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La técnica del exterminio fragmentado: convertir el crimen masivo en tareas individuales para dormir la conciencia.
LA NORMALIZACIÓN DE LA TAREA: CÓMO SE FRAGMENTA EL ASESINATO
En una clase universitaria y en un cuartel la misma frase funciona como anestesia moral: si cada bombardeo persigue un objetivo militar concreto, entonces cada muerte puede explicarse y ninguna política necesita llamarse por su nombre. Esa operación lingüística, y el uso deliberado de protocolos tecnológicos y de inteligencia, han permitido que miles de muertes se presenten como “misiones” en lugar de delitos colectivos. Reducir vidas a objetivos es el primer paso para transformar la masacre en rutina administrativa. Esta es la tesis central que plantea Yuval Abraham en su pesquisa del 20 de octubre de 2025, donde recoge testimonios, documentos y ejemplos concretos del modo en que se justificaron ataques sobre viviendas, barrios y hospitales.
Los hechos documentados son toscos en su frialdad: autorización para matar hasta 20 civiles por un presunto militante de bajo rango, cifras mucho mayores cuando el blanco era “de alto valor”; ataques indiscriminados sobre bloques enteros cuando la inteligencia solo señalaba una posibilidad; ejecuciones con drones para “mantener vacías” zonas reclamadas por el ejército. No se trata de errores puntuales, sino de un cálculo operativo que convierte la eliminación de personas en un subproducto previsto y aceptado. Las investigaciones citadas por la demanda de Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia sirvieron para demostrar la plausibilidad de que estas prácticas pudieran encajar en la definición de genocidio recogida por la Convención de 1948.
IA, BUROCRACIA Y DESHUMANIZACIÓN: EL DERECHO COMO MÁSCARA
La inteligencia artificial y las bases de datos masivas han permitido que ese razonamiento se presente como “precisión”. Sistemas que cartografían edificios, asignan probabilidades y etiquetan “daños colaterales” ofrecen justificaciones técnicas para decisiones que, en otro contexto, serían claramente criminales. La tecnología se convierte así en una coartada: lo que era obligación de proteger —la distinción entre combatientes y civiles— se transforma en un instrumento para definir y acelerar el exterminio.
La maquinaria judicial y política del Estado responde con la misma estética: cada ataque es defendido como necesario, cada horror como lamentable pero justificado. Sin embargo, organismos internacionales no han mirado hacia otro lado. El 26 de enero de 2024 la CIJ emitió medidas provisionales en el caso presentado por Sudáfrica, instando a Israel a prevenir actos que pudieran constituir genocidio y a facilitar la entrada de ayuda humanitaria. En septiembre de 2025, una comisión independiente de la ONU concluyó que en la Franja de Gaza se habían cometido actos que encajan en la definición de genocidio, una constatación que añade carga probatoria a las denuncias y reclama responsabilidad.
La mezcla de motivos —venganza, seguridad, limpieza territorial— no es contradictoria: se retroalimentan. Líderes declararon sin ambages la intención de dejar a Gaza inhabitable para que sus habitantes no regresen; altos mandos hablaron de “vender caro” cada muerte israelí con la misma lógica de castigo colectivo. Ante esas palabras explícitas, la fragmentación táctica sirve tanto a quienes desean la expulsión como a quienes creen en una guerra “limpia” pero aceptan matar si un algoritmo lo decide. El resultado es una política que despoja a las personas de su dignidad y convierte la eliminación sistemática en una suma de excusas técnicas.
La deshumanización es la pieza central de este engranaje. Quien acepta que un edificio entero arda para “buscar un mando” ya no ve a las y los vecinos como sujetos sino como unidades estadísticas; quien autoriza la negación de alimentos y medicinas a 2 millones de personas asume, tácita o explícitamente, la posibilidad de una aniquilación por inanición. Esa lógica no necesita gritos ni arengas: funciona con formularios, órdenes y algoritmos.
Cuando el Estado, la academia y la tecnología se alinean para racionalizar la violencia, la responsabilidad se diluye y la comunidad internacional debe intervenir con la misma claridad con la que los perpetradores ocultan sus intenciones. Las pruebas acumuladas —desde testimonios de soldados hasta análisis de inteligencia y resoluciones internacionales— dibujan un patrón que no admite eufemismos.
Que la memoria del Holocausto sea invocada para justificar hoy la aniquilación de otro pueblo es, además de una barbarie moral, un síntoma: la cultura política que prometió “nunca más” ha sido pervertida hasta el punto de permitir que la víctima histórica se convierta en agente de una política de expulsión y exterminio. No es suficiente nombrar los hechos; es preciso señalar a quienes los planificaron y a quienes los ejecutaron bajo la apariencia de una misión.
No concluyo con consuelo ni con receta piadosa: cada objetivo abatido hoy dejó a una familia sin futuro y a un mundo un poco más frío; quien convierte la vida en datos ya no merece la neutralidad del silencio.
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