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El festival europeo se convierte en un campo de batalla político y moral
EUROVISIÓN YA NO ES UN JUEGO INOCENTE
RTVE se reúne hoy, 16 de septiembre, para decidir si España abandona Eurovisión en el caso de que Israel participe. Una reunión con 15 consejeros y consejeras —cinco del PSOE, cuatro del PP, dos de Sumar y el resto repartidos entre Junts, ERC, PNV y Podemos— definirá si España se convierte en el primer miembro del Big Five en dar un portazo a un festival que insiste en disfrazarse de neutralidad mientras financia y promueve espectáculos con olor a pólvora.
La presión internacional es evidente. Islandia, Irlanda, Países Bajos y Eslovenia ya han anunciado su boicot si Israel continúa. La televisión pública neerlandesa AVROTROS fue clara: no se puede hablar de unidad europea mientras se permite la participación de un Estado que mantiene un asedio contra la población civil de Gaza, restringe la libertad de prensa e instrumentaliza la música como herramienta de propaganda.
España está en el centro de este debate. El propio Gobierno ha tomado posición: Pedro Sánchez declaró que “ni Rusia ni Israel” deben competir internacionalmente mientras continúe la barbarie. Y Ernest Urtasun, ministro de Cultura, lo dijo con mayor crudeza: o Israel queda fuera, o España debe retirarse. La cuestión ya no es estética, es ética.
RTVE, que en abril envió una carta a la Unión Europea de Radiodifusión (UER) exigiendo abrir el debate, tiene hoy la oportunidad de decidir si se sitúa en el lado de la historia o en el de la complacencia.
DE LA VUELTA A EUROVISIÓN: EL BOICOT COMO HERRAMIENTA POLÍTICA
El festival no es un evento aislado. El boicot cultural se suma a la oleada de protestas que en los últimos días bloquearon la Vuelta Ciclista a España, donde la participación del equipo Israel Premier-Tech provocó la suspensión de la etapa final en Madrid pese al despliegue de más de 2.300 antidisturbios.
El poder popular ha marcado la agenda: el silencio ya no es una opción. La ciudadanía organizada, desde las calles de Olot hasta el centro de Madrid, ha mostrado que la cultura y el deporte no pueden blanquear un genocidio.
Eurovisión no es diferente. El año pasado la UER vetó la primera propuesta israelí, October Rain, por ser propaganda política tras el 7 de octubre de 2023. Aun así, permitió la canción Hurricane, que fue abucheada en directo en Viena mientras la representante Eden Golan era aislada por otros concursantes. La supuesta neutralidad del concurso es un fraude. Se vetó a Rusia por invadir Ucrania en 2022, pero se tolera a Israel pese a que la ONU y organismos internacionales lo acusan de crímenes de guerra.
En mayo de 2025, instantes antes de la final, RTVE emitió un mensaje silencioso en pantalla negra con letras blancas: “Frente a los derechos humanos, el silencio no es una opción. Paz y justicia para Palestina”. Ese gesto fue histórico. Hoy tiene la posibilidad de darle continuidad real.
La decisión de RTVE no es solo sobre Eurovisión, es sobre qué significa ser servicio público. Si RTVE sigue en el festival junto a Israel, habrá roto su propio mensaje. Si decide retirarse, será la primera televisión grande de Europa en plantar cara a la UER y a su cinismo institucional.
La pregunta es sencilla: ¿quiere España seguir cantando mientras Gaza arde?
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