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Un año después del 2 de abril, la ofensiva comercial de EEUU evidencia su fracaso mientras la guerra contra Irán agrava una crisis global que ya castiga a las clases trabajadoras
El 2 de abril no fue un día cualquiera. Fue el día en que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió dinamitar el equilibrio comercial global bajo un eufemismo grotesco: el “Día de la Liberación”. Lo que siguió no fue una liberación, sino una ofensiva arancelaria sin precedentes en un siglo. Un arancel mínimo del 10% para todas las importaciones, un 20% para la Unión Europea y hasta un 34% para China marcaron el inicio de una escalada que llegó a superar el 100% en algunos momentos.
Lejos de proteger a las clases trabajadoras estadounidenses, la guerra comercial fue diseñada para blindar los intereses de una élite económica que instrumentaliza el nacionalismo económico como arma de dominación. El resultado ha sido devastador: mercados desestabilizados, inflación al alza y una economía global cada vez más frágil. Tal y como se analiza en el contexto geopolítico de los movimientos estratégicos de China frente a la ofensiva estadounidense, la respuesta no ha sido sumisión, sino reconfiguración del poder global.
EL FRACASO DE LA GUERRA ARANCELARIA: QUIÉN PAGA REALMENTE
Un año después, la narrativa oficial se desmorona. Las tarifas medias han quedado en torno al 10%, frente al 2,5% previo, pero el daño ya está hecho. Los grandes perjudicados no han sido los rivales de Estados Unidos, sino su propia población. Entre un 70% y un 90% del coste de los aranceles ha sido asumido por consumidores y empresas estadounidenses. Traducido: cada hogar ha soportado unos 1.000 dólares adicionales en 2025.
Mientras tanto, el empleo industrial, supuesto objetivo de la estrategia, se ha desplomado. En apenas un año, Estados Unidos ha perdido cerca de 90.000 empleos manufactureros. La promesa de reindustrialización se revela como una ficción que encubre una transferencia de riqueza hacia las grandes corporaciones.
La intervención del Tribunal Supremo en febrero, declarando ilegales los aranceles recíprocos, no solo evidenció la fragilidad jurídica de la estrategia, sino que obligó a la devolución de más de 260.000 millones de dólares. Un golpe directo a las cuentas públicas de un país cuya deuda ya roza los 40 billones de dólares, trasladando el coste de la aventura política a la ciudadanía.
Europa tampoco ha salido indemne. Las exportaciones a Estados Unidos cayeron un 28%, y el superávit comercial se desplomó de 80.000 millones de euros a 31.000 millones en cuestión de meses. Aunque la diversificación comercial y acuerdos como el de Mercosur evitaron el colapso, el crecimiento económico europeo se resintió, reduciéndose en 0,3 puntos respecto al año anterior.
La guerra comercial no ha sido una herramienta económica, sino un mecanismo de coerción política que ha castigado a las mayorías sociales en todos los continentes.
CHINA RESISTE Y AVANZA MIENTRAS EEUU SE AISLA
Si el objetivo de Washington era doblegar a China, el resultado ha sido el contrario. Pekín no solo ha resistido, sino que ha fortalecido su posición. En 2025, el gigante asiático cerró con un superávit comercial récord de 1,2 billones de dólares, consolidando su papel central en la economía global.
Las exportaciones estadounidenses a China cayeron un 25%, mientras que las importaciones desde el país asiático se redujeron en torno a un 30%. Pero lejos de debilitarse, China diversificó mercados y reforzó alianzas. Ejemplo de ello es el acuerdo con Canadá, que redujo del 100% al 6,1% los aranceles a vehículos eléctricos chinos, desafiando directamente la hegemonía industrial estadounidense.
Además, China utilizó una de sus herramientas más estratégicas: la restricción de exportaciones de tierras raras, un sector que domina a nivel mundial. Un recordatorio incómodo de que el poder económico no se impone solo con aranceles, sino con control estructural de recursos.
En paralelo, la guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel ha añadido una nueva capa de inestabilidad. El encarecimiento energético y la interrupción de flujos de hidrocarburos han agravado la crisis. La combinación de guerra comercial y conflicto militar dibuja un escenario donde las decisiones geopolíticas de las élites se traducen en precariedad para las mayorías.
China, lejos de escalar el conflicto, ha apostado por una estrategia de mediación, impulsando iniciativas diplomáticas junto a Pakistán. Mientras tanto, Estados Unidos insiste en una lógica de confrontación que erosiona sus propias alianzas. La negativa de Europa y Asia a respaldar la ofensiva contra Irán evidencia un cambio de ciclo: el liderazgo unilateral de Washington ya no se acepta sin cuestionamientos.
El supuesto liderazgo estadounidense se revela cada vez más como una forma de coerción que genera resistencia, no obediencia. Y en ese vacío, otras potencias avanzan.
Lo que comenzó el 2 de abril como una demostración de fuerza se ha convertido en un ejemplo de desgaste. No hay victoria en una estrategia que empobrece a las clases trabajadoras, debilita la cooperación internacional y convierte la economía en un campo de batalla permanente.
La guerra arancelaria no era una solución: era el síntoma de un sistema incapaz de sostenerse sin conflicto.
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