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En nuestro día a día de prisas y estrés es fácil olvidar que al otro lado del mundo, o quizás no tan lejos, existen realidades que desgarrarían el corazón si sólo nos detuviéramos a mirar. En lugares como Gaza, la tragedia se despliega sin guion: niños y jóvenes, cuyas únicas culpas son el tiempo y lugar de su nacimiento, quedan atrapados en el fuego cruzado de un asedio interminable.
Cada noticia, cada imagen que debería sacudirnos hasta lo más profundo, a menudo se encuentra con un desinterés ensordecedor, se convierte en una estadística más, despojada de su humanidad. La pantalla de un dispositivo móvil o televisivo actúa como un escudo, una barrera que deshumaniza el sufrimiento que se transmite a través de ella. La realidad, filtrada por pixeles y encabezados, se convierte en una abstracción, en una serie de eventos desvinculados de nuestra experiencia inmediata. En este contexto, el dolor ajeno se vuelve un concepto más que una experiencia vivida, y como tal, puede ser fácilmente archivado, desplazado por la urgencia de nuestras propias vidas y preocupaciones.
Nos hemos acostumbrado a deslizar la pantalla, a cambiar el canal, a apartar la mirada de aquello que nos incomoda. La comodidad de nuestra rutina ha formado una barrera invisible que nos separa del dolor de los demás, una barrera que nos permite seguir adelante como si nada ocurriera. Pero la realidad es ineludible: mientras nosotros vivimos, otros mueren, y el ciclo de la vida y la muerte se convierte en un eco distante que apenas perturba nuestra conciencia.
Es necesario recordar que detrás de cada cifra hay una historia no contada, un sueño no cumplido, una vida que merecía ser vivida. La verdadera medida de nuestra humanidad se encuentra en nuestra capacidad de sentir el dolor de otros como propio y actuar en consecuencia. Dejar de ser meros espectadores para convertirnos en una voz que no sólo clama por la justicia, sino que también se extiende en la solidaridad y el amor. En un mundo que clama por la empatía, el acto más revolucionario puede ser simplemente permitirnos sentir.
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‘MANGOS’, parte 8 | el peligro que se viene
Durante años nos vendieron Silicon Valley como un laboratorio de futuro. Jóvenes brillantes, garajes, innovación, camisetas negras, discursos sobre conectar a la humanidad y mejorar el mundo. La postal era limpia. La realidad, bastante más sucia. Detrás de cada promesa había concentración. Detrás de cada aplicación gratuita, extracción de datos. Detrás de cada “nube”, centros de datos, contratos, energía, agua, minerales, trabajadores y trabajadoras precarizadas, lobbies y dependencias públicas cada vez más profundas.
Ahora esa vieja maquinaria entra en una fase más peligrosa. Los MANGOS —Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX— no quieren dominar solo una red social, un buscador, un sistema de satélites, una nube o un modelo de inteligencia artificial. Quieren colocarse en todos los puntos por los que tendrá que pasar la economía digital de la próxima década. Chips, datos, cómputo, aplicaciones, satélites, sistemas operativos, distribución, defensa, publicidad, centros de datos y modelos generativos. El menú completo.
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