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Cuando el poder político quiere someter a los bancos centrales, el autoritarismo deja de ser una amenaza y se convierte en una realidad palpable.
UN PRESIDENTE QUE QUIERE SER BANQUERO Y JUEZ
Donald Trump no se conforma con controlar la Casa Blanca, el Pentágono o el Tribunal Supremo. Ahora apunta a la Reserva Federal, el organismo que debería ser intocable en cualquier democracia mínimamente seria. Su intento de destituir a Lisa Cook, gobernadora de la Fed, no solo es ilegal, sino que abre una grieta peligrosa en la independencia de la política monetaria.
Cook, una economista de prestigio y una de las pocas voces negras y femeninas en un espacio históricamente dominado por hombres blancos, ha respondido con una demanda judicial. El presidente no tiene poder para echar a quien protege los cimientos financieros del país. Lo sabe él, lo sabe su entorno y lo confirma el propio abogado de Cook, Abbe Lowell, al calificar la maniobra de «sin precedentes e ilegal».
Trump firmó una carta pública el 25 de agosto en la que anunciaba la destitución “con efecto inmediato”. No recurrió a mecanismos legales, no buscó consenso institucional. Actuó como quien despide a un empleado de su imperio inmobiliario. La acusó de negligencia financiera por supuestas irregularidades hipotecarias entre Michigan y Georgia, acusaciones más cercanas a una vendetta personal que a un proceso judicial sólido.
No se trata de si Cook firmó un papel de forma errónea. Se trata de que un presidente cree que puede usar cualquier excusa para colonizar una institución independiente. Una maniobra que recuerda demasiado a los manuales de los caudillos que necesitan dominar cada engranaje del Estado para garantizar su supervivencia política.
LA GUERRA ABIERTA DE TRUMP CONTRA POWELL Y LA FED
Esta embestida contra Cook no es un hecho aislado. Trump lleva años cargando contra la Reserva Federal, en particular contra su presidente Jerome Powell. Lo acusó en campaña de manipular los tipos de interés para favorecer a Kamala Harris en las elecciones de noviembre de 2024. Desde entonces, los insultos no han cesado: “imbécil”, “tardón”, “inútil”, “loco”. Un presidente llamando loco al máximo regulador financiero de su propio país.
En 2025, la Fed no ha bajado los tipos de interés pese a la presión constante de la Casa Blanca. Trump exige recortes para maquillar su fracaso económico y sostener la narrativa de que la “América grande otra vez” también es barata a crédito. Al no conseguirlo, aumenta las amenazas y ya habla abiertamente de posibles sustitutos de Powell, como si la Reserva Federal fuera una secretaría de Estado más, a su servicio personal.
El ataque contra Cook es un paso más en esa guerra. La Fed se ha convertido en el nuevo enemigo interno del trumpismo. Igual que antes fueron los jueces, los medios críticos o los organismos de control ambiental. Trump no tolera contrapesos, ni siquiera en la arquitectura financiera que sostiene al dólar como moneda global.
Lo grave es que, si logra doblegar a la Fed, no solo afectará a Estados Unidos. El impacto será mundial. Un banco central sometido a caprichos electorales equivale a dinamitar la confianza de los mercados y abrir la puerta a un descontrol financiero global.
Trump quiere gobernar como si la democracia fuera una extensión de su empresa. Cook lo ha llevado a los tribunales porque entendió que este no es un simple conflicto de despachos, sino una batalla por el alma de la independencia financiera.
Hoy la pregunta ya no es si Estados Unidos se desliza hacia el autoritarismo. La pregunta es cuánto tardará en imponerse sin resistencia.
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