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Robert Prevost, primer pontífice estadounidense, carga con el legado de Francisco, las heridas de los abusos y una Iglesia fracturada
Robert Francis Prevost nació en Chicago en 1955. Hijo de una familia católica blanca de clase media, creció en una Iglesia moldeada por el Concilio Vaticano II, pero también marcada por la reacción conservadora que vino después. Se ordenó sacerdote agustino en 1982, y en 1985 fue enviado a Perú, donde pasaría casi cuatro décadas. Allí construyó su perfil de “pastor latinoamericanizado”: vivió en barrios populares, dirigió seminarios y fue nombrado obispo de Chiclayo, una diócesis que conoce de cerca la pobreza estructural y la violencia.
Su elección como Papa León XIV —el 8 de mayo de 2025— no fue solo una victoria del bloque progresista, sino también una jugada estratégica del ala reformista: un pontífice que representa el sur global sin ser ajeno a las lógicas del poder vaticano ni a las intrigas geopolíticas del norte. Habla inglés y español. Conoce el funcionamiento de Washington y la fragilidad de las periferias. Y no le tiembla la voz para criticar a Donald Trump, con quien choca frontalmente por su política migratoria y su apropiación del cristianismo como arma ideológica.
Prevost no es un outsider, pero tampoco un burócrata puro. En 2023 fue nombrado prefecto del Dicasterio para los Obispos por el papa Francisco, lo que le colocó en el centro neurálgico de la reforma eclesial. Desde allí, fue responsable de nombramientos clave: obispos cercanos a los pobres, defensores de la sinodalidad, con una mirada misericordiosa sobre la moral sexual. Su nombramiento fue leído como un espaldarazo directo del propio Bergoglio, que lo elevó a cardenal en abril de ese mismo año.
Pero ser reformista en el Vaticano no es un título de nobleza: es una condena a la guerra sucia.
LAS SOMBRAS QUE ARRASTRA
Desde que sonó su nombre como papable, la máquina del fango se activó. Varios medios, incluidos The Pillar y portales católicos ultraconservadores, comenzaron a airear acusaciones de encubrimiento de abusos sexuales ocurridos en Perú en 2004. El caso gira en torno a tres hermanas que denunciaron tocamientos por parte de un sacerdote, entonces en la jurisdicción de Prevost. Según las acusaciones, el ahora papa trasladó al acusado sin iniciar una investigación canónica formal y habría permitido represalias contra personas que defendieron a las víctimas.
Sin embargo, como ha recordado el periodista Antonio Maestre, estas acusaciones provienen directamente del entorno del Sodalicio de Vida Cristiana, una organización ultracatólica peruana disuelta de facto por el Vaticano por su historial criminal de abusos. Su líder, Luis Fernando Figari, fue expulsado de la Iglesia y el grupo quedó bajo vigilancia pontificia.
Según Maestre, el Sodalicio inició una campaña de represalias y desprestigio contra clérigos reformistas y cercanos al Papa Francisco, entre ellos Robert Prevost. Los “sodalites” se consideran “soldados contra la izquierda” y han construido redes mediáticas e institucionales para sabotear los cambios en la Iglesia, especialmente los que empujan hacia una estructura más democrática, despatriarcalizada y centrada en las periferias.

A día de hoy, no existe ninguna sentencia ni investigación independiente que confirme esas acusaciones contra Prevost. La falta de transparencia vaticana, sin embargo, deja abiertas heridas que solo una auditoría externa y pública podría cerrar.
ENTRE EL FUEGO TRUMPISTA Y LA CRISIS MORAL DE LA IGLESIA
La elección de un papa estadounidense podría parecer un guiño a los sectores más influyentes del catolicismo global. Pero Prevost no es un papa para Wall Street. En 2019 criticó duramente las políticas de deportación de la administración Trump. En 2021 cuestionó públicamente a J.D. Vance, actual vicepresidente estadounidense, por unas declaraciones que jerarquizaban el amor al prójimo según criterios nacionalistas. “Jesús no nos enseñó a clasificar a quién amar”, escribió (Cadena SER).
Su visión política está en línea con el magisterio de Francisco, especialmente en lo que respecta a los migrantes, el cambio climático y la economía de exclusión. Pero también es conservador en temas de moral sexual. Se ha mostrado contrario a la ordenación de mujeres, defendiendo que el debate “no resuelve nada” y puede abrir una grieta eclesial. En su etapa peruana, criticó los contenidos escolares que incluían identidad de género, utilizando argumentos cercanos a la retórica ultracatólica.
Este perfil híbrido —progresista en lo social, conservador en lo doctrinal— puede ser su fuerza o su ruina. En un Vaticano dividido, ser de “centro” no es garantía de nada: puede acabar triturado por ambos bandos.
UN PAPA CON HERRAMIENTAS, PERO SIN RED
El riesgo de León XIV es caer en la tecnocracia. Fue superior general de los agustinos durante doce años (2001-2013), con experiencia en liderazgo global, gestión de conflictos internos y modernización de estructuras. Pero no tiene el carisma de Francisco ni la autoridad moral de un mártir. Su estilo es silencioso, metódico, nada efectista. Habla con tono plano y evita la confrontación directa. ¿Puede un papa sin fuego liderar una reforma en un mundo en llamas?
La Iglesia que hereda está herida: por los abusos, por el descrédito institucional, por la pérdida de fieles, por su rol ambiguo frente al fascismo, por su fracaso en dar voz a las mujeres, por su silencio cómplice en conflictos como Gaza o Ucrania. León XIV no puede esquivar estas grietas. O las enfrenta, o se hunde en ellas.
La sinodalidad —ese intento de democratizar la Iglesia sin romper su estructura vertical— necesita más que normas: necesita pasión, valentía, rupturas. Y aún no está claro si Prevost está dispuesto a cruzar ese umbral.
El primer papa estadounidense no ha llegado para complacer a nadie. Ni a Trump, ni a los rigoristas, ni a los progresistas ingenuos. Ha llegado con cuentas pendientes, heridas abiertas y un campo minado por delante.
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Interesante nota.
Solo observo como erronea la afirmación que la iglesia no se haya pronunciado en conflictos bélicos, como Ucrania y Gaza. Especialmente en el caso de Gaza, Francisco ha intervenido frontalmente; la indicación de entregar el Papa móvil a Gaza para ser usado como ambulancia, es más que una metáfora de ello.
Opino igual, sobre Gaza se ha pronunciado largamente Francidsco y estuvo en contacto permanente con la iglesia en Gaza
Opino igual, sobre Gaza se ha pronunciado largamente Francidsco y estuvo en contacto permanente con la iglesia en Gaza
Interesante, gracias