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Frederiksen gana pero pierde apoyo en un modelo socialdemócrata cada vez más tensionado
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha vuelto a imponerse en las elecciones generales del 24 de marzo con un 21,9% de los votos. Sin embargo, la victoria llega acompañada de un desgaste evidente: los socialdemócratas pierden 13 puntos respecto a los anteriores comicios, una caída que refleja el precio político de gobernar desde el centro y pactar con fuerzas liberales.
La participación supera ligeramente la registrada hace cuatro años, en un contexto marcado por la desafección política y las tensiones internas del Ejecutivo. El actual Gobierno de coalición, integrado por socialdemócratas, liberales y moderados, ha terminado pagando el coste de sus contradicciones, diluyendo el perfil ideológico de todas las formaciones implicadas.
Los resultados dibujan un Parlamento fragmentado en el que el bloque progresista alcanzaría 84 escaños, frente a los 77 del bloque conservador. En este equilibrio precario, los 14 escaños de los Moderados, liderados por Lars Løkke Rasmussen, se convierten en la pieza clave para alcanzar la mayoría de 90 diputados en un hemiciclo de 179 escaños. El poder ya no reside en quien gana, sino en quien arbitra.
El retroceso también golpea con fuerza a los liberales, que caen hasta el 10,1% de los votos y pierden la hegemonía dentro del bloque conservador frente a la Alianza Liberal, que alcanza el 9,4%. Un escenario que refleja la recomposición de la derecha danesa y la crisis de los partidos tradicionales, incapaces de sostener su base electoral en un contexto de creciente polarización.
La propia Frederiksen ha logrado resistir gracias a un repunte en las encuestas durante el mes de enero, coincidiendo con la crisis diplomática con Estados Unidos por Groenlandia. Su respuesta firme ante las amenazas de Donald Trump reforzó su imagen de liderazgo, proyectando una defensa de la soberanía nacional que ha sido determinante para movilizar a parte del electorado.
DEL ESTADO DEL BIENESTAR AL GIRO CENTRISTA
Desde que asumió el liderazgo socialdemócrata en 2015 y accedió al poder en 2019 con 41 años, Frederiksen ha construido una trayectoria marcada por la ambivalencia. Su perfil institucional puede consultarse en el registro del Parlamento Europeo, donde se detalla su evolución política en paralelo al giro de su partido.
Su Gobierno ha defendido el modelo de Estado del bienestar danés, pero lo ha hecho combinándolo con políticas migratorias extremadamente restrictivas que han sido criticadas por organismos internacionales. Esta estrategia, que busca frenar el ascenso de la ultraderecha, ha supuesto asumir parte de su marco ideológico, normalizando discursos que tensionan los principios históricos de la socialdemocracia.
El viraje hacia el centro no es nuevo. Ya en diciembre de 2022, la formación de un Ejecutivo conjunto con liberales y moderados marcó un punto de inflexión, tal y como reflejó el análisis sobre el giro político en Dinamarca hacia una gran coalición inédita en 40 años. Desde entonces, la socialdemocracia danesa ha transitado un terreno cada vez más difuso, donde la estabilidad institucional se ha impuesto a la coherencia ideológica.
Este desplazamiento también se ha evidenciado en la política europea. Frederiksen, inicialmente asociada a posiciones euroescépticas, ha modificado su discurso tras la invasión de Ucrania y la creciente incertidumbre geopolítica. Dinamarca ha reforzado su apuesta por la cooperación en defensa y ha abandonado el bloque de países fiscalmente conservadores, asumiendo que la unidad europea es una cuestión de seguridad estratégica.
Pero este pragmatismo tiene costes internos. Durante la pandemia, la decisión de sacrificar 17 millones de visones en 2020 generó un escándalo institucional tras demostrarse que carecía de base legal. A ello se sumó la supresión del festivo Store Bededag para financiar el aumento del gasto militar, una medida que provocó un fuerte rechazo social y acusaciones de autoritarismo por parte de sindicatos y sectores progresistas.
La victoria de Frederiksen no es una consolidación, sino un síntoma: la socialdemocracia europea gana elecciones mientras pierde el relato.
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