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El presidente estadounidense llega a China acompañado por 16 altos ejecutivos, con Irán ardiendo, Ormuz bloqueado y una necesidad urgente de vender como triunfo lo que huele a rendición comercial.
PEKÍN COMO ESCAPARATE DE UNA DERROTA
Donald Trump viaja hoy, 12 de mayo, a China para reunirse con Xi Jinping el 14 y el 15 de mayo. No llega como el jefe imperial que imaginaba su propaganda. Llega tocado. Después de dos meses y medio de guerra en Irán sin cumplir sus objetivos estratégicos, con el estrecho de Ormuz convertido en una amenaza económica global y con los peores índices de aprobación de su década política, el presidente estadounidense necesita una foto. Una foto con Xi. Una foto con ejecutivos. Una foto que pueda empaquetar como victoria ante un país agotado por sus guerras, sus precios y sus delirios de grandeza.
El viaje tiene algo de desfile colonial al revés. Trump aterriza en Pekín nueve años después de su última visita, pero no lo hace solo. Lo acompaña una comitiva de 16 altos ejecutivos: Tim Cook, de Apple; Elon Musk, de Tesla y SpaceX; Larry Fink, de BlackRock; representantes de Meta, Visa, JP Morgan y Boeing. No es diplomacia. Es capitalismo con pasaporte oficial. Cuando el poder político se sienta a negociar, el capital ya está dentro de la sala tomando medidas para la alfombra.
La ausencia más llamativa es Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia, que lleva tiempo presionando a Washington y Pekín para rebajar las restricciones tecnológicas. La ausencia dice casi tanto como las presencias. Porque esta cumbre no va solo de aranceles. Va de semiconductores, de inteligencia artificial, de tierras raras, de fábricas, de aviones, de control industrial y de quién manda en el siglo XXI. Lo demás es decorado.
Trump, que se permite insultar o humillar a dirigentes aliados como Friedrich Merz o Pedro Sánchez, eligió ayer un tono dulce para hablar de Xi Jinping desde el Despacho Oval. Dijo que tiene una relación “muy buena” con él, que tiene “muchas ganas” del viaje y que Estados Unidos está ganando “mucho dinero” con China. La escena es conocida. Con los débiles, matonismo. Con quien tiene poder real, cortesía. Así funciona el trumpismo: grita hacia abajo y sonríe hacia arriba.
Según Bloomberg, Xi podría aprovechar la fragilidad de Trump para cerrar un acuerdo de enorme calado: una inversión china de un billón de dólares en Estados Unidos, sobre todo mediante fábricas en suelo estadounidense, más compras masivas de productos norteamericanos, incluidos cientos de aviones Boeing, a cambio de una nueva reducción de aranceles. Trump lo vendería como victoria. Claro. También vendería un incendio como calefacción si le pusieran una bandera detrás.
El problema es que una operación así no corrige el desequilibrio comercial. Lo maquilla. China compra tiempo, influencia y margen. Estados Unidos obtiene titulares. Trump obtiene relato. Y las y los trabajadores, como siempre, reciben el envase vacío: promesas de empleo, promesas de soberanía, promesas de grandeza industrial mientras las decisiones reales las negocian presidentes, fondos de inversión y corporaciones que no han sido elegidas por nadie.
ARANCELES, ORMUZ Y EL PRECIO DE LA PROPAGANDA
El llamado “día de la liberación”, el 2 de abril de 2025, fue otra de esas fanfarrias trumpistas pensadas para televisión. Trump elevó los aranceles a las importaciones chinas en un 34%. China respondió con aranceles recíprocos y restricciones a minerales críticos. Entonces Trump escaló hasta un 145%, una cifra tan brutal como torpe, amparándose en el déficit comercial y en la cadena de suministros del fentanilo. Resultado: empresas estadounidenses paralizadas, tensión global y una tregua de un año pactada en noviembre tras el encuentro con Xi en Busan, Corea del Sur, al margen de la APEC.
Luego llegó el golpe judicial. El 20 de febrero, el Tribunal Supremo de Estados Unidos anuló los aranceles “recíprocos” impuestos bajo emergencia nacional a la mayoría de países del mundo. Desde entonces, el tipo quedó en torno al 34%, y en torno al 31% para importaciones chinas de productos estadounidenses. Es decir: Trump incendió la casa, llamó traidores a quienes avisaban del humo y ahora viaja a Pekín para presumir de haber salvado algunos muebles.
China, mientras tanto, juega con mejores cartas en sectores decisivos. Pekín conserva un dominio casi total sobre la producción de tierras raras y minerales críticos, sin los cuales la industria tecnológica estadounidense no funciona. Ni coches eléctricos. Ni defensa. Ni inteligencia artificial. Según estudios citados por el Financial Times, los modelos chinos de IA estarían a solo seis meses de sus competidores estadounidenses. Se acabó el cuento del imperio invulnerable. La hegemonía también caduca.
Las cifras comerciales explican el fondo del asunto. China vendió el año pasado a Estados Unidos productos por 308.400 millones de dólares, mientras importó solo 106.300 millones. Washington sigue siendo la primera economía del mundo, sí. Pero Pekín ha reducido dependencia, ha buscado inversiones en África, Latinoamérica y Europa, y se presenta ahora como defensora del libre mercado frente al proteccionismo errático de Trump. Tiene ironía. Mucha. El capitalismo estadounidense creó la globalización y ahora llora porque otro aprendió a usarla mejor.
La guerra de Irán será el otro gran asunto. El cierre efectivo del estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra pasaba una quinta parte del petróleo mundial, amenaza la economía china y desnuda el desastre estratégico de Washington. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, pidió la semana pasada a China que “intensifique” su presión diplomática sobre Irán para reabrir el paso. Traducción: Estados Unidos provoca el incendio y luego pide a China que traiga el cubo de agua.
Pekín podría usar esa necesidad como moneda de cambio en Taiwán. Y ahí la cosa se vuelve todavía más turbia. Trump ha rebajado las expectativas de defensa estadounidense de la isla, que concentra más del 90% de la fabricación mundial de semiconductores avanzados. En su visión aislacionista, Taiwán deja de ser aliado estratégico y pasa a ser competidor económico. Ayer, el propio Trump admitió que Xi querrá hablar de venta de armas y se mostró dispuesto a tratarlo. Poco después, el Departamento de Estado bloqueó un paquete de armamento para Taiwán valorado en 11.000 millones de dólares.
Así se escribe la política exterior de las grandes potencias: pueblos convertidos en fichas, islas convertidas en moneda, guerras convertidas en presión comercial y ejecutivos convertidos en ministros sin cartera. Trump busca una victoria en Pekín porque no la tiene en Teherán, no la tiene en Ormuz y no la tiene en casa. Cuando un presidente necesita que BlackRock, Tesla, Apple y Boeing le hagan de decorado diplomático, la derrota ya ha entrado por la puerta principal.
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