las dimisiones en cadena no son un gesto de responsabilidad política. Son un mecanismo de control. Cuando el liderazgo se ve cuestionado, la reacción habitual del poder autoritario no es abrir debate, es cerrar filas. Y eso implica señalar culpables internos. Sacrificios rápidos para intentar recomponer la imagen de firmeza.
El caso de Santanchè es paradigmático. Atrapada en varios procesos judiciales y convertida en símbolo del desgaste del Gobierno, su salida no responde tanto a sus propios escándalos como al momento político. En su carta de dimisión deja claro el trasfondo: no quería ser “el chivo expiatorio” de una derrota que no considera suya. Y, sin embargo, lo ha sido.
La ultraderecha necesita proyectar orden incluso cuando internamente se descompone. Por eso las dimisiones no se presentan como una crisis, sino como una decisión estratégica. Como si el problema no fuera el rechazo ciudadano, sino los nombres que han acompañado al proyecto.
Pero la realidad es otra. La legislatura, que se proyectaba hasta 2027 con aparente estabilidad, entra ahora en una fase de incertidumbre. La oposición de centroizquierda ha encontrado una grieta. Y, más importante aún, ha demostrado que el bloque ultraderechista no es invencible.
Durante años, Meloni ha construido su liderazgo sobre una mezcla de disciplina interna, discurso identitario y control del relato. Este referéndum rompe ese equilibrio. Porque introduce una variable que el poder no controla del todo: la respuesta colectiva.
Cuando la ciudadanía entiende que puede frenar una agenda política, la correlación de fuerzas cambia. Y eso es lo que empieza a intuirse en Italia. No es todavía un vuelco electoral. No es el fin del Gobierno. Pero sí es algo más profundo: el inicio de una erosión.
El problema para Meloni no es solo haber perdido. Es haber perdido en su terreno. Haber convertido una reforma en plebiscito y haber salido derrotada. Porque a partir de ahora cada decisión puede ser leída bajo ese prisma. Cada ley. Cada medida. Cada conflicto interno.
La ultraderecha italiana, que se presentaba como bloque sólido, empieza a mostrar fisuras. Y cuando el poder necesita purgar para sostenerse, lo que está en juego ya no es la estabilidad, es la supervivencia política.
Porque no hay nada más peligroso para un proyecto autoritario que descubrir que también puede perder.
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