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Cuando el negocio entre amigos se tuerce, lo primero que vuela no es el respeto, es el contrato público
LA VENGANZA DEL ESTADO CLIENTELAR
La ruptura entre Donald Trump y Elon Musk no es política. Es fiscal. O mejor dicho: presupuestaria. Trump, el hombre que lleva años denigrando al Estado mientras lo ordeña como una vaca pública, ha anunciado que podría romper los contratos federales que sostienen el emporio Musk. Y lo ha hecho como se hacen estas cosas en tiempos de decadencia institucional: no en un tribunal, sino por tuit.
“Estoy muy decepcionado con Elon” ha dicho Trump, antes de amenazar con cortar los acuerdos millonarios que el Gobierno mantiene con sus empresas. Como si fueran becas culturales. Como si no llevaran años usando al Estado como banco privado, como agencia de marketing, como red de seguridad cuando el mercado no acompaña.
SpaceX, Tesla, Starlink… Todas ellas han florecido bajo el paraguas del Estado. Subsidios, adjudicaciones directas, créditos blandos, regulaciones a medida. Lo de Musk no era disrupción. Era un modelo de negocio basado en el BOE estadounidense.
Y ahora Trump, despechado como un capo traicionado en su propia boda, amenaza con desenchufarle el respirador público. No por fraude, no por corrupción, no por abuso de poder. Sino porque Musk se atrevió a llamarle “abominación” en una red social. Así se hacen las cosas cuando el Estado es un cortijo.
SIN ESTADO NO HAY COHETE: EL MITO DEL EMPRENDEDOR SE DESMORONA
La escena es de tragicomedia tardocapitalista: dos depredadores del sector público dándose dentelladas por haber osado morder la mano que les da de comer. Musk, que lleva años vendiéndose como profeta del libre mercado, es, en realidad, uno de los mayores receptores de fondos públicos de la historia contemporánea.
En 2024, solo SpaceX firmó con el Gobierno de EE.UU. contratos por más de 17.000 millones de dólares, incluyendo lanzamientos para la NASA, sistemas de comunicación militar y satélites de espionaje. Tesla, por su parte, depende de exenciones fiscales, créditos verdes y compras institucionales para mantener a flote su imagen de sostenibilidad.
¿Y ahora qué? Ahora Trump amenaza con hacer lo que nadie en Washington se atrevió en décadas: cerrar el grifo. No por justicia. Por venganza. Porque alguien dejó de aplaudirle.
La ruptura no es una tragedia, es una revelación. Que todo este tinglado de “libertad empresarial” se desmorone por una disputa personal solo confirma lo que llevamos años denunciando: no hay libre mercado, hay contratos. No hay genios, hay adjudicaciones. No hay meritocracia, hay amiguismo.
Y cuando el amigo se convierte en amenaza, lo que se rompe no es la confianza. Es el cheque.
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