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Trump, Netanyahu y el delirio imperial: cuando la geopolítica vuelve a hablar de imperios
La historia no se repite, pero rima. Y en 2026, el eco que resuena es el de los imperios del siglo XIX disfrazados de estrategia de seguridad. La última pieza de este tablero la ha puesto el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, al presentar una visión bautizada como “Greater North America”, una idea que no esconde su ambición: extender la hegemonía de Estados Unidos desde Groenlandia hasta Guyana, pasando por el Canal de Panamá y el Golfo de México.
No es una metáfora. Es una hoja de ruta política. Y lo más inquietante es que llega en paralelo a otro proyecto que ya no es retórico, sino militar: el llamado “Gran Israel”, impulsado por sectores del gobierno de Benjamin Netanyahu, que aspiran a expandir su control territorial entre el Nilo y el Éufrates.
Ambos discursos comparten algo más que ambición territorial. Comparten lógica. Una lógica supremacista, colonial y profundamente violenta, que convierte la soberanía de los pueblos en una molestia a eliminar.
DEL DESTINO MANIFIESTO AL IMPERIALISMO 2.0
Lo que Hegseth ha puesto sobre la mesa no es nuevo. Es la actualización de una vieja doctrina: el “Destino Manifiesto”, esa idea que en el siglo XIX justificó la expansión de Estados Unidos como una misión divina. En 1848, esa ideología permitió la anexión de la mitad del territorio mexicano. Más tarde vendrían intervenciones en Cuba, Puerto Rico, República Dominicana o Haití, y el control del Canal de Panamá, construido a costa de miles de vidas.
Hoy, el lenguaje cambia, pero el fondo permanece. Hegseth habla de “perímetro de seguridad” y de “vecindario estratégico”, pero el mapa que dibuja no es defensivo, es expansivo. Convertir todo el hemisferio norte en zona de influencia directa de Washington implica, en la práctica, subordinar a países enteros bajo una lógica de control geopolítico.
La reacción no se ha hecho esperar. Desde el ámbito académico, voces como la del profesor Graeme Garrard han señalado que esto no es otra cosa que “Gran Estados Unidos”. Una amenaza directa a la soberanía de sus vecinos.
Y no es casual que esta narrativa resurja ahora. En un contexto de crisis climática, tensiones económicas y reconfiguración del poder global, las potencias vuelven a mirar el mapa como si fuera un tablero de conquista. Recursos, rutas comerciales y territorios vuelven a ser piezas codiciadas.
“GRAN ISRAEL”: EL PROYECTO QUE YA SE ESTÁ EJECUTANDO
Si el plan estadounidense genera alarma, el israelí ya está produciendo consecuencias devastadoras. La idea del “Gran Israel”, basada en interpretaciones bíblicas, ha pasado del discurso ideológico a la práctica militar. No es una teoría: es una política en marcha.
Las operaciones en Gaza, Cisjordania, Líbano o incluso Siria no pueden entenderse al margen de esta visión expansionista. Como documenta el análisis sobre cómo Israel replica en Líbano el modelo de Gaza con millones de personas desplazadas, el patrón es claro: destrucción sistemática, desplazamiento forzado y ocupación prolongada.
En paralelo, la comunidad internacional asiste con una mezcla de impotencia y complicidad. Netanyahu, reclamado por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra, sigue operando con el respaldo de sus aliados occidentales. El derecho internacional se convierte en papel mojado cuando choca con intereses estratégicos.
La comparación entre ambos proyectos no es casual. Como advierte la profesora Julia Steinberger, lo que estamos viendo es la convergencia de dos visiones imperiales que se retroalimentan. Mientras Israel expande su control en Oriente Medio, Estados Unidos proyecta su hegemonía sobre América.
Y en ambos casos, el discurso es similar: seguridad, civilización, valores. Palabras que históricamente han servido para justificar invasiones, ocupaciones y violencias estructurales.
Frente a este escenario, la pregunta no es si estos proyectos son peligrosos. Lo son. La pregunta es por qué siguen siendo posibles. La respuesta apunta a una arquitectura internacional incapaz de frenar a las grandes potencias y a una narrativa mediática que normaliza lo que debería ser inadmisible.
Porque mientras se habla de mapas estratégicos y fronteras ampliadas, lo que hay detrás son vidas humanas. Territorios arrasados. Poblaciones desplazadas. Y una idea persistente: que hay pueblos cuya existencia es negociable.
La única incógnita es cuánto más se va a tolerar antes de asumir que esto no es geopolítica, es colonialismo sin disimulo, y que detenerlo no es una opción moral, sino una urgencia histórica, como plantea el debate sobre la posibilidad real de frenar a Trump y Netanyahu.
Porque cuando los imperios vuelven a hablar, lo hacen siempre con el mismo lenguaje: el de la conquista, la imposición y el desprecio por la vida.
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