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El Gobierno vuelve a “exigir” explicaciones mientras Israel secuestra activistas en aguas internacionales, prolonga detenciones ilegales y se ríe públicamente de la diplomacia europea.
José Manuel Albares ha vuelto a convocar a la representante diplomática de Israel en Madrid. Otra vez. La segunda en pocos días. Otra “exigencia”. Otro comunicado solemne. Otra advertencia sin consecuencias. Mientras tanto, Israel mantiene retenido al activista hispano-palestino Saif Abukeshek, detenido tras el asalto militar contra la Global Sumud Flotilla en aguas internacionales cerca de Creta el 30 de abril. Y no solo eso: le ha ampliado la detención otros seis días, le acusa de colaborar con Hamás sin pruebas públicas y le empuja ahora a una huelga seca que puede acabar en tragedia.
La pregunta ya no es diplomática. La pregunta es política y moral. ¿Hasta cuándo va a seguir Europa tratando como un socio preferente a un Estado que actúa con una impunidad que jamás se toleraría a ningún otro país del planeta?
Porque aquí el Gobierno español reconoce algo gravísimo. Lo dice literalmente. El abordaje fue una “acción contraria al Derecho Internacional”. La detención es “ilegal”. Se exige una liberación “inmediata”. Bien. Perfecto. Entonces llega la parte incómoda: si un Estado secuestra civiles en aguas internacionales, ignora convenios internacionales y desoye las reclamaciones diplomáticas de otros países… ¿por qué se mantienen relaciones normales con él?
Ahí empieza el teatro.
DIPLOMACIA DE LOS GESTOS, COBARDÍA DE LAS CONSECUENCIAS
Albares compareció este 7 de mayo en el Congreso a petición de Sumar, ERC, EH Bildu, Podemos, BNG y Compromís. Explicó que habló con Gideon Saar, ministro de Exteriores israelí. Explicó que el cónsul español viajó hasta Ashkelon para asistir a Abukeshek durante las vistas judiciales. Explicó que se reunió con la mujer del activista en Madrid. Todo correcto. Todo muy institucional. Todo muy medido.
Y mientras tanto, Saif Abukeshek deja incluso de beber agua.
No estamos hablando de un incidente diplomático menor. No es una discusión comercial. No es un malentendido consular. Estamos hablando de la interceptación militar de embarcaciones civiles en aguas internacionales. Estamos hablando de activistas retenidos por un ejército extranjero tras participar en una misión humanitaria. Y estamos hablando de un Gobierno israelí que sabe perfectamente que Europa protestará un rato… y luego seguirá comprando, vendiendo, cooperando y mirando hacia otro lado.
Porque ese es el verdadero mensaje que recibe Netanyahu cada vez que Europa “condena” algo: podéis seguir.
Las palabras ya no impresionan a nadie. Israel lleva meses atravesando todas las líneas posibles. Bombardeos masivos sobre población civil. Bloqueo de ayuda humanitaria. Ataques contra personal sanitario, periodistas y cooperantes. Hambre utilizada como arma política. Colonización acelerada. Castigo colectivo televisado en directo. Y aun así, la Unión Europea sigue atrapada en esa retórica hueca de “preocupación profunda” mientras mantiene acuerdos comerciales, relaciones militares y cooperación estratégica.
Es grotesco.
España reconoce que se ha vulnerado el Derecho Internacional, pero la respuesta sigue siendo llamar al despacho de la embajada y “trasladar malestar”. Como si estuviéramos hablando de un conflicto protocolario en una recepción diplomática. Como si no hubiese personas encarceladas. Como si no hubiese cadáveres acumulándose cada día en Gaza.
Y luego aparece la derecha española para completar el cuadro.
EL CINISMO DEL PP Y LA MISERIA MORAL DE VOX
El Partido Popular acusó al Gobierno de “agitar la bandera palestina” por interés electoral. Hay algo particularmente obsceno en esa frase. Un ciudadano español detenido ilegalmente tras una operación militar en aguas internacionales. Una huelga seca. Una denuncia explícita de vulneración del Derecho Internacional. Y la preocupación del PP es si esto puede beneficiar electoralmente al Ejecutivo.
Ni una palabra dura contra Israel. Ni una exigencia clara. Ni una línea roja.
Solo cálculo.
Junts, al menos, intentó refugiarse en el comodín del “Derecho Internacional”. Vox ni siquiera fingió. Consideró la comparecencia una “pérdida de tiempo”. Esa es la diferencia. Unos maquillan la indiferencia con tecnicismos. Otros directamente celebran la brutalidad si la ejerce el aliado adecuado.
Mientras tanto, los socios parlamentarios del Gobierno sí reclamaron la liberación inmediata de Abukeshek y denunciaron la actuación israelí. Pero vuelve a aparecer el mismo muro. Declaraciones. Condenas. Comunicados. Mucha indignación parlamentaria y muy pocas consecuencias reales.
Porque romper relaciones diplomáticas no es una fantasía radical. Se ha hecho antes con otros Estados. Suspender acuerdos tampoco es imposible. Aplicar sanciones no es ciencia ficción. Lo que falta no es capacidad. Falta voluntad política. Y sobra miedo.
Miedo a Washington. Miedo al coste mediático. Miedo a enfrentarse al relato dominante durante décadas. Miedo a llamar las cosas por su nombre.
Así que seguimos atrapados en esta escena absurda donde gobiernos europeos reconocen violaciones del Derecho Internacional mientras continúan actuando como socios preferentes del responsable. Una especie de esquizofrenia diplomática donde se condena por la mañana y se normaliza por la tarde.
Y entre comunicado y comunicado, un activista detenido deja de beber agua mientras Europa sigue pidiendo “por favor”.
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