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La exatleta olímpica y alcaldesa de Génova se ha convertido en una figura inesperada del progresismo italiano: moderna, feminista, católica, favorable a los derechos LGTB y capaz de hablarle a una izquierda que llevaba demasiado tiempo mirando al suelo.
Una grieta en el mito de Meloni
Durante tres años, Giorgia Meloni ha gobernado Italia envuelta en una operación estética muy eficaz: derecha radical con modales de despacho, ultranacionalismo con sonrisa institucional, guerra cultural servida con cubiertos de plata. Nada nuevo. Solo una extrema derecha que aprendió a peinarse mejor antes de salir en televisión.
Pero marzo dejó una señal. Una señal importante. La derrota de Meloni en el referéndum sobre la reforma de la Justicia fue su primer gran revés electoral desde que llegó al poder en 2022. El “no” se impuso con el 53,7% de los votos frente al 46,3%, en una consulta que buscaba modificar varios artículos de la Constitución italiana y separar las carreras de jueces y fiscales. La participación rondó el 58,9%. No fue un tropiezo menor. Fue el primer agujero serio en esa armadura de invencibilidad que la derecha italiana había vendido como si fuera destino histórico.
Y cuando una líder autoritaria empieza a perder el aura, ocurre algo curioso: quienes parecían condenados a la irrelevancia vuelven a mirar hacia arriba. La oposición italiana, fragmentada, cansada y demasiado habituada a perder, empieza a tantear una salida. Todavía sin pacto final. Todavía sin candidatura clara. Pero con una idea que empieza a circular con fuerza: quizá la izquierda italiana no necesita solo sumar siglas. Quizá necesita una figura capaz de romper el aire viciado.
Ahí aparece Silvia Salis.
Silvia Salis, una anomalía en una política llena de cadáveres vivos
Salis tiene 40 años, fue campeona italiana de lanzamiento de martillo, participó en los Juegos Olímpicos de Pekín y Londres, fue vicepresidenta del Comité Olímpico italiano y llegó a la alcaldía de Génova en 2025 como candidata independiente apoyada por una coalición de fuerzas centristas e izquierdistas. En apenas un año se ha convertido en una de las figuras más observadas del campo progresista italiano. No porque haya inventado la política. Sino porque parece recordar algo que muchos partidos olvidaron: que la política también necesita cuerpo, lenguaje, presencia y calle.
Génova no es un decorado menor. Es la sexta ciudad más grande de Italia, capital de Liguria, antigua potencia marítima y símbolo de muchas heridas italianas: envejecimiento, declive industrial, precariedad, infraestructuras frágiles y una juventud que se marcha porque la ciudad no siempre le ofrece futuro. El derrumbe del puente Morandi en 2018, con 43 muertos, sigue funcionando como una metáfora brutal de un país donde muchas cosas se sostienen hasta que dejan de sostenerse.
Salis llegó ahí después de años de gobierno local afín a Meloni. Y llegó con otra música. Literalmente.
El 11 de abril, Génova acogió en Piazza Matteotti un evento de tecno con la DJ belga Charlotte de Witte. Más de 20.000 personas llenaron la plaza. La alcaldesa subió al escenario con gafas de sol, en una imagen que rápidamente se convirtió en símbolo de algo más que una fiesta. Una ciudad vieja, una política joven, una plaza tomada por cuerpos bailando y una derecha que siempre sospecha de la alegría cuando no puede privatizarla.
No es una anécdota superficial. La derecha lo sabe. Por eso le molesta.
La izquierda, por fin, descubre que comunicar no es pecado
La oposición italiana negocia la posibilidad de construir un “campo largo” contra Meloni: Partido Demócrata, Movimiento 5 Estrellas, Alianza Verdes-Izquierda y, quizá, otros sectores como Italia Viva, de Matteo Renzi. Sobre el papel, una suma amplia. En la práctica, una bomba de relojería si nadie consigue ordenar ambiciones, egos y contradicciones.
