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La purga continúa: el PP se radicaliza, arrincona a los perfiles moderados y blinda a Tellado, Ayuso y los suyos
RELEVO CONTROLADO PARA NO PERDER EL CONTROL
La noticia no es que Cuca Gamarra haya pedido dejar la secretaría general del Partido Popular. La noticia es que lo hace antes de que la echen. Y lo sabe. Gamarra ha querido vestirse de dignidad con una frase grandilocuente sobre servir al partido, como si no supiera que lleva meses sentenciada. Lo que ocurre en el PP no es una transición ordenada. Es una purga. Una más. Un reordenamiento interno que huele a miedo, a sumisión y a entrega sin matices al núcleo de poder ultra que realmente manda.
Porque lo cierto es que Gamarra llevaba tiempo amortizada. Su perfil, más institucional y parlamentario, hace tiempo que chocaba con el giro cada vez más trumpista de Feijóo. La consigna de Génova es clara: más ruido, más polarización, más bulos. Y para eso no valen quienes intentan aparentar rigor o respeto institucional. La actual dirección del PP ha decidido que el camino hacia La Moncloa se pavimenta con insultos, denuncias falsas, desinformación y portadas de OkDiario.
Mientras tanto, Gamarra será aparcada en una cartera sin poder real: Justicia, Defensa y Política Constitucional. Una triple etiqueta con aroma ministerial para esconder un descenso fulminante. Esa responsabilidad la ocupaba hasta ahora Esteban González Pons, otro moderado de manual que también ha sido degradado. No hace falta leer entre líneas: los tibios se van al rincón, los duros se quedan en el foco. El PP ya no es un partido conservador clásico. Es una maquinaria de agitación al servicio del bulo.
TELLADO SUBE, AYUSO MANDA, FEIJÓO SE RINDE
Los movimientos no son casuales. El Congreso Nacional del PP que se celebrará este fin de semana será la consolidación de un golpe interno lento, sostenido y efectivo. El que ha permitido a Miguel Tellado —el rostro del insulto diario en el Congreso— escalar hasta convertirse en la voz oficial del partido. El que ha dejado a Isabel Díaz Ayuso como la verdadera referente ideológica de la derecha española. Y el que ha transformado a Feijóo en el líder formal de un partido que ya no lidera.
Porque no nos engañemos: el PP de hoy responde más a los intereses de Ayuso, Aznar y los grandes fondos que la sostienen que al discurso que vendía Feijóo cuando llegó desde Galicia. El centrismo de escaparate ha sido sustituido por la agitación permanente, el negacionismo climático, el antisanchismo conspiranoico y el abrazo constante a Vox. Las consecuencias no se han hecho esperar: la pérdida del centro político, el aislamiento europeo y la dependencia de los ultras para cualquier gobierno. Pero eso parece importar poco.
Gamarra fue útil para reconstruir el partido tras la guerra Casado-Ayuso. Ya no lo es. Ahora molesta. Su papel como figura de consenso entre facciones queda en el pasado. El nuevo PP no quiere consensos, quiere guerras culturales. Y el peón que no sirve, se sacrifica.
En lugar de renovar liderazgos con sentido estratégico, el PP se refugia en el ruido. Quiere parecer más vivo a base de gritar más fuerte. Y para eso necesita portavoces beligerantes, dispuestos a ir al barro con tal de sostener el relato. Mientras la ultraderecha marca la agenda, el PP se adapta encantado. La moderación ya no se premia. Se castiga.
El Partido Popular no está mutando, está renunciando. Y cuando se renuncia al alma por unos votos más, ya solo queda la máscara.
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