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Una guerra elegida, ilegal e inmoral que puede incendiar Oriente Medio y marcar décadas de violencia
El 19 de febrero, en Washington, Donald Trump blandía un mazo dorado en la reunión inaugural de un organismo bautizado sin pudor como “Board of Peace”. A su lado, el vicepresidente JD Vance, el yerno presidencial Jared Kushner y el secretario de Estado Marco Rubio asistían al espectáculo. Mientras hablaba de reconstrucción y paz, Trump lanzaba una advertencia: si Irán no aceptaba un acuerdo en “10 a 15 días”, “pasarán cosas malas”.
La escena resume el momento histórico. Diplomacia como chantaje. Paz como marca registrada. Y guerra como amenaza inminente.
No se trata de retórica vacía. En las últimas semanas, Estados Unidos ha desplegado múltiples portaaviones y buques de guerra en las inmediaciones de Irán. Analistas militares han comparado el volumen del despliegue con el que precedió a la invasión de Irak en 2003. No es una metáfora. Es un precedente.
UNA GUERRA ILEGAL Y PREFABRICADA
La escalada no parte de cero. En junio de 2025, durante negociaciones sobre el programa nuclear iraní, Estados Unidos bombardeó varias instalaciones nucleares en territorio iraní. El ataque se produjo en el contexto de la guerra de 12 días lanzada por Israel contra Irán, una ofensiva sostenida con armas y apoyo logístico estadounidenses. Más de 1.000 personas iraníes murieron en aquel episodio.
No hubo rendición de cuentas. No hubo procesos judiciales. No hubo destituciones. La impunidad operó como lubricante.
Ahora, con el nuevo ultimátum de 10 a 15 días, la Casa Blanca vuelve a colocar la maquinaria militar en posición de disparo. Informaciones recientes apuntan incluso a posibles ataques selectivos contra líderes iraníes con el objetivo declarado de forzar un “cambio de régimen”. La fórmula ya es conocida. Se ensayó en Irak. Se justificó con mentiras. Se pagó con cientos de miles de vidas.
Desde el punto de vista jurídico, una guerra sin autorización del Congreso vulneraría la Constitución estadounidense. Desde el derecho internacional, constituiría una agresión. Pero el problema es más profundo. No es solo ilegal. Es moralmente indefendible.
Incluso aliados tradicionales de Washington han expresado reservas. El Reino Unido ha señalado que no permitiría el uso de la base de Diego García para bombardear Irán si ello vulnera el derecho internacional. No es altruismo. Es temor a las consecuencias.
Dentro de Estados Unidos, varias encuestas recientes muestran una oposición mayoritaria a un nuevo conflicto. La ciudadanía quiere aprobación legislativa antes de cualquier ataque. Pero el ruido bélico avanza como si la opinión pública fuera un obstáculo menor.
El precedente de Irak pesa. En 2003, la invasión se justificó con armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Aquel desastre no cerró carreras políticas. Las abrió. Muchos arquitectos de aquella guerra siguen ocupando tribunas y despachos.
La guerra no es un accidente. Es una decisión.
EL COSTE HUMANO QUE YA CONOCEMOS
Quienes hablan de ataques “limitados” o “quirúrgicos” ignoran lo evidente. La guerra no distingue con precisión quirúrgica entre objetivos militares y vidas civiles. En julio de 2025, durante los bombardeos israelíes en Teherán, un vídeo mostró el impacto de dos misiles en el distrito de Tajrish. Autoridades iraníes informaron de 17 personas muertas, entre ellas dos menores y una persona embarazada. Esa es la anatomía real de la llamada precisión.
La población iraní llega a esta nueva amenaza exhausta. En los primeros meses de 2026, el país vivió una oleada de protestas y una represión severa. Mientras las familias conmemoraban los rituales de duelo a los 40 días por quienes murieron en la represión, el despliegue militar estadounidense añadía otra capa de miedo.
Una guerra exterior reforzaría a los sectores más duros del régimen iraní. La historia demuestra que la agresión externa suele cerrar filas internas. Los movimientos obreros, estudiantiles y feministas quedarían atrapados entre la represión doméstica y las bombas extranjeras.
En la diáspora existen voces que, desde la rabia, celebran la posibilidad de una intervención. Pero no existe tal cosa como bombardear un país hacia la liberación. Menos aún cuando quien amenaza es la misma potencia que ha respaldado operaciones devastadoras en la región.
La dimensión regional tampoco puede ignorarse. Un conflicto abierto entre Estados Unidos e Irán desestabilizaría el Golfo Pérsico, afectaría rutas energéticas globales y podría arrastrar a múltiples actores. No sería una escaramuza breve. Sería una fractura generacional.
El propio Trump ha presentado la nueva institución creada el 19 de febrero de 2026 como un ente que vigilaría incluso a Naciones Unidas. Mientras recorta financiación a misiones de paz existentes, exige 1.000 millones de dólares por un asiento permanente en su nuevo órgano. Paz privatizada. Multilateralismo convertido en tarifa.
Extorsión revestida de diplomacia.
El debate no puede reducirse a procedimientos parlamentarios o tecnicismos jurídicos. El núcleo es ético y político. Una guerra elegida, impulsada pese a la oposición social y a las advertencias internacionales, solo profundizará la espiral de violencia que lleva décadas asolando Oriente Medio.
No estamos ante una fuerza gravitatoria inevitable. Estamos ante decisiones concretas de dirigentes concretos. Y lo que se decide puede deshacerse.
La alternativa no es ingenuidad. Es responsabilidad histórica. Porque cuando los misiles caen sobre calles llenas de coches y transeúntes, cuando las cifras se convierten en nombres propios y duelos interminables, ya no hay mazos dorados ni playlists que disimulen el estruendo.
La guerra empieza con una amenaza pronunciada en una sala elegante y termina con cuerpos bajo los escombros.
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