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Netanyahu evalúa ocupar Gaza mientras Washington juega al chantaje con vidas humanas
UNA GUERRA SIN FIN Y UN PLAN QUE ES UNA AMENAZA VESTIDA DE NEGOCIACIÓN
Benjamin Netanyahu parece decidido a convertir la tragedia de Gaza en un proyecto permanente de ocupación militar. Tras casi dos años de asedio, con más del 75% del territorio arrasado y 2,2 millones de personas desplazadas en tiendas de campaña, el primer ministro israelí prepara lo que denomina “la fase final” de la ofensiva: ocupar lo que queda de la Franja. La operación, según fuentes de su propio gabinete, no excluye las zonas donde todavía sobreviven rehenes, a sabiendas de que cualquier incursión allí puede convertirlos en cadáveres.
La narrativa oficial habla de seguridad y de “derrotar a Hamas”, pero lo que está en juego es mucho más que eso. Con 667 días de cautiverio para las y los rehenes, Netanyahu plantea un ataque que ni siquiera su propio aparato de seguridad respalda. Medios israelíes citan a altos mandos asegurando que Hamas ya no tiene capacidad para gobernar Gaza ni lanzar ofensivas de gran escala. Sin embargo, la lógica bélica no se detiene: una guerra que se alimenta a sí misma encuentra siempre una excusa para seguir matando.
Mientras tanto, la administración Trump abandona cualquier propuesta gradual de tregua y liberación de cautivos. Su enviado Steve Witkoff lo dijo sin rodeos: “Todos a casa al mismo tiempo, o nada”. Este supuesto “nuevo plan” convierte la tragedia en un chantaje a escala internacional. No hay voluntad real de parar la masacre, solo de imponer una narrativa de fuerza, aunque signifique que los rehenes mueran bajo tierra y la población civil siga enterrada en escombros y hambre.
UNA FRANJA DEVASTADA Y UN BLOQUEO QUE MATA MÁS LENTO QUE LAS BOMBAS
Las Fuerzas de Defensa de Israel controlan ya más del 75% de los 365 kilómetros cuadrados de Gaza. La ONU alerta que solo un 12% del territorio está fuera de la militarización o las órdenes de evacuación. La mayoría de los habitantes vive en campos de lona, sin agua potable, sin medicinas, dependiendo de lanzamientos aéreos de alimentos mientras colonos y soldados bloquean los convoyes humanitarios. Las escenas de niños desnutridos recorren el mundo mientras Washington y Tel Aviv discuten planes en salas climatizadas.
Israel se niega a permitir la entrada masiva de ayuda, sustituyéndola por centros de distribución custodiados por contratistas estadounidenses, donde centenares mueren intentando alcanzar un saco de harina. Jordania, Canadá y otros países han lanzado alimentos desde el aire, una imagen que retrata la humillación de una humanidad que necesita paracaídas para alimentar a una población encerrada en un gueto del siglo XXI.
En este escenario, Netanyahu prepara la orden de ocupar lo que queda de Gaza. Más tanques, más fuego, más cadáveres. La lógica de la fuerza se impone sobre la de la diplomacia, y Washington acompaña el guion con un “todo o nada” que convierte a las víctimas en fichas de negociación y a los rehenes en moneda de cambio.
La pregunta ya no es cuándo acabará la guerra. La pregunta es cuánto más se puede degradar la condición humana antes de que el mundo deje de mirar hacia otro lado.
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