05 Feb 2026

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El ruido populista contra Broncano, ‘La Revuelta’ y la televisión pública
DESTACADA, POLÍTICA ESTATAL

El ruido populista contra Broncano, ‘La Revuelta’ y la televisión pública 

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El objetivo real no es Broncano ni su programa. Es erosionar la legitimidad de la televisión pública.

La renovación de La Revuelta por parte de RTVE para dos temporadas más (2026-2027 y 2027-2028) ha activado un viejo reflejo: el de convertir cualquier inversión en televisión pública en un escándalo moral. El dato, repetido sin contexto y con mala fe, es 31,5 millones de euros por 320 programas. A partir de ahí, el populismo hace el resto. Se habla de sueldos obscenos, de dinero robado a la sanidad y a la educación, de despilfarro ideológico. Todo falso o deliberadamente distorsionado.

Conviene empezar por lo básico. Un programa no es un presentador. Es una estructura laboral compleja que incluye guionistas, técnicas y técnicos, realizadoras y realizadores, personal de producción, iluminación, sonido, decoración, derechos musicales, alquileres, mantenimiento y un largo etcétera. Presentar el presupuesto global como si fuera el salario personal de David Broncano no es un error ingenuo: es una mentira funcional. Sirve para señalar, para generar odio y para alimentar la idea de que lo público es un pozo sin fondo gestionado por élites culturales.

El incremento presupuestario respecto a las dos primeras temporadas es de 3,5 millones de euros en total, es decir, 1,75 millones por temporada. En un contexto de inflación acumulada, subida de costes energéticos y aumento del IPC, no solo es razonable: es necesario si no se quiere precarizar a quienes sostienen el programa. Defender que ese ajuste es un “subidón salarial” para Broncano es una falacia interesada que oculta una realidad incómoda para ciertos discursos: la defensa del poder adquisitivo de las trabajadoras y los trabajadores también pasa por la cultura.

LOS NÚMEROS DESMIENTEN EL RELATO

Bajemos al detalle. 31,5 millones de euros para 320 programas arrojan un coste medio de 98.437 euros por episodio. En las temporadas anteriores, el coste medio fue de 87.975 euros. El aumento por programa es de 10.462 euros. No hay ningún salto desproporcionado. Hay un ajuste coherente con el contexto económico.

Ahora comparemos. El programa que ocupaba esa franja antes, 4 Estrellas, costaba 110.000 euros por capítulo, según datos publicados por Vertele. RTVE pagó 27 millones de euros por 259 episodios, además de menor duración. Es decir, La Revuelta es más barata y ofrece más contenido. Y si miramos al sector privado, el contraste es aún más claro: El Hormiguero tendría un coste aproximado de 125.000 euros por episodio. La indignación selectiva no es casual.

Tampoco es cierto que RTVE esté desangrando las arcas públicas. El presupuesto de la corporación está regulado por ley y no se modifica para producir o renovar un programa concreto. No se quita dinero a la sanidad ni a la educación porque no comparten partida presupuestaria. Además, estas competencias dependen mayoritariamente de las comunidades autónomas, un detalle que quienes agitan el bulo suelen olvidar.

En 2025, el propio presidente de RTVE, José Pablo López, explicó que la corporación costó 43 millones de euros menos al contribuyente, con una reducción del 28% en producción de programas y del 12% en gastos de explotación, mientras los gastos de personal subieron solo un 2,5%. Los datos desmontan el relato del despilfarro.

ATACAR LA CULTURA PARA DEBILITAR LO PÚBLICO

El tercer eje del ataque es ideológico. Se repite que RTVE “regala dinero” a productoras privadas. Otra media verdad. La coproducción con empresas externas es la norma en el entretenimiento televisivo, también en la pública. Lo fue con 4 Estrellas (Good Mood), Mapi (Mediacrest), TVEmos (Mediapro), Lo Siguiente (Secuoya) y lo es incluso con formatos históricos como Saber y Ganar, producido por Producciones Quart en Sant Cugat. Señalar solo a La Revuelta es una operación de desgaste, no un análisis serio del modelo audiovisual.

El objetivo real no es Broncano ni su programa. Es erosionar la legitimidad de la televisión pública. Presentarla como un lujo ideológico, como un capricho progresista, como un gasto superfluo frente a necesidades básicas. Es el mismo marco que se usa para justificar recortes, privatizaciones y precarización. Cuando se ataca la cultura, se ataca también el derecho a una información y un entretenimiento no subordinados al mercado.

Hay una incomodidad de fondo que no se dice en voz alta. La Revuelta funciona. Tiene audiencia, conecta con públicos jóvenes y no reproduce el tono reverencial del poder económico y mediático. Eso molesta más que cualquier cifra. Por eso se exageran números, se mezclan partidas y se compara de forma tramposa con hospitales o investigaciones científicas. No es ignorancia. Es una estrategia de ruido.

La televisión pública no está para gustar a todo el mundo, sino para garantizar pluralidad, empleo digno y acceso universal a la cultura. Y cada vez que alguien convierte un presupuesto ajustado y transparente en un arma arrojadiza, lo que está diciendo no es que quiera mejores servicios públicos, sino que prefiere menos público y más mercado, aunque no lo diga tan claro.

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