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De la viralidad a la organización real o cómo evitar que la política se quede en un vídeo bonito
El entusiasmo generado por la campaña de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York ha provocado una reacción casi pavloviana en el ecosistema de la consultoría política. De pronto, medio país ha descubierto los vídeos cortos, las entrevistas a pie de calle y los colores bien elegidos. Como si todo eso fuera nuevo. Como si bastara con copiar una estética para reproducir un resultado. La pregunta no es si el estilo funciona. La pregunta es si hay algo detrás.
Desde junio de 2025 han proliferado candidaturas que imitan la forma pero no el fondo. Buen ritmo, mensajes ensayados, cámaras en movimiento. Pero la campaña de Mamdani no fue un ejercicio de branding vacío. Durante un año completo, puso en el centro la vida material de las clases trabajadoras neoyorquinas y consiguió algo mucho más difícil que un buen engagement: movilizar a decenas de miles de personas para trabajar, organizarse y sostener un proyecto político.
Mamdani utilizó sus vídeos para convertir las elecciones en un referéndum sobre la asequibilidad de la ciudad. Pero la clave no fue la viralidad. La clave fue transformar visualizaciones en estructura, “likes” en llamadas, y seguidores en militantes. Ahí es donde la mayoría de imitaciones fracasan.
LA MAQUINARIA DIGITAL QUE NO SE VE
Reducir el “efecto Mamdani” a TikTok es una forma cómoda de no aprender nada. La destreza digital del nuevo alcalde permitió sortear a los medios tradicionales, sí. Pero lo decisivo ocurrió fuera del foco. Infraestructura, bases de datos, seguimiento y organización clásica adaptada a escala digital.
La campaña recopiló correos electrónicos y teléfonos de manera sistemática, combinando donaciones, web y puerta a puerta. Pero también introdujo una innovación clave: integrar directamente Instagram y Facebook con su base de datos interna, sin obligar a salir de la plataforma. A través de Manychat, una herramienta habitual del marketing comercial, los mensajes de Mamdani activaban respuestas automáticas. Un comentario con una palabra clave abría una conversación privada. De ahí, al registro.
Las cifras son claras y conviene no maquillarlas. En los dos últimos meses de campaña se incorporaron 10.000 nuevos contactos. El coste total fue de 318 dólares. En conjunto, más de 144.000 mensajes automáticos generaron 45.000 clics hacia acciones concretas: voluntariado, donaciones, registro de votantes. Esto no es magia digital. Es organización bien pensada.
Buena parte de esos contactos pertenecían a la Generación Z, un segmento que los partidos tradicionales no saben cómo abordar sin caer en la caricatura. Aquí no hubo paternalismo ni consignas huecas. Hubo una llamada clara a implicarse en problemas reales.
DEL GOBIERNO AL CONFLICTO
Tras la victoria, uno de los movimientos más relevantes fue la creación de Our Time, una organización que agrupa a voluntarias y voluntarios, donantes y simpatizantes. Compuesta por activistas del ecosistema organizativo neoyorquino y militantes de Democratic Socialists of America, su función es evidente: mantener la presión política una vez terminado el ciclo electoral.
Antes incluso de que Mamdani asumiera formalmente la alcaldía en diciembre de 2025, Our Time ya estaba llamando a puertas en los cinco distritos para defender una subida de impuestos a las rentas altas destinada a financiar cuidados infantiles. Gobernar no desmovilizando, sino organizando más.
El reto no es menor. Mamdani entra en la Gracie Mansion enfrentándose a un establishment pro-empresa, a un cuerpo policial con historial de indisciplina política, a una administración Donald Trump dispuesta a asfixiar financieramente a la ciudad y a unos medios mainstream abiertamente hostiles. En ese contexto, la comunicación directa con su base no es un complemento, es una herramienta de defensa.
La historia reciente ofrece advertencias claras. Tras la victoria de Barack Obama, su organización de dos millones de voluntarias y voluntarios fue disuelta y absorbida por el Partido Demócrata. La energía se evaporó. La política volvió a los despachos. El resultado fue una década de frustración y retroceso.
Mamdani parece haber tomado nota. Our Time opera como organización 501(c)(4), con mayor flexibilidad para recaudar y gastar fondos que un PAC. Según David Duhalde, exdirector político de Our Revolution, este modelo se ha convertido en el estándar ante la parálisis de la legislación sobre financiación política. No es un detalle técnico. Es una elección estratégica.
Las listas heredadas de la campaña permiten una capacidad de respuesta inédita. Mensajes segmentados, geolocalizados y casi inmediatos para presionar al Consejo Municipal, a la Asamblea Estatal o al Congreso federal. En minutos, miles de personas pueden ser activadas para llamar, acudir o protestar. La política institucional no está acostumbrada a esto.
Cinco años después del ciclo de Bernie Sanders, el triunfo de Mamdani es la victoria electoral más significativa de la izquierda demócrata desde 2020. Como entonces, el mensaje fue simple y material. Asequibilidad, redistribución, vida digna. La diferencia es que ahora la infraestructura existe para sostener el conflicto.
Como recordaba Rudi Dutschke, toda transformación real exige una larga marcha a través de las instituciones. No hay algoritmo que sustituya a un proyecto político ni viralidad que reemplace a la organización de base. Y eso, precisamente, es lo que el efecto Mamdani pone sobre la mesa.
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