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El fútbol no puede ser la coartada de un país implicado en bombardeos y apoyo militar a Israel
España tiene ante sí una decisión que va mucho más allá del deporte. El Mundial de 2026, organizado en Estados Unidos, Canadá y México, no es un evento neutro. Nunca lo ha sido. Y menos aún cuando uno de los países anfitriones juega un papel activo en conflictos armados que están dejando miles de víctimas civiles.
Estados Unidos sostiene política, militar y económicamente a Israel mientras Gaza es devastada. Hablamos de bombardeos sobre zonas densamente pobladas, de hospitales alcanzados y de infraestructuras básicas reducidas a escombros. La cifra de víctimas civiles no deja de crecer. Y aun así, el respaldo continúa.
Al mismo tiempo, la intervención militar estadounidense en Irán vuelve a colocar el foco en una dinámica conocida: ataques que, bajo distintos pretextos, terminan afectando a población civil. No es nuevo. Tampoco es aislado. Forma parte de una lógica que lleva décadas repitiéndose.
Y ahí aparece el Mundial. Un escaparate global. Millones de espectadores. Patrocinadores, retransmisiones e imagen internacional. No es solo fútbol. Nunca lo es.
Participar implica algo más que competir. Implica estar. Implica aceptar el marco. Implica, aunque no se diga en voz alta, normalizar.
Porque mientras el balón rueda, fuera del estadio siguen cayendo bombas. Esa es la contradicción que se intenta invisibilizar. Una más.
EL DEPORTE COMO ESCENARIO POLÍTICO, AUNQUE SE NIEGUE
Durante años se ha repetido una idea cómoda: el deporte está por encima de la política. Una frase útil. Funciona bien. Permite esquivar debates incómodos. Pero no es cierta.
Los grandes eventos deportivos han sido utilizados históricamente como herramientas de legitimación. Imagen de estabilidad, de modernidad, de liderazgo. Ocurrió en múltiples ocasiones. Ocurre ahora.
El Mundial de 2026 no es una excepción. Estados Unidos no solo organiza. También proyecta. Y lo hace en un momento en el que su política exterior vuelve a situarse en el centro de la polémica internacional.
España, como selección participante, no es ajena a ese contexto. Puede parecer que lo es. Que lo único que importa es lo que sucede en el campo. Pero no. La presencia también comunica.
No se trata de exigir gestos simbólicos vacíos. Se trata de asumir que hay decisiones que tienen consecuencias políticas, aunque se presenten como puramente deportivas.
La pregunta es sencilla. Incómoda, pero sencilla. ¿Tiene sentido participar en un evento organizado por un país implicado en bombardeos sobre población civil y en el apoyo a una ofensiva militar que está siendo denunciada internacionalmente?
No hay una respuesta neutral. Elegir ir también es posicionarse. Elegir no ir, también.
UNA DECISIÓN QUE DEFINE ALGO MÁS QUE UN TORNEO
El Mundial es una oportunidad. Para muchas cosas. Para el negocio, para la visibilidad, para el relato. Pero también lo es para marcar límites. Para decir hasta aquí.
España no es un actor irrelevante en este escenario. Su decisión tendría impacto. Mediático, político, simbólico. Precisamente por eso resulta incómoda.
Se dirá que no sirve de nada. Que el torneo seguirá adelante. Que otros países participarán. Probablemente sea cierto. Pero ese no es el punto.
El punto es otro. Qué se legitima. Qué se normaliza. Qué se decide ignorar.
Porque cada imagen cuenta. Cada partido retransmitido, cada celebración, cada bandera ondeando en un estadio, forma parte de un relato mayor. Uno que puede ocultar lo que ocurre fuera del foco.
Y lo que ocurre fuera del foco importa. Importa mucho.
En momentos así, mirar hacia otro lado también es una decisión. Y no es inocua.
España puede elegir no participar en ese silencio.
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