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La ocupación de Gaza avanza mientras el mundo observa en silencio cómplice.
LA OFENSIVA COMO RUTINA DESTRUCTIVA
La madrugada del 16 de septiembre de 2025, el Ejército israelí lanzó una ofensiva terrestre para ocupar la Ciudad de Gaza. No es un hecho aislado, es un eslabón más de un plan sostenido. Tras horas de bombardeos, los tanques avanzaron por las calles estrechas, convertidas en ruinas, decididos a invadir lo poco que quedaba en pie. Los ataques no cesan: se acumulan las columnas de humo, los cadáveres y las familias destrozadas.
Según la Defensa Civil palestina, los bombardeos alcanzaron un complejo residencial cerca de la plaza Al-Shawa, donde decenas de personas quedaron atrapadas bajo los escombros. Se habló de masacre, porque lo es. A la población se le ordena huir, pero no hay dónde ir. Rafah se ha convertido en un embudo humano donde miles de cuerpos se amontonan en condiciones inhumanas.
Israel presume de haber expulsado ya a más de 250.000 personas de Ciudad de Gaza. Lo llama evacuación, pero el Derecho Internacional lo llama crimen de guerra. El desplazamiento forzoso, la destrucción planificada de viviendas, escuelas y hospitales —más de 1.500 edificios residenciales en un mes— y el asesinato sistemático de civiles constituyen la definición misma de genocidio.
La ONU estima que casi 65.000 personas han muerto en dos años de ofensiva, la mayoría mujeres y niños, aunque la cifra real podría ser hasta diez veces superior. Eso implicaría que más de una cuarta parte de la población total de Gaza ya habría sido exterminada. Mientras tanto, la torre Ghafri, de 18 pisos y 60 apartamentos, símbolo de lo poco que quedaba en pie, fue reducida a polvo horas antes de la invasión terrestre.
LA CÁSCARA DE LA DIPLOMACIA Y EL NEGOCIO DE LA GUERRA
Los familiares de los rehenes en manos de Hamás se manifestaron en Jerusalén, desesperados, convencidos de que solo el fin de la guerra podría salvar a sus seres queridos. Sus gritos chocan con la sordera política de un Gobierno que usa su dolor como coartada. La milicia palestina respondió lo obvio: la vida de esos prisioneros depende de Netanyahu.
En paralelo, el primer ministro escenifica poder y arrogancia junto a Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos. El guion es viejo: la foto de la alianza inquebrantable, el desprecio a los “gobiernos débiles” que piden el alto el fuego, la retórica de la eliminación total de Hamás como única salida.
Washington y Tel Aviv venden su estrategia como una cruzada necesaria. Hablan de seguridad, de liberación de rehenes, de paz a través de la destrucción. Pero el negocio es otro: contratos militares, influencia geopolítica, poder sobre los recursos y control regional. La guerra no es un error, es un modelo.
El mundo mira hacia otro lado, se indigna un rato y vuelve a las portadas de siempre. Las cifras de muertos se convierten en estadísticas repetidas, despojadas de rostros, mientras el sur de Gaza se convierte en un campo de concentración a cielo abierto y la Ciudad de Gaza es borrada del mapa.
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