Los nombres más previsibles están ahí: Elly Schlein, secretaria del PD, y Giuseppe Conte, líder del M5S. Dos figuras con peso orgánico, pero sin consenso indiscutible. Y ahí es donde Salis empieza a resultar incómoda. Porque no viene exactamente del aparato. Porque no carga con todas las guerras internas. Porque tiene una imagen transversal. Porque habla de derechos sin sonar a folleto viejo. Porque puede atraer a sectores progresistas moderados sin arrodillarse ante la derecha.
Renzi, que sabe bastante de fabricar liderazgo desde una alcaldía, ya ha pedido que Salis participe en unas posibles primarias junto a Schlein y Conte. No es inocente. Nada en Renzi lo es. Pero la señal está lanzada: hay una parte del centroizquierda italiano que ve en la alcaldesa de Génova una salida a años de vacío, timidez y autoboicot.
La propia Salis no ha anunciado ningún salto nacional. Ha dicho que está centrada en Génova. También ha dejado una puerta abierta: ante una petición unificadora, no podría decir que no lo consideraría. Esa frase, en política, no es una negativa. Es una semilla.
Una anti-Meloni que no necesita parecerse a Meloni
Lo interesante de Salis no es solo su biografía. Es la forma en que discute el terreno simbólico que la derecha italiana intentó secuestrar. Meloni ha construido su marca sobre una idea estrecha de familia, patria, orden y tradición. Salis responde desde otro lugar: “Soy madre, católica, casada y heterosexual, pero no creo que el mío sea el único modelo o mejor que el de otros”.
La frase es sencilla. Y precisamente por eso funciona.
No renuncia a su identidad. No pide permiso. No acepta que la derecha decida quién puede hablar de familia, de maternidad o de fe. Y, al mismo tiempo, registra a hijos de parejas del mismo sexo en el Ayuntamiento, defiende derechos LGTB y se coloca enfrente de la política reaccionaria que convierte la vida privada de las personas en campo de batalla electoral.
Eso también es importante. Porque durante demasiado tiempo una parte de la izquierda europea aceptó combatir en el marco de la derecha: tradición contra derechos, familia contra diversidad, fe contra igualdad. Salis rompe esa trampa. Dice: mi vida no invalida la tuya. Mi modelo no tiene que aplastar el tuyo. Mi familia no necesita destruir a otra para existir.
A la ultraderecha eso le resulta insoportable.
Palestina, salario mínimo y clase trabajadora: cuando la modernidad no es solo estética
Salis no es solo una imagen de portada. O no debería serlo, si quiere sobrevivir al entusiasmo inicial. Ha apoyado las movilizaciones por Palestina en Génova, donde el puerto más grande de Italia se convirtió en un punto clave de solidaridad con la Global Sumud Flotilla, con estibadores dispuestos a bloquear buques con armas para Israel y a impulsar huelgas sin precedentes en el país. “No solo pedimos una Palestina libre, sino que decimos Stop al Genocidio”, afirmó en una marcha por Gaza en 2025.
Ese posicionamiento importa. Mucho. Porque Meloni ha practicado ante Gaza la vieja gimnasia moral de la derecha europea: muchas palabras sobre valores, muy poca voluntad de incomodar al poder. Y cuando una alcaldesa de una gran ciudad portuaria se alinea con quienes se plantan ante el comercio de la muerte, el gesto deja de ser simbólico. Toca intereses. Y cuando toca intereses, empieza la política de verdad.
También ha defendido medidas concretas: reducción de la brecha salarial entre hombres y mujeres, apoyo a las clases medias, lucha contra la evasión fiscal y salario mínimo por ley en un país donde todavía no existe. En abril lo dijo con una pregunta que debería perseguir a todos los gobiernos europeos: “¿Qué clase de trabajo es ese que ni siquiera te permite pagar el alquiler?”.
