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Mientras Ayuso lo defiende como “periodista perseguido”, el PSOE le recuerda que trabaja para ella.
LA ULTRADERECHA ENTRA EN LAS AULAS CON RESPALDO POLÍTICO
Vito Quiles no representa al periodismo. Representa la manipulación organizada desde los despachos del poder conservador. Su autoproclamado “tour España combativa”, presentado en octubre como una gira de “periodismo crítico y comunicación política”, ha sido en realidad un experimento de agitación ultra con la bendición de Isabel Díaz Ayuso y el PP madrileño. Lo que Quiles ha encontrado en las universidades públicas, sin embargo, no ha sido admiración sino rechazo. Los estudiantes han respondido con protestas masivas, dejando claro que no quieren fascismo disfrazado de libertad de expresión.
En Pamplona, Valladolid, Sevilla y Madrid, su discurso ha provocado concentraciones espontáneas de estudiantes que denunciaron el intento de blanquear el odio bajo el paraguas del “debate”. El agitador tuvo que suspender durante una semana su gira, un golpe de realidad que desnudó la fragilidad del relato ultra: ni hay censura, ni persecución, hay resistencia democrática.
Pero Ayuso no podía permitir que uno de los suyos quedara en evidencia. En la Asamblea de Madrid, en plena sesión de control, la presidenta autonómica se apresuró a convertir a Quiles en mártir de la derecha mediática. Lo llamó “periodista perseguido”, comparó su exclusión de los campus con delitos violentos y llegó a acusar al PSOE y a Bildu de mirar hacia otro lado ante una violación. Un salto moral obsceno, que solo busca mezclar dolor y manipulación política en la misma frase.
Ayuso sabe que defender a Quiles no es defender la libertad de prensa, sino alimentar el odio como estrategia de comunicación. Sabe que convertir a un agitador en víctima le sirve para reforzar su relato de asedio: Madrid contra el Gobierno, la “libertad” contra la “censura”, la derecha contra “el pensamiento único”. El mismo teatro de siempre: fabricar una persecución imaginaria para esconder los abusos reales del poder.
CUANDO EL PERIODISMO SE PONE EL UNIFORME DEL PARTIDO
Tras las palabras de Ayuso, Quiles corrió a agradecerle el gesto. Lo hizo en su cuenta de X (antes Twitter), donde celebró el respaldo institucional con tono casi devoto: “La única líder política que me ha defendido frente a los ataques violentos de la extrema izquierda. Luego se preguntan por qué saca mayoría absoluta”. No hay disimulo. No hay distancia entre periodista y política. Quiles no informa, milita. No investiga, obedece.
El PSOE de Madrid respondió con un vídeo que desmonta toda su farsa. Recuperaron una publicación del propio Partido Popular en TikTok, una parodia de Camera Café en la que Quiles aparece junto a Alfonso Serrano y a otros dirigentes del PP madrileño, compartiendo risas y camaradería en su sede. La escena, lejos de ser anecdótica, resume una verdad incómoda: el supuesto “periodista independiente” trabaja para el partido que gobierna la Comunidad de Madrid.
El mensaje socialista fue directo: “Sabemos por qué, Vito. Porque trabajas para ella.” No es una frase cualquiera. Es un espejo. Refleja cómo la ultraderecha mediática se ha convertido en un brazo propagandístico del poder político. Quiles no es un caso aislado: forma parte de una red de agitadores digitales —de influencers a youtubers— que han encontrado en la desinformación una profesión y en el PP su nómina encubierta.
La estrategia es clara. Mientras Ayuso finge estar en guerra con los medios tradicionales, alimenta un ecosistema paralelo de creadores ultras que repiten su discurso con apariencia de “periodismo rebelde”. Así construyen una narrativa donde la derecha institucional aparece como víctima y los movimientos sociales como censores. No hay contraste de fuentes, no hay ética periodística, solo propaganda emocional y ataques personalizados.
Y cuando los jóvenes les plantan cara, llaman “violentos” a quienes defienden la universidad pública. Cuando la ciudadanía exige rigor, hablan de censura. Cuando se quedan sin argumentos, apelan al martirio.
El problema no es Vito Quiles. El problema es el modelo que representa: la conversión del espacio público en un plató donde la mentira tiene patrocinio institucional. Cada intervención suya es un capítulo más del manual del trumpismo aplicado a la política madrileña: victimizarse, distorsionar, atacar y venderlo como libertad.
Mientras tanto, Ayuso se erige en defensora de la “libertad de expresión” mientras acalla con dinero público las voces críticas y premia a quienes la adulan. Y ahí está Quiles, recitando su guion con el entusiasmo de quien confunde servilismo con convicción.
No es casualidad que su “España combativa” haya fracasado en las aulas. En esos espacios todavía sobreviven la razón, el pensamiento crítico y la memoria democrática. Y por eso les resultan tan peligrosos. Porque, frente al ruido, las universidades siguen siendo uno de los pocos lugares donde el fascismo no tiene cabida, aunque venga disfrazado de influencer con micrófono.
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