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Trump reactiva la maquinaria encubierta de Estados Unidos en América Latina, con el petróleo como telón de fondo y la CIA como vieja protagonista.
LA GUERRA DE LOS RECURSOS DISFRAZADA DE LUCHA ANTINARCO
La historia se repite con nuevos uniformes. Donald Trump ha autorizado operaciones terrestres encubiertas de la CIA dentro de Venezuela y un despliegue militar en el Caribe que ya alcanza 10.000 soldados estadounidenses, ocho buques de guerra y un submarino. La excusa, una vez más, es el narcotráfico. La realidad, una vez más, es el petróleo.
El argumento oficial de la Casa Blanca roza la farsa: “Maduro lidera un régimen ilegítimo que trafica drogas a Estados Unidos”, ha dicho la portavoz Karoline Leavitt. No hay pruebas de ello, pero sí hay imágenes satelitales de helicópteros de ataque MH-6 Little Bird y MH-60 Black Hawk volando a apenas 145 kilómetros de la costa venezolana y de un buque militar, el MV Ocean Trader, aproximándose a las aguas del país.
Mientras tanto, los medios estadounidenses hablan de “ejercicios de entrenamiento”, como si los fantasmas del pasado no gritaran desde la historia. En nombre de la democracia, Washington ya tumbó gobiernos, financió golpes y orquestó invasiones. Guatemala en 1954, Chile en 1973, Nicaragua en los 80. Y ahora, en 2025, Venezuela vuelve a ser el laboratorio de un guion demasiado conocido.
La guerra contra las drogas siempre acaba siendo una guerra contra los pueblos. Detrás de cada despliegue, hay un mapa de intereses energéticos. Venezuela sigue teniendo las mayores reservas de petróleo del planeta, y en pleno caos climático y financiero, Estados Unidos no puede permitirse perder el control sobre ellas.
El Comando Sur, con base principal en Puerto Rico, es el cerebro operativo. Allí se concentran aviones Osprey V-22, cazas F-35 y la logística necesaria para intervenir en todo el arco caribeño. El 13 de septiembre, marines estadounidenses desembarcaron en Ceiba (Puerto Rico), a menos de 1.000 kilómetros de Caracas. Desde allí pueden bombardear, infiltrar o espiar en cuestión de minutos.
Trump lo ha dicho sin disimulo: “Vamos a detenerlos por tierra”. Y cuando un presidente estadounidense pronuncia esas palabras, América Latina tiembla.
DE GUERRAS FRÍAS A GUERRAS TIBIAS: EL IMPERIO SIGUE AHÍ
La CIA no ha dejado de operar en América Latina. Solo ha cambiado el pretexto. Antes fue el comunismo, luego el terrorismo, hoy el narcotráfico. Mañana será la migración o la “influencia china”. El enemigo se adapta a la narrativa que conviene al Pentágono. Pero el patrón es idéntico: intervención, saqueo, desestabilización y propaganda.
El propio historial lo delata. En 1954, la CIA derrocó al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz por intentar nacionalizar la tierra en manos de la United Fruit Company. En 1964, apoyó el golpe contra João Goulart en Brasil. En 1973, financió el derrocamiento y asesinato de Salvador Allende en Chile. En los 80, armó a los contras para destruir la revolución sandinista en Nicaragua. Todo en nombre de la libertad. Todo al servicio del capital.
Hoy, los pretextos se reciclan con precisión quirúrgica. La narrativa del narcotráfico funciona como llave maestra: deshumaniza al enemigo, militariza el discurso y legitima cualquier acción. Veintisiete personas han muerto ya por ataques estadounidenses a presuntas narcolanchas, sin juicio, sin pruebas, sin nombres. Ejecuciones extrajudiciales disfrazadas de “conflicto armado”.
Trump busca rentabilidad política en el caos. Reaviva el patriotismo beligerante, alimenta el miedo y ofrece un enemigo externo que tape la crisis interna. El precio de esa teatralización son vidas humanas y soberanías enteras.
La economía estadounidense necesita guerras como quien necesita respiración asistida. Cada dron, cada misil, cada embarcación hundida genera contratos millonarios para Lockheed Martin, Raytheon o Northrop Grumman. La frontera venezolana es, ante todo, un negocio para el complejo militar-industrial.
Detrás de los discursos, hay petróleo, gas, coltán y oro. En 2024, Estados Unidos importó más de 130.000 barriles diarios de crudo venezolano a través de Chevron, pese a las sanciones “oficiales”. Washington compra lo que dice condenar. Y mientras habla de narcotráfico, protege los intereses de sus corporaciones energéticas.
En paralelo, la CIA reactiva sus redes en el Caribe. No lo hace por seguridad, sino por logística. La militarización de Puerto Rico y las Islas Vírgenes permite controlar no solo Venezuela, sino todo el eje Atlántico hacia África Occidental. Es la misma estrategia que usaron durante la Guerra Fría: bases, radares, satélites y marines a las puertas del Sur global.
Maduro ha respondido con una advertencia que suena a eco histórico: “No a los golpes de Estado dados por la CIA. América Latina los repudia”. Y tiene motivos. Ningún país latinoamericano ha salido indemne de las intervenciones estadounidenses. Detrás de cada promesa de libertad, llega la ruina, el miedo o la sangre.
El petróleo es la excusa eterna, la CIA el instrumento eterno y América Latina la herida eterna.
Trump, en su segundo mandato, ha logrado algo que parecía imposible: resucitar la política exterior más tóxica del siglo XX con el aplauso de Wall Street y el silencio cómplice de Europa. Washington no busca narcotraficantes. Busca obediencia. Y si para conseguirla tiene que inventar otra guerra, lo hará.
La nueva invasión no llega con tanques, sino con helicópteros sobre las plataformas petroleras. No llega con discursos anticomunistas, sino con hashtags patrióticos. Y no busca liberar a nadie: busca quedarse con lo que queda.
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