Boicot en marcha al Mundial 2026: alertan sobre viajar a EE.UU. por su deterioro en derechos humanos
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Más de 120 organizaciones denuncian detenciones, deportaciones y represión mientras FIFA mira hacia otro lado
El Mundial de fútbol de 2026, que arranca el 11 de junio en ciudades como Ciudad de México, Guadalajara, Los Ángeles o Toronto, ya no es solo un evento deportivo. Se está convirtiendo en otra cosa. Algo incómodo. Algo que empieza a oler a boicot, aunque nadie quiera decirlo en voz alta.
Más de 120 organizaciones de derechos civiles han dado un paso poco habitual: emitir una advertencia formal a quienes planeen viajar a Estados Unidos para asistir al torneo. No es una recomendación turística. Es un aviso político. Y es duro. El documento, impulsado por entidades como ACLU o Amnistía Internacional, describe un país donde el deterioro de derechos es ya una realidad palpable, no una exageración retórica. El texto completo puede leerse en este informe de advertencia para el Mundial 2026.
Lo dicen sin rodeos: quienes viajen podrían enfrentarse a denegaciones arbitrarias de entrada, detenciones, deportaciones e incluso trato degradante bajo custodia. No son escenarios hipotéticos. Son riesgos reales, recogidos con precisión en el documento.
Y ahí empieza el problema. Porque cuando asistir a un evento deportivo implica preparar un plan de emergencia, algo no está funcionando.
Un Mundial bajo sospecha
El torneo se disputará en 11 ciudades de Estados Unidos. Muchas de ellas ya han sido escenario de redadas, controles migratorios agresivos y operaciones policiales cuestionadas. No es nuevo. Pero ahora coincide con la mayor cita futbolística del planeta.
Las organizaciones advierten de un patrón claro. Personas migrantes, minorías raciales y comunidad LGTBIQ+ son las más expuestas. Lo han sido en los últimos años. Lo siguen siendo. Y, según denuncian, lo serán aún más durante el Mundial.
Entre los riesgos señalados aparecen prácticas que inquietan incluso a quienes no suelen preocuparse por estos temas: registros de dispositivos electrónicos, revisión de redes sociales, vigilancia reforzada, restricciones a la protesta. Todo bajo una lógica de seguridad que cada vez se parece menos a la protección y más al control.
El aviso incluye recomendaciones muy concretas. Tener contactos de emergencia. Proteger los dispositivos personales. Informar de los movimientos. Incluso descargar aplicaciones como ReadyNow para avisar en caso de detención. Medidas propias de contextos conflictivos. No de un evento deportivo global.
Y, sin embargo, ahí están.
FIFA, silencio y complicidad
La crítica no se queda en el gobierno estadounidense. También apunta directamente a FIFA. A su pasividad. A su comodidad.
Desde las organizaciones se denuncia la “ausencia de garantías reales” por parte del organismo futbolístico. Se le acusa de limitarse a declaraciones vacías mientras mantiene intacto el calendario del torneo. Sin cambios. Sin condiciones. Sin exigencias.
La frase es clara: se está poniendo en riesgo a millones de personas. Jugadores, periodistas, aficionados. No importa el perfil. Nadie está completamente fuera del radar.
El director del programa de derechos humanos de ACLU, Jamil Dakwar, lo resumió sin adornos: FIFA habla de derechos mientras se alinea con políticas que los vulneran. No es una contradicción menor. Es el núcleo del problema.
El descrédito no viene de ahora. La organización ya fue duramente criticada en diciembre de 2025 tras otorgar a Donald Trump un polémico “Premio de la Paz”. Aquello generó burlas internacionales. Pero también dejó una sensación persistente: FIFA no solo evita conflictos, también los normaliza.
Un contexto político explosivo
La advertencia llega en un momento especialmente tenso. Las políticas migratorias del gobierno estadounidense han endurecido el acceso al país, con restricciones que afectan a personas procedentes de 19 países del Sur Global. A esto se suman denuncias por detenciones masivas, deportaciones aceleradas y prácticas discriminatorias en frontera.
No son acusaciones aisladas. Se repiten. Se acumulan.
El propio informe menciona el riesgo de trato cruel, inhumano o degradante en centros de detención. Incluso la posibilidad de muerte bajo custodia. Son palabras graves. No se utilizan a la ligera.
Y mientras tanto, el Mundial sigue adelante. Sin cambios. Como si nada.
Incluso en el plano internacional, la tensión se cuela en el torneo. Irán, clasificada sin dificultad, ha denunciado intentos de excluirla de la competición. Su embajada en Italia ha calificado esas maniobras de “moralmente en quiebra”. Otro frente más. Otra grieta.
El fútbol como escenario geopolítico. No es nuevo. Pero esta vez es más evidente.
El boicot que no se nombra
Nadie ha lanzado oficialmente una campaña de boicot. No todavía. Pero el clima apunta en esa dirección. Las advertencias, las críticas, las tensiones diplomáticas… todo suma.
Es un boicot silencioso. Difuso. Que no necesita un eslogan para existir.
Cuando organizaciones de derechos humanos piden a periodistas y aficionados que extremen precauciones, cuando recomiendan prepararse para detenciones o vigilancia, el mensaje es claro. Aunque no se formule explícitamente.
El Mundial debía ser una fiesta global. Un punto de encuentro. Pero la realidad se ha colado por la puerta. Y no parece dispuesta a marcharse.
Porque hay momentos en los que el deporte deja de ser solo deporte. Este parece uno de ellos.
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