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El capital llora por falta de manos mientras corta cabezas
EL FANTASMA DE LA ESCASEZ QUE INVENTARON QUIENES DESPIDEN
En las juntas directivas de Silicon Valley y en los platós de CNBC, se repite un mantra: “Faltan trabajadores”. Lo entonan los mismos que acaban de firmar miles de despidos. Según la firma Challenger, Gray & Christmas, en solo los primeros cuatro meses de 2025, más de 257.000 personas han sido despedidas en EE.UU., con Amazon, Meta, Google y Morgan Stanley entre las empresas más entusiastas del tijeretazo. Pero no hay contradicción, dicen. Solo mercado. Solo eficiencia. Solo codicia sin disfraz.
El discurso de la escasez de mano de obra es una campaña de relaciones públicas para abaratar sueldos, automatizar sin culpa y culpabilizar al trabajador que exige derechos. No se busca mano de obra, se busca sumisión laboral. No faltan trabajadoras ni trabajadores: faltan cuerpos baratos que acepten condiciones peores. Por eso la paradoja no lo es tanto. Las empresas no están desesperadas por contratar. Están desesperadas por disciplinar.
El maremoto demográfico que anuncian los expertos, como Aarón Terrazas en su análisis para Business Insider, existe: la jubilación masiva de la generación del baby boom ya es una realidad. Cada día, unas 10.000 personas se retiran solo en EE.UU.. Pero lo que aterra al capital no es la escasez en sí, sino la pérdida de su reserva de obediencia.
Porque mientras se habla de escasez de personal en enfermería, educación o transporte, no se suben sueldos, no se ofrecen contratos estables, no se garantizan condiciones dignas. Se deja pudrir el sistema para después privatizarlo a precio de ganga. No es una emergencia. Es una estrategia.
TECNOLOGÍA, DESPIDOS Y LA NUEVA LITURGIA DE LA INUTILIDAD HUMANA
En 2024, Elon Musk despidió al 75% de la plantilla de X (antes Twitter). En 2025, lo mismo se repite en Tesla y en SpaceX. Mark Zuckerberg lo llamó “el año de la eficiencia”, eufemismo con el que despidió a más de 20.000 personas. Pero si se preguntan a quién echan, la respuesta es clara: trabajadores cualificados, con experiencia, con derechos. El capital no quiere prescindir de seres humanos. Quiere prescindir de quienes saben decir que no.
Se despide a quien puede poner límites. Se contrata a quien se deja medir cada segundo con inteligencia artificial.
La paradoja es así grotesca: empresas con beneficios históricos actúan como si estuvieran en quiebra, mientras lloran por una supuesta “escasez de talento”. No es talento lo que falta. Falta miedo en las plantillas. Y eso no se tolera.
El discurso se adereza con titulares preocupantes: que si no habrá suficientes camioneros, que si la construcción no tiene relevo generacional, que si los jóvenes no quieren trabajar. Pero lo que no se dice es cuánto cobran esos oficios, qué precariedad arrastran, cuántos contratos basura esconden. Y cuando alguien decide no aceptar las reglas del juego, no se le llama “persona con criterio”. Se le llama “nini”.
En paralelo, el crecimiento de la automatización impone una amenaza latente: el trabajador que exige mucho será sustituido por un algoritmo que no pide descanso ni convenio. Pero esa promesa tiene truco: la IA no cubre todo, y el hueco que deja solo lo llena un ser humano desesperado.
El sistema no está roto. El sistema está funcionando como fue diseñado: para exprimir, dividir y reemplazar.
El capital no quiere más trabajadores. Quiere más esclavos sin nombre que sonrían mientras los despiden.
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