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La diplomacia global ha decidido que el petróleo pesa más que un periodista descuartizado.
EL NEGOCIO POR ENCIMA DE LA VERDAD
El asesinato de Jamal Khashoggi ocurrió hace siete años y aún no sabemos dónde están sus restos. Eso ya dice suficiente. Lo que ocurrió en aquel consulado de Estambul en octubre de 2018 fue un mensaje. Un periodista crítico, asfixiado y hecho pedazos en pleno suelo diplomático. Un crimen grabado, investigado por Naciones Unidas y atribuido directamente al príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán. Un crimen que debería haber marcado un antes y un después en las relaciones con Arabia Saudí. Pero lo que marcó fue otra cosa: la disposición del mundo a olvidar.
La relatora de la ONU Agnès Callamard vinculó a MBS con la operación. El Washington Post, propiedad entonces del hombre más rico del planeta, Jeff Bezos, lo denunció. Turquía filtró grabaciones. Los diplomáticos se escandalizaron durante exactamente lo que dura un ciclo de noticias. Luego, todo volvió a su cauce. La realpolitik es un detergente agresivo. Borra manchas de sangre con sorprendente eficacia.
Mientras, quienes defienden los derechos humanos en Oriente Próximo eran expulsadas, reprimidos o convertidas en moneda diplomática. La pela és la pela, el petróleo es el petróleo. Y los gobiernos del mundo decidieron no sacrificar ni una gota.
Hoy, el hombre que ordenó ese asesinato es recibido en cenas de gala en Washington, abrazado en cumbres internacionales y acompañado por estrellas del deporte que se sientan a su mesa como si no hubiese un periodista troceado bajo el mantel.
En 2025, la rehabilitación está completa.
El cadáver desaparecido de Khashoggi pesa menos que un barril de crudo.
LA OBSCENIDAD DE LOS PODEROSOS
El patrón es simple. Primero Putin, con su saludo efusivo a MBS en el G20 de Argentina dos meses después del crimen. Luego Trump, que evitó las fotos en público, pero siguió negociando en privado. Después Biden, que prometió convertir a Arabia Saudí en un paria y terminó viajando allí en julio de 2022. En Europa, Macron y Sánchez hicieron cola. Y España no solo hizo cola: se convirtió en el segundo mayor suministrador de armas de Arabia Saudí entre 2020 y 2024, con un 10 % de todas sus compras, según datos del SIPRI.
La secuencia es tan transparente que casi resulta insultante. Arabia Saudí compra armas. Arabia Saudí compra equipos de fútbol. Arabia Saudí compra voluntades. Y los gobiernos, tanto los de derechas como los de izquierdas, venden sin pestañear. A cambio, se visten de neutralidad moral.
Mientras tanto, Turquía, que al principio denunció todo, terminó en 2022 transfiriendo el caso a Arabia Saudí para aliviar su crisis. El Banco Central saudí inyectó capital. Todo quedó resuelto.
Así funciona el mundo: un periodista asesinado no compite con un acuerdo de intercambio de divisas.
En la cena reciente en Washington, con Trump, MBS, Elon Musk, Tim Cook, Gianni Infantino y Cristiano Ronaldo, quedó claro que la élite global ha abandonado incluso la necesidad de disimular. Ya no hay vergüenza. Ya no hay pudor. Solo un sistema de favores entre hombres poderosos que hace décadas dejó de rendir cuentas a alguien. Ni la CIA, que responsabilizó al príncipe heredero, ha logrado frenar este blanqueo diplomático.
Los vínculos entre el poder económico, político y deportivo están tan imbricados que cada foto es una pieza más en la estrategia saudí de convertir un régimen autoritario en un producto glamuroso. Desde la Fórmula 1 hasta el fútbol, todos posan junto al príncipe. Todos sonríen. Todos callan.
Porque callar sale rentable.
Quienes hablan son tildadas de insubordinadas. Quienes mueren, olvidados.
Y, aun así, quedan voces que resisten. Callamard escribió hace días que “nuestro silencio les vale mucho más que sus esperadas traiciones”. Y no es una advertencia cualquiera: es el recordatorio de que Khashoggi no fue solo un periodista asesinado. Fue un espejo roto que el mundo decidió no mirar más.
Un espejo que sigue ahí, cortando.
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