Cuando la obediencia atlántica choca con la realidad, el discurso se convierte en ficción política
La política exterior española vivió el 15 de enero una escena reveladora: el Partido Popular defendiendo a la oposición venezolana sin atreverse a nombrar al principal actor que hoy decide el tablero. Donald Trump. El presidente de Estados Unidos habló ese mismo día con Delcy Rodríguez, presidenta en funciones de Venezuela, y la definió como “fantástica”, una interlocutora “realista” con la que su administración trabaja “muy bien”. Horas después, en el Congreso, el PP fingía que esa frase no existía. La negación como estrategia.
La portavoz parlamentaria Cayetana Álvarez de Toledo subió a la tribuna obligada a ejecutar una coreografía imposible: defender a la oposición venezolana, atacar al Gobierno español y no incomodar a Trump. Un ejercicio de funambulismo político que evidencia algo más profundo: la dependencia discursiva del PP respecto a Washington y su incapacidad para sostener un relato coherente cuando la Casa Blanca hace exactamente lo contrario de lo que el PP exige.
El silencio no fue casual. Alberto Núñez Feijóo ha impuesto una consigna clara: a Trump no se le menciona. Ni siquiera cuando sus decisiones marcan el rumbo de Venezuela y desmontan, en tiempo real, la narrativa del PP. La ficción dura lo que dura el mutismo, y el mutismo se rompe cuando los hechos se acumulan.
EL SILENCIO CÓMPLICE ANTE TRUMP
El detonante fue explícito y con fecha y hora. 15/01/2026. Trump elogia a Delcy Rodríguez y confirma que Marco Rubio negocia con ella. No fue un desliz: fue una declaración política. Mientras el PP insiste en que el Gobierno de Pedro Sánchez “sostiene al chavismo”, la Casa Blanca legitima a la dirigente que el PP presenta como encarnación del mal. La contradicción es estructural.
Álvarez de Toledo optó por el manual de supervivencia: repetir el discurso anterior. Según esa versión, la continuidad del poder en Caracas sería culpa de Sánchez y de José Luis Rodríguez Zapatero, aunque Trump hable de “progresos tremendos” con el Gobierno venezolano y presuma de estabilidad y recuperación. Realismo mágico aplicado a la política exterior: los hechos ocurren, pero se niegan.
Hubo una sola mención a Trump en toda la intervención. Un elogio inicial por haber “puesto fin a un tirano criminal”, en referencia al secuestro y encarcelamiento de Nicolás Maduro en Nueva York. A partir de ahí, el presidente de Estados Unidos desaparece del relato. Todo lo que hace Washington se convierte, por arte de retórica, en responsabilidad del Ejecutivo español. Nombrar a Trump rompería la escenografía.
El petróleo tampoco apareció. La materia prima que explica cada giro quedó fuera del debate. Mencionar el crudo habría hecho insoportable la escena: una oposición que acusa a Madrid mientras calla ante la diplomacia petrolera de Washington. La omisión no es inocente; es el núcleo del problema.
OPOSICIÓN VENEZOLANA, PEONES Y APARATOS
Álvarez de Toledo admitió que las transiciones “exigen cesiones”, pero marcó límites retóricos. Acusó al Gobierno de querer “liberar a Delcy”, una acusación que no coincide con ningún elogio real del Ejecutivo español. La comparación con la Transición española —“que todo cambie para que todo siga igual”— resulta irónica: describe con precisión la actuación de la Casa Blanca, no la del Ministerio de Exteriores.
El ministro José Manuel Albares recordó una obviedad incómoda: “Ninguna solución para Venezuela puede imponerse desde el exterior. Mucho menos por la fuerza”. Y añadió un dato clave que el PP prefiere obviar: “A Delcy Rodríguez no la ha puesto donde está el Gobierno de España. La ha puesto la intervención militar de EEUU”. Hecho, no opinión.
El Gobierno reiteró que no reconoció los resultados de las elecciones de 2024, celebradas con pruebas evidentes de fraude, y subrayó una cifra que el PP esquiva: cientos de miles de venezolanas y venezolanos acogidos en España con un marco legal específico del que no disfruta ningún otro colectivo extranjero. Datos frente a consignas.
Mientras tanto, María Corina Machado se movía en Washington. Visitó la Casa Blanca el 15 de enero de 2026 y, a la salida, habló de haber “presentado” la medalla del Premio Nobel de la Paz a Trump. La escena resume la asimetría: la oposición venezolana supeditada al humor del Despacho Oval. La portavoz de la Casa Blanca se limitó a decir que Trump confía en que haya elecciones “algún día”. Sin fechas, sin compromisos.
El PP insistió en acusar al Gobierno de forzar el exilio de Edmundo González, pese a que el propio candidato agradeció públicamente las gestiones que facilitaron su salida. La verdad estorba cuando el relato se cae.
El debate dejó una fotografía nítida: PP y Vox aplauden a Trump mientras esconden sus efectos. Hablar de Venezuela sin nombrar a Trump es elegir la ficción. Y en política exterior, la ficción no gobierna países, pero sí delata subordinaciones.
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