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La marea humana desafió la lluvia y a los gobiernos cómplices para exigir el fin de la masacre y la entrada inmediata de ayuda humanitaria
LA MULTITUD QUE NI LA LLUVIA NI LA POLICÍA PUDIERON DETENER
El domingo 3 de agosto de 2025, 300.000 personas abarrotaron el puente de la bahía de Sídney. Bajo la lluvia, en un océano de paraguas y pancartas, exigieron el fin del genocidio en Gaza y denunciaron la complicidad internacional con Israel. En sus manos se leían mensajes que deberían avergonzar a cualquier dirigente occidental: «Stop Genocide», «Feed Gaza», «Let Aid In».
La protesta, convocada bajo el lema March for Humanity – Save Gaza, fue la mayor movilización en Australia desde el inicio del asedio israelí. Se sumaron acciones similares en Melbourne y otras ciudades, pero Sídney se convirtió en epicentro de la rabia y la solidaridad. «Es incluso más grande de lo que jamás imaginé», reconoció a The Guardian Australia Josh Lees, uno de los organizadores. «Es una marcha masiva por la humanidad para detener un genocidio. Nuestros políticos tienen que escuchar al pueblo y sancionar a Israel».
An estimated 300,000 people marched against Israel's war on Gaza in Sydney, according to organisers.
— Middle East Eye (@MiddleEastEye) August 3, 2025
This particular protest marked a significant win for pro-Palestine groups in Australia, as Supreme Court ruled in favour of the 'Palestine Action Group' pic.twitter.com/9DnCP7UoYj
Mientras las y los manifestantes avanzaban hacia una línea policial, Mohammad Sharab, otro de los organizadores, tomó el megáfono: «Están apuntando con sus armas contra quienes protestan pacíficamente. Vergüenza para la Policía de Victoria», dijo, llamando a la calma para evitar la represión que algunos medios ya estaban deseando narrar.
LA LEGITIMIDAD MORAL DE ISRAEL SE DESMORONA
Las imágenes de la movilización se multiplicaron en redes sociales y medios de todo el mundo. El mensaje es tan nítido que solo la ceguera política puede negarlo: Israel ha perdido a la mayoría de la humanidad, incluso en Occidente. Así lo afirmó Trita Parsi, vicepresidente ejecutivo del Quincy Institute, señalando la fractura de un consenso que durante décadas blindó las atrocidades contra el pueblo palestino. «Ningún nivel de intimidación, vigilancia o amenazas puede forzar a la mayoría de la humanidad a apoyar y defender el apartheid y el genocidio», declaró.
La etiqueta de «extremistas» que políticos y tertulianos australianos lanzan contra quienes piden un alto el fuego se ha convertido en un bumerán moral. El extremismo está en quienes justifican la masacre, el hambre y la limpieza étnica, no en quienes salen a la calle a exigir justicia. Sharab lo dijo sin rodeos: «Nos llaman extremistas y antisemitas por oponernos a un genocidio. Quienes lanzan esos insultos son los verdaderos extremistas».
La protesta australiana demuestra que la narrativa de Tel Aviv y sus socios —Washington, Londres, Bruselas, Canberra— se desmorona. Ni la propaganda, ni la censura, ni los millones invertidos en lobby pueden tapar las imágenes diarias de niñas y niños hambrientos, hospitales bombardeados y familias enterradas bajo los escombros.
El clamor de Sídney se suma a una cadena global de manifestaciones que recorre Londres, París, Nueva York, Ciudad de México y Madrid. La calle ha entendido lo que los despachos fingen no saber: Gaza es un crimen contra la humanidad retransmitido en directo. Y mientras los gobiernos miran hacia otro lado, las multitudes levantan la voz, cruzan puentes y ponen el cuerpo para que la historia no se escriba solo con sangre.
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