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La violencia racista del Estado ya no se dirige solo contra “los otros”. Ahora también asusta a quienes la vendieron como orden y patriotismo.
Durante años, el trumpismo fue una maquinaria perfectamente engrasada de odio útil. Sirvió para ganar elecciones, disciplinar a una base social enfurecida y convertir a las personas migrantes en chivos expiatorios permanentes. Quienes participaron en ese engranaje sabían lo que hacían. No fue ignorancia. Fue cálculo político. Hoy, algunas de esas mismas figuras empiezan a hablar. No porque hayan descubierto la dignidad humana, sino porque el monstruo ha empezado a morderles la mano.
La senadora republicana de Florida Ileana Garcia, cofundadora de Latinas for Trump y antigua alto cargo del Departamento de Seguridad Nacional, ha advertido de que la política migratoria de la Casa Blanca puede costarle al Partido Republicano las elecciones legislativas de 2026. Lo hace tras meses de redadas, detenciones arbitrarias y una escalada represiva que ya no se molesta en fingir legalidad. Lo hace, también, después de que agentes federales mataran a tiros en Minneapolis a Alex Pretti, un enfermero de UCI de 37 años, y el Gobierno intentara presentarlo como un “terrorista doméstico”.
Garcia lo ha calificado de “abhorrente”. La palabra llega tarde. El sistema que ahora le escandaliza fue el que ella ayudó a construir.
CUANDO EL RACISMO DE ESTADO DEJA DE SER TEÓRICO
El relato es conocido. Trump prometió muros, deportaciones y mano dura. Garcia lo apoyó. Abandonó su carrera en los medios en 2016 para poner rostro latino a una agenda abiertamente xenófoba. Trabajó en Washington, en el aparato que ejecuta las políticas migratorias. Aplaudió cierres de fronteras, criminalización del asilo y discursos que equiparaban migración con delincuencia. Nada de eso era ambiguo.
La diferencia ahora es que el miedo ha dejado de ser abstracto. Un agente preguntándole si era ciudadana estadounidense por hablar español en un aeropuerto. El temor de que su hijo pueda ser detenido “por su aspecto”. Vecinas y vecinos suplicándole ayuda para encontrar a familiares desaparecidos tras redadas del ICE. El racismo estructural deja de ser tolerable cuando se vuelve personal.
El asesinato de Pretti el 25 de enero de 2026 no es una excepción. Es la consecuencia lógica de una política que legitima la violencia estatal y criminaliza la protesta. La respuesta oficial fue inmediata y obscena. La Casa Blanca negó responsabilidades y culpó a dirigentes demócratas locales. La muerte, dijeron, se produjo por la “resistencia hostil” en Minnesota. La doctrina es clara: si el Estado mata, siempre es culpa de la víctima.
Garcia apunta a Stephen Miller como principal responsable. No se equivoca en el nombre, pero sí en el diagnóstico parcial. Miller no opera en el vacío. Ejecuta una estrategia avalada y sostenida por Donald Trump, que ha convertido la política migratoria en un laboratorio de autoritarismo. Redadas violentas. Personas sacadas de sus coches. Menores arrancados de sistemas de acogida. No es control fronterizo. Es terror administrativo.
EL CÁLCULO ELECTORAL DEL ARREPENTIMIENTO
El problema para el Partido Republicano no es moral. Es electoral. Florida empieza a mostrar grietas. En diciembre de 2025, Miami eligió a su primera alcaldesa demócrata en casi 30 años. Garcia lo interpreta como un castigo silencioso. Votantes republicanos que se quedaron en casa, avergonzados, incómodos, cansados de justificar lo injustificable. No es una rebelión ética. Es un repliegue por asco.
Garcia sabe de lo que habla. En 2020 ganó su escaño por apenas 32 votos. Hoy está en campaña y recibe amenazas de muerte desde que, en junio de 2025, calificó las deportaciones masivas de “inhumanas”. Aun así, insiste en que no tiene miedo a una primaria interna. Tiene miedo a que el Estado detenga a su hijo. Ese es el umbral real del despertar.
Sus críticas incluyen la deportación de personas cubanas con delitos no violentos tras décadas en EE. UU., y la persecución de venezolanas y venezolanos con permisos temporales. Familias destrozadas. Comunidades rotas. Todo para alimentar un relato de fuerza que ya ni siquiera promete prosperidad. Garcia también denuncia el “gaslighting” económico. La Casa Blanca dice que la economía va bien. Ella habla de cupones y de llegar justa a fin de mes. El neoliberalismo también se mide en la cesta de la compra.
El problema no es que algunas figuras republicanas empiecen a hablar. El problema es que lo hagan sin asumir responsabilidad. No fueron engañadas. Engañaron. Blanquearon el odio, lo tradujeron a eslóganes, lo envolvieron en banderas y lo vendieron como orden. Ahora descubren que el autoritarismo no distingue pasados leales.
El trumpismo no se ha radicalizado de repente. Está cumpliendo su programa. Y cuando quienes lo impulsaron empiezan a temerlo, no estamos ante una rectificación histórica, sino ante una advertencia tardía de hasta dónde llega el monstruo cuando nadie lo frena.
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