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La ciencia es un obstáculo para su agenda, y la solución que han encontrado es demonizarla.
En un discurso ante el Congreso el pasado 4 de marzo, Donald Trump volvió a desplegar su arsenal de falacias y exageraciones, esta vez apuntando a un supuesto despilfarro del gobierno de Joe Biden: «$8 millones para hacer ratones transgénero». La afirmación, diseñada para alimentar la maquinaria de la desinformación de la ultraderecha, no solo es falsa, sino que esconde una agenda mucho más peligrosa: la destrucción sistemática del conocimiento científico en favor de la guerra cultural.
El número, como muchos otros esgrimidos por Trump y su equipo, fue fabricado sin base real. La fuente de esta afirmación es el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), una iniciativa liderada por Elon Musk y su equipo de privatizadores neoliberales, cuyo objetivo parece ser desmantelar cualquier inversión pública bajo el pretexto de eliminar el «gasto innecesario». Lo que DOGE no menciona es que ha cometido errores grotescos en sus cálculos, como confundir contratos de $8 mil millones con contratos de $8 millones.
Pero, ¿qué hay detrás del bulo de los ratones transgénero? Es posible que en su intento por erradicar cualquier término asociado a diversidad, equidad e inclusión, el gobierno de Trump haya encontrado referencias a estudios con «ratones transgénicos» y haya decidido manipularlos para avivar su retórica anti-LGTBIQ+. La transgenia es una técnica ampliamente utilizada en investigaciones biomédicas, permitiendo desarrollar tratamientos para enfermedades humanas. Nada que ver con imponer una identidad de género a los ratones, como pretende hacer creer el discurso trumpista.
ATAQUE A LA CIENCIA Y RECORTE A LA SALUD PÚBLICA
El ataque de Trump no es solo un episodio más de su obsesión con la guerra cultural, sino una excusa para desmantelar la financiación de la ciencia en EE.UU. La página gubernamental que el equipo de Trump utilizó para «sustentar» su afirmación listaba una serie de investigaciones médicas financiadas por el gobierno de Biden, incluyendo:
- Más de $3 millones para estudiar cómo los mecanismos inflamatorios controlados por hormonas afectan al asma, una enfermedad con mayor prevalencia en mujeres debido al impacto del estrógeno.
- $1.2 millones para investigaciones con ratones transgénicos, que nada tienen que ver con la identidad de género, sino con el estudio de enfermedades.
- $2.5 millones para estudios de fertilidad, clave para entender problemas reproductivos tanto en hombres como en mujeres.
- $300,000 para investigar el cáncer de mama en personas transgénero que toman testosterona.
- $455,000 para analizar la respuesta inmune de ratones sometidos a terapia hormonal cruzada en el contexto del VIH.
Ni un solo centavo de estos estudios fue destinado a «hacer ratones transgénero», pero Trump y sus aliados decidieron manipular la información para atacar la investigación científica y recortar fondos esenciales para la salud pública.
El gobierno de Trump ya ha eliminado bases de datos que ayudaban a médicos a evaluar riesgos de VIH en mujeres embarazadas y ha censurado términos como «inequidad» e «inclusión» en documentos oficiales del IRS, mostrando que su cruzada no es solo contra el lenguaje, sino contra los derechos fundamentales y el progreso científico. La ciencia es un obstáculo para su agenda, y la solución que han encontrado es demonizarla.
Trump se jactó en su discurso de que podría «descubrir la cura para la enfermedad más devastadora» y que los demócratas no aplaudirían. Lo que no dijo es que con sus recortes y ataques a la investigación, esa cura quizá nunca llegue a existir.
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