Ahí está la clave. No basta con bailar en una plaza. No basta con llevar gafas modernas ni salir en Vanity Fair. Si Salis quiere ser algo más que una ilusión mediática, tendrá que sostener ese eje material: vivienda, salarios, empleo, industria, fiscalidad y derechos. La izquierda solo vuelve cuando vuelve al bolsillo de la gente. Lo demás es decoración.
El ataque de siempre: ropa, glamour y machismo disfrazado de pureza
Como era previsible, parte de las críticas contra Salis no han ido a sus políticas, sino a su ropa. Giorgio Armani. Manolo Blahnik. Portadas. Imagen. Glamour. La maquinaria patriarcal es bastante perezosa: cuando una mujer gana espacio político, alguien corre a examinarle el armario.
Ella lo respondió con claridad: para menospreciar a una persona, sobre todo cuando es mujer, no se fijan en sus méritos, sino en cómo viste. Y tiene razón. A los hombres poderosos se les llama carismáticos. A las mujeres con presencia se las acusa de frívolas. A ellos se les permite construir marca. A ellas se les exige pedir perdón por existir con estilo.
Eso no significa que la izquierda deba confundir estética con proyecto. Sería un error. Uno grave. La política progresista ya ha visto demasiadas operaciones de marketing envueltas en palabras bonitas. Pero tampoco puede aceptar el chantaje puritano de quienes creen que una mujer solo es creíble si se presenta castigada, austera, gris y casi culpable.
El problema no es que Salis vista bien. El problema sería que su política se quedara en eso.
Génova será la prueba, no la portada
La alcaldesa vive todavía una “luna de miel” con la ciudad, como señalan voces locales. Es joven, habla otro lenguaje, organiza eventos, intenta que la ciudadanía recupere plazas y proyecta una Génova menos envejecida, menos resignada, menos encerrada en su propia decadencia. Pero la ciudad también tiene tráfico, obras, valles estrechos, problemas de infraestructuras y tensiones sociales que no se arreglan con comunicación.
Ahí se decidirá buena parte de su futuro. No en las portadas. No en los elogios de Renzi. No en el entusiasmo de quienes buscan desesperadamente una anti-Meloni. En la gestión cotidiana. En la capacidad de mejorar la vida real sin perder ambición política. En demostrar que se puede gobernar una ciudad compleja sin convertirse en administradora amable del deterioro.
Los próximos meses serán decisivos. Si Génova empieza a pasar factura, Salis puede quedar atrapada en la distancia entre expectativa y realidad. Si resiste, si gobierna, si no se deja devorar por la maquinaria mediática ni por las intrigas del centroizquierda, su nombre seguirá creciendo.
La derecha ya no parece invencible
La gran noticia no es que Silvia Salis pueda ser candidata en 2027. Tal vez no lo sea. Algunos analistas creen que le conviene esperar, madurar una estrategia a dos o tres años y no quemarse antes de tiempo. Tiene lógica. El PD y el M5S no van a entregarle el liderazgo sin pelear. La política italiana no regala nada. Mucho menos a una mujer que no viene de obedecer durante décadas.
La gran noticia es otra: Meloni ya no parece invencible.
La derrota del referéndum abrió una grieta. Los sondeos empiezan a mostrar al bloque opositor ligeramente por encima de la coalición de derechas. La izquierda italiana, por primera vez en mucho tiempo, parece preguntarse no solo cómo resistir, sino cómo ganar. Y eso cambia el clima. Cambia el miedo. Cambia la conversación.
Silvia Salis encarna, con todas sus contradicciones, una posibilidad: una izquierda menos acomplejada, menos funeraria, menos encerrada en sus propias liturgias. Una izquierda capaz de hablar de Palestina y de salario mínimo, de derechos LGTB y de clase trabajadora, de juventud y de ciudad, de feminismo y de gestión, de fiesta y de poder.
Meloni construyó su fuerza convenciendo a Italia de que no había alternativa. Salis, por ahora, solo ha hecho algo mucho más modesto. Pero quizá más peligroso para la derecha.
Ha recordado que sí puede haberla.